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Algo huele a podrido

Si hay actualmente un sector en la sociedad española incapacitado para la crítica, es el universitario.

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Con la que está cayendo en materia de másteres y doctorados de chichinabo, sorprende la reacción institucional de las universidades, donde, cuando no se escurre el bulto, se justifica lo inaceptable con vagas apelaciones reglamentarias. Si hay actualmente un sector en la sociedad española incapacitado para la crítica, es el universitario. Puede parecer lamentable y lo es, pues la universidad debiera ser el lugar del debate racional, del examen inmisericorde y objetivo, de la denuncia de los excesos políticos que están minando su propia existencia como templo del conocimiento.

Hace nada, sólo unos días, el ministro de Ciencia se reunió con los rectores para hablar del asunto. Pedro Duque no convocó al Consejo de Universidades –donde tal vez pudiera quedar alguna voz crítica–, sino que citó al lobby rectoral, la CRUE, ese grupo de presión que forman los rectores –unos individuos que se consideran representantes democráticos de los universitarios, pero que son elegidos en comicios estamentales que dan lugar a un modo de gobierno de tintes autocráticos– para defender sus intereses particulares. Y allí, el flamante astronauta e ingeniero metido a político debió constatar el colmillo retorcido de sus interlocutores –o tal vez alguno de sus colaboradores le advirtió de ello–, porque acabó concluyendo que, a pesar de los escándalos que se suceden desde hace meses, no es necesario modificar nada en el sistema de supervisión que el Estado y las Comunidades Autónomas tienen establecido sobre la aprobación y control de los títulos de postgrado. Ni que decir tiene que los rectores se quedaron satisfechos porque, según su particular visión del mundo académico, los "casos puntuales" no merecen consideración –incluso, al parecer, aunque haya altos dignatarios envueltos en ellos, o tal vez por eso mismo, pues más vale no menear las moquetas del poder–. El presidente de la CRUE fue tajante: "No hay tema", dijo antes de deshacerse en elogios del "impecable" comportamiento de la universidad concernida en el caso del doctor Sánchez.

Sin embargo, desde mi perspectiva de profesor universitario que ha tenido que bregar en dos ocasiones con asuntos de plagio, sí hay tema. Y la mejor forma de verlo es contar a los lectores mi experiencia. En la primera de aquellas ocasiones me encontré con un doctorando de la Universidad de Alcalá de Henares al que dirigía por encargo de uno de mis más preciados colegas de ese centro. El alumno en cuestión me presentó un borrador de tesis, uno de cuyos capítulos reproducía casi literalmente un texto publicado por uno de mis más estrechos colaboradores. Mi reacción fue inmediata: me dirigí al plagiario recriminándole su acción, le expulsé del grupo de investigación en el que estaba trabajando y me puse en contacto con mi compañero alcalaíno para ponerle al tanto del asunto. Su reacción fue inmediata: prohibió que la tesis se leyera en su departamento y relegó al doctorando –que a la sazón era también profesor contratado–. Hizo lo que había que hacer, aunque la historia no acabó allí, pues por algún medio el plagiario logró leer, tiempo después, su bodrio en la UNED. Lamentablemente, la loable actitud de un catedrático volcado sobre la ciencia terminó siendo revocada por una institución universitaria.

Tal vez esto último no fue casual, porque lo que muestra mi segunda experiencia con la materia de plagio, esta vez en mi propia universidad –la Complutense–, es exactamente lo mismo. El asunto se refiere a un becario de la Fundación Carolina que recaló en mi instituto de investigación y me pidió que le dirigiera su tesis, cosa que acepté, en este caso acompañado de uno de mis discípulos. Después de un año en el que no logró escribir ningún papel, le pedí que, en el plazo de quince días, me presentara un documento con los planteamientos básicos de la que habría de ser su tesis doctoral. El texto que redactó –es un decir– contenía numerosos plagios, hasta alcanzar el 44 por ciento de su contenido. Comprobado esto, le pedí que no volviera a las instalaciones del instituto y le señalé que comunicaría su situación a la mencionada fundación –que inmediatamente le retiró su beca– y al Rectorado de la universidad, presentando mi renuncia a dirigirle. Mi sorpresa se produjo cuando el vicerrector de Posgrado y Formación Continua, tras reunir a la Comisión de Doctorado, plasmó en un oficio la aceptación de mi renuncia a la vez que señalaba, con relación al fondo del asunto, que, por tratarse "de un trabajo y no de un proyecto definitivo de tesis", el papel del alumno "debía considerarse como un borrador". En consecuencia, el vicerrector entendía que no cabía sanción alguna y adoptaba la decisión de "comunicar al doctorando que debe proponer al Departamento responsable del programa de doctorado un nuevo director de tesis con el fin de poder continuar sus estudios en esta Universidad".

Mi reacción fue expresar por escrito a la autoridad académica que se había "salido por la tangente" y que tenía "serias dudas acerca de la competencia profesional de mis colegas de la Comisión [de Doctorado]", así como sobre "si, en la Universidad Complutense, era aceptable que los alumnos presenten documentos en los que copian a quien les parece oportuno sin citar la fuente de las ideas que quieren hacer pasar como originales". Era el mes de febrero de 2012, han pasado seis años y aún mi perplejidad no ha sido disipada.

O sea que hay tema. ¡Claro que hay tema, señor presidente de la CRUE! Lo que ocurre es que usted y sus colegas hacen como que no se enteran. Lo suyo no es la ciencia ni la investigación, sino el poder. Y todo lo que les incomoda en su ejercicio lo mandan a la escupidera. Aún está por ver el día en el que le pidan al ministro del ramo que promulgue un reglamento de disciplina académica que sustituya el decreto de 8 de septiembre de 1954 sobre la materia, que no puede aplicarse porque ha sido varias veces declarado inválido por los tribunales de justicia, por ser inconstitucional –no sé si sabe que vivía Franco cuando se publicó, a pesar de ser usted historiador–. Y sin disciplina académica, el plagio y otras enfermedades de similar naturaleza campean en los campus. Algo huele a podrido en nuestras universidades y el hedor es ya insoportable.

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