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La que se avecina

El resultado de las andaluzas será la encuesta que nos diga dónde estamos en realidad y cuál es el mundo al que nos dirigimos.

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Pedro Sánchez y Susana Díaz. | EFE

Confieso que soy un encuestólogo. Algunos amigos creen que entiendo algo de ese asunto de destripar aves y escudriñar sus vísceras, pero la verdad es que no entiendo un pimiento. Tampoco entiendo por qué vuelan los aviones, y sin embargo me gusta volar. Hay algo común en ambas aficiones: la impaciencia. Abomino los tránsitos. Si hemos de ir a algún sitio, lleguemos cuanto antes. Las encuestas son predictivas pero se supone, si están bien hechas, que también reflejan la realidad.

Vivir en el mundo virtual de lo que nos gustaría ser, o de lo que creemos que somos sin serlo, o de lo que algunos idiotas nos dicen que somos porque no se enteran por dónde les da el viento, me ha parecido siempre un ejercicio de suprema estupidez. Me niego a ser el hombre burbuja que sólo puede respirar el aire de la atmósfera artificial de un mundo hecho a su medida. Por eso le pido a las encuestas que me digan cómo están las cosas en realidad y cuál es el futuro inmediato que nos aguarda. Para formular deseos ya está la Fontana di Trevi.

Así que dejemos de hacer el bobo. Políticamente hablando, el resultado de las andaluzas será la encuesta que nos diga dónde estamos en realidad y cuál es el mundo al que nos dirigimos. Que nos guste o no importa poco. Hemos conocido cuatro sondeos esta semana —incluido el del CIS— y vamos a conocer otros dos en las próximas horas. Todos ellos coinciden en que es altamente probable que la suma de los escaños de PSOE y Adelante Andalucía superen con cierta holgura la mayoría absoluta. Los dos sumandos de esa coyunda, sí, serán más escuálidos que en las últimas elecciones —lo que no deja de ser un dato interesante— pero eso no quita para que tengamos que hacernos a la idea de que la Susana Díaz más radical que hayamos visto nunca seguirá al frente de la Junta otra legislatura más.

Los mensajes que lanza Teresa Rodríguez parecen poco equívocos. Prefiere taparse la nariz y apoyar al PSOE, aunque haciéndole pagar el alto precio de podemizar su acción de gobierno, antes que permitir que la derecha se haga con las riendas del Gobierno. La experiencia de lo que hicieron en el pasado les ha servido de lección. Las pinzas de Anguita pertenecen a la historia. Al enemigo, ni agua.

Habrá quien diga, con toda razón, que el microclima político andaluz no es expresivo del que se da en el conjunto de España. De Despeñaperros hacia arriba la suma de las izquierdas no supera el listón de la mayoría absoluta. Cierto. Por eso tiene mucho interés la batalla que libran en clave nacional, más allá de lo que atañe a Andalucía, PP y Ciudadanos. Las noticias que llegan en este sentido son contradictorias. La buena es que ambas formaciones parecen dispuestas a encontrar fórmulas de entendimiento si hay posibilidad de formar mayorías alternativas. La mala es que ambos condicionan esa disposición a que sean sus líderes respectivos quienes lideren el convenio. Ni Rivera quiere ser el segundón de Casado, ni viceversa. Hoy por hoy el PP tiene la ventaja de ser quien es: el partido que ganó las elecciones generales y, desde luego, la referencia histórica indiscutible del centro-derecha. ¿Pero lo seguirá siendo el dos de diciembre por la noche cuando conozcamos los resultados andaluces?

Daré una clave que me confió al oído hace un par de días uno de los gurús de las encuestas: si VOX entra en el parlamento andaluz, habrá sorpasso con casi toda seguridad. Mírense bien los datos demoscópicos que estamos conociendo en aluvión durante estos días. Una de dos: o Ciudadanos ya está por encima del PP —así lo reflejan algunas encuestas— o el PP supera a Ciudadanos por muy poco en aquellos supuestos en los que VOX o se queda a dos velas o consigue un solo escaño.

Si Abascal obtuviera los tres diputados que le confieren los pronósticos más optimistas, los populares quedarían relegados a la tercera posición. Eso es lo que predicen de verdad las encuestas electorales. Lo que diga Génova es simple propaganda. Es más, algunas cocinas —esto es información, no opinión— han corregido sus proyecciones sobre la base de lo que dicta la experiencia: que los resultados finales del PP, por aquello del voto oculto, casi siempre mejoran el día del escrutinio.

¿Pero se mantendrá esa constante ahora que VOX entra en liza? El sentido común dice que no. El voto oculto, ahora, a quien más beneficia es al partido de Abascal y lo lógico —si esa premisa es cierta— es que el PP, en la recta final, vaya hacia abajo, y no hacia arriba, si sus votantes indecisos o vergonzosos deciden cambiar de apuesta en favor de la minoría emergente. Casado sabe que lo que digo es cierto. Por eso ha comenzado a admitir, en sus mítines más recientes, que el voto a VOX le perjudica. Su estrategia pasa por apelar al voto útil. ¿Pero útil para qué?, ¿para hacer cambalaches con el PSOE cuando se trata de repartirse la túnica de la Justicia?, ¿para ponerse de perfil cuando otros se arremangan para quitar lazos amarillos? De Andalucía saldrá una derecha distinta y Pablo Casado, probablemente, no será su líder natural. Eso es lo que, en el fondo, están empezando a decir las encuestas si queremos leerlas bien. Que nos guste o no es harina de otro costal.

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