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Marcel Gascón Barberá

La ‘política aikido’ de Almeida a Sánchez

Almeida dejó en evidencia la bajeza marrullera del presidente, que se mostró, como siempre que alguien le contraría, visiblemente tenso y enfurruñado.

Marcel Gascón Barberá
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Sumidos como estamos en el fragor de la batalla cultural, caemos a menudo en la tentación del maniqueísmo, y todo lo que queda al otro lado del frente nos parece errado, diabólico o aborrecible. Por supuesto no lo es. Nadie ni nada es totalmente bueno y muy pocas cosas son absolutamente malas. A veces, la situación nos lleva a incluso a abrazar lo indeseable sólo porque lo detesta el otro. Como escribió Montanelli, qué pereza haber de fingir maldad sólo porque la bondad esté de moda.

Esta reflexión es particularmente aplicable a mi percepción del ecologismo. Es verdad que hay sobradas razones para sentir aversión hacia este movimiento. Ya en tiempos de la Guerra Fría fue uno de los pretextos de la URSS para legitimar las quintas columnas con las que socavaba el orden capitalista. Al Gore lo convirtió años después en la máquina de hacer dinero que aún es hoy. Y ahora tenemos a Greta, la niña sueca sin escolarizar que amenaza a parlamentos enteros y da lecciones con el dedo levantado a los representantes de las democracias más antiguas del mundo.

Además de haberse convertido en una forma especialmente insidiosa y rigurosa de religión, el ecologismo es fuente de graves menoscabos económicos. Como el que supone, por ejemplo, obligar a nuestros astilleros a producir barcos verdes que no son rentables mientras Corea y la China siguen fabricando naves baratas que no solo nos roban negocio: también siguen contaminando los océanos y nuestros puertos.

Esto, sin embargo, no quiere decir que no sea deseable respirar un aire más limpio. Y por eso es buena idea mirar con simpatía a quienes desde el ecologismo buscan soluciones realistas que no pasen por sacrificar nuestra libertad como pretenden los elementos radicales que hoy son hegemónicos en este movimiento hegemónico.

He llegado a estas reflexiones después de escuchar al fundador de los Sea Rangers, Wietse van der Werf. El Sea Rangers Service, que podría traducirse como Guardas Forestales del Mar, es un proyecto que forma y da trabajo a desempleados y construye barcos veleros en los que estos guardas se dediquen a labores de conservación e investigación científica en los océanos. Entre los muchos méritos de este proyecto que no perjudica ni busca imponer nada a nadie está el servicio que hace a los militares retirados que contrata para formar a los rangers, ofreciéndoles un sueldo por hacer lo que les gusta.

Durante su intervención en un seminario organizado por la fundación Ashoka, Van der Werf abogó por implicar al mayor número de gente posible en los esfuerzos por reducir la contaminación y conservar el medio ambiente. Para conseguirlo propuso adoptar una actitud que puede servir para multiplicar su predicamento a los abanderados de cualquier causa. 

En vez de levantar el dedo aleccionador de Greta, vino a decir el holandés sin citarla, quien quiera de verdad hacer progresar la causa de la conservación (o cualquier otra causa) hará bien en seguir su ejemplo (el de Wietse, no el de Greta) y pescar fuera de sus caladeros naturales buscando beneficio mutuo, objetivos compartidos aunque las motivaciones difieran... 

Por ejemplo, en el caso de la crisis democrática que vive España, haciendo ver a la gente de izquierda que se cree a salvo de la ofensiva contra la libertad de expresión del Gobierno que, después de que caigan Vox y el PP, las leyes mordaza (tuvo que mandar Sánchez para que de verdad supiéramos lo que es la mordaza) se emplearán contra la Teresa Rodríguez que desnude la hipocresía de su antigua camarada Montero.

Otro abogado del ecologismo posibilista que representa Wietse es el científico Amory Lovins. A través del Instituto de la Rocky Mountain, Lovins promueve la eficiencia energética en sectores que normalmente desconfían de la agenda ecologista mediante lo que en otro seminario de Ashoka llamó la ‘política del aikido’. 

El aikido es un arte marcial y sistema de autodefensa japonés que consiste en redirigir la fuerza y el impulso del adversario para que acabe desarmándolo. Como su nombre sugiere, la política aikido consiste en hacer eso mismo con el adversario político. 

Un buen ejemplo de política aikido nos lo dio el alcalde de Madrid en su respuesta a la aparición por sorpresa de Sánchez en el hospital de La Paz. En una muestra notable de macarrismo político, el presidente del Gobierno se presentó sin avisar al ayuntamiento o la Comunidad en ese hospital madrileño. Era su primera visita a un hospital de Madrid en 8 meses de pandemia, y tenía, seguramente, la intención de arrogarse el éxito con que la Comunidad está superando esta segunda acometida del virus.

Martínez Almeida podría haber optado por enfadarse y salir a criticar indignado la jugada de Sánchez. Pero prefirió plantarse con la mejor de sus sonrisas en el hospital y frustrar el monopolio institucional que buscaba el presidente con la visita furtiva. El alcalde no solo se llevó los aplausos de la gente que había abucheado a Sánchez. Con elegancia y buen tono, y con el ejemplo que estaba dando sumándose al acto, reivindicó la concordia institucional y dejó en evidencia la bajeza marrullera del presidente, que se mostró, como siempre que alguien le contraría, visiblemente tenso y enfurruñado.  

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