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Luis Herrero

Reyes de la patraña

Conozco las virtudes y los defectos de García lo suficientemente bien como para poder afirmar que el retrato que se hace de él es una vil patraña.

Luis Herrero
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Conozco las virtudes y los defectos de García lo suficientemente bien como para poder afirmar que el retrato que se hace de él es una vil patraña.
El actor que interpreta a García en la serie, | Movistar

Manda narices (los guionistas de Reyes de la Noche dirían que manda cojones) que una serie televisiva que va de manipulación periodística comience proclamando una gran mentira. Antes de empezar, un rótulo advierte a los telespectadores que estamos ante una obra de ficción y que sus personajes no persiguen identificar a ninguna persona. Falso de toda falsedad. Los protagonistas de la historia son el trasunto descarado de José Ramón De la Morena y José María García, los dos periodistas deportivos más populares de finales del siglo XX. Los actores hablan como ellos, se mueven como ellos, se visten como ellos y riñen como ellos. O sea, que son ellos. El hecho es tan evidente que la promoción de la serie utiliza el recuerdo de su rivalidad para atraer a la audiencia. Es inevitable que quienes no tengan memoria personal de aquella justa periodística terminen creyendo que los hechos sucedieron tal como se cuentan. Y no es verdad. Muchos de ellos ni siquiera sucedieron. Lo sé porque fui testigo privilegiado de aquella época. Trabajé al lado de García —aunque no como miembro de su equipo— durante casi veinte años. Primero en Antena 3 y después en Cope. Soy su amigo. A veces me ha puesto a parir, incluso con furia, pero nunca he dejado de serlo. Me atrevería a decir que ningún amigo suyo se ha librado de experimentar en alguna ocasión la acidez de sus venablos. García es así. Dice lo que piensa. No tiene pelos en la lengua. No cambia para agradar. No pastelea. Ni con los amigos ni con los adversarios. Y menos aún con los adversarios poderosos. Si hay algo que no le arredra es el cacareo presuntuoso del poder. Le he visto forcejear, alzándose de puntillas sobre su metro sesenta, con algunos de los personajes más influyentes del país. A veces, a gritos. A la hora de tenérselas tiesas con alguien nunca le han importado los galones que luciera en la bocamanga la guerrera de su interlocutor.

Conozco las virtudes y los defectos de José María García lo suficientemente bien como para poder afirmar que el retrato que se hace de él en Reyes de la Noche es una vil patraña. Puestos a entrar en el juego de coloquialismos que propone la serie, una puta mierda. En una de las primeras escenas, durante un corte publicitario del último programa de la temporada, el supuesto García descuelga el teléfono y le dice al director general de la emisora —trasunto de la SER— que o le mejora el contrato o se larga con todo su equipo a la competencia. Instantes antes —o después, ya no me acuerdo— airea los trapos sucios de la vida privada del seleccionador nacional de fútbol, insensible al cáncer de su esposa, despreciando los escrúpulos morales de un José Ramón De la Morena a quien la serie convierte en su mano derecha, a pesar de que nunca lo fue. Aún no han transcurrido ni cinco minutos de proyección y el espectador ya tiene suficientes elementos de juicio para catalogar al sujeto que tiene delante como a un ególatra sin escrúpulos que pierde el culo por contratos millonarios. La realidad fue muy distinta. Cuando el verdadero García se fue de la SER no tenía ninguna oferta millonaria de la competencia. Pío Cabanillas, ministro de de Cultura UCD, le dijo al capitoste de la SER que ya estaba harto de que su radio le pusiera a parir todas las noches. "Están a punto de adjudicarse las nuevas frecuencias de radio —le dijo—, tú sabrás lo que te conviene". El empresario habló con García y García le contestó: "Nunca nos hemos bajado los pantalones ante nadie. Si es de ley, que nos den las emisoras. Lo que sería una golfada inaceptable es que nos las dieran por mi silencio". Como al empresario radiofónico las consideraciones éticas no le daban de comer, aquella misma noche García se despidió de sus oyentes y se quedó en la puta calle.

Su siguiente destino no fue la Cope, como cuenta la serie, sino la recién fundada Antena 3, que por aquel entonces no dejaba de ser una apuesta profesional disparatada teniendo en cuenta que su director general, Martín Ferrand, estaba empeñado en trasladar a la FM la radio hablada que se hacía en Onda Media. La idea de Martín Ferrand era una locura visionaria, entre otras muchas razones, porque muy pocos transistores de la época ofrecían la posibilidad técnica de sintonizar la frecuencia modulada. A pesar de todo García aceptó el reto y gracias a él el parque nacional de receptores radiofónicos se modernizó en un tiempo récord. Corría el año 1982. Una década después, la nueva cadena se convirtió en líder de audiencia. El dueño de la SER, Jesús de Polanco, no pudo soportarlo y respondió a la derrota echando mano del talonario. Ya que no podía imponerse a la competencia por el conducto reglamentario, la compró. A García le invitaron a quedarse pero él contestó en antena que se había ganado el derecho a decidir con quién trabajaba y mandó a Jesús del Gran Poder a hacer gárgaras. La rivalidad posterior entre García y De la Morena no es ajena a esa batalla empresarial que, domeñada Antena 3, continuó después entre la SER y la Cope. Cuando García desairó a Polanco, Miguel Durán, presidente de la ONCE y accionista mayoritario de Onda Cero, le ofreció un cheque en blanco para que se fuera a trabajar a su emisora. García lo rechazó. No quería dejar tirado a Antonio Herrero, a quien Durán, escocido por las críticas matinales de Antonio, no quería ver ni en pintura. La alternativa a los ciegos eran los curas. Aunque pagaban menos, García antepuso la amistad a la cuantía del contrato.

Si he querido esbozar estos recuerdos es para que aflore a través de ellos la verdadera identidad del García que yo conozco, tan distinto a ese déspota sin límites morales, yonqui del dinero y la adulación, que pinta el serial televisivo. No hay nada en el hondón del personaje ficticio que recuerde a la persona real en el que se inspira. García no es como lo pinta su caricatura. Ni como marido, ni como padre, ni como compañero de trabajo. No puedo hablar en primera persona de las dos primeras facetas —aunque he sido testigo de muchas escenas familiares que desmienten la versión guionizada de la película—, pero sí de la tercera. Por eso puedo decir que es impensable que fuera capaz de espiar la vida privada de un trabajador de la emisora para chantajearle y quedarse con su despacho. La mera hipótesis es un despropósito. De todas formas diré que lo que más me molesta de Reyes de la Noche no es la distorsión de una personalidad concreta o la burda reconstrucción ambiental del enredo (ni García bebe alcohol ni en la redacción de informativos de Cope había alzacuellos que dieran órdenes), sino la burda y artera manipulación de la verdad amparándose en la licencia de la libertad creativa. Cuando se sabe de antemano que la mayor parte de los espectadores no van a saber distinguir la ficción de la realidad, reescribir los hechos para que perduren en la memoria de la gente de acuerdo a una versión conscientemente distorsionada es una inmoralidad digna de los personajes que aparecen en la serie.

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