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Mikel Buesa

Qué desgobierno

La epidemia de coronavirus amenaza con desencajar el precario sistema de gobierno español.

Mikel Buesa
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La epidemia de coronavirus amenaza con desencajar el precario sistema de gobierno español.
LD

La epidemia de coronavirus amenaza con desencajar el precario sistema de gobierno español, en el que, junto a un Ejecutivo nacional incapaz de tomar decisiones a tiempo, se levantan diecisiete Administraciones autonómicas con competencias sanitarias que han actuado hasta ahora con una descoordinación manifiesta –algunas con bastante acierto, como la vasca, la madrileña y la riojana, y otras que operan al rebufo de los acontecimientos–. Éstos, los acontecimientos, son los que nos tienen que servir para valorar lo que se está haciendo, aunque ello sea difícil por la velocidad a la que se suceden y por las dificultades que ofrece la información sobre ellos. Pero puede intentarse.

La del coronavirus, más allá de su intensidad y letalidad, es una epidemia como todas las demás que se desenvuelve temporalmente siguiendo un modelo matemático conocido como 'curva logística'. En ella, a una fase inicial en la que la difusión de la enfermedad es lenta sucede otra explosiva que puede ser más o menos prolongada, dependiendo de la política sanitaria, hasta que el número de contagios acaba atemperándose y finalmente desaparece. Nosotros, ahora, después de tres semanas de expansión, nos encontramos en la fase de mayor crecimiento, como el lector puede ver en el gráfico. Esta fase comenzó con el mes de Marzo y, por ello, centraré mi análisis en las dos semanas que han transcurrido desde entonces.

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El gráfico también recoge (en línea discontinua) la función exponencial a la que el día 15 de marzo se ajustaba la difusión del coronavirus, acompañada de la correspondiente ecuación. Con ésta, se pueden proyectar los datos hacia el futuro para prever lo que pudiera ocurrir en los días siguientes al del momento en el que se hace el análisis. He estimado esta función para los quince días de marzo que han transcurrido ya y, a partir del resultado, he obtenido las proyecciones que ofrecía, en cada caso, para los cuatro y siete días siguientes. A continuación he comparado cada resultado con el del día anterior para ver en qué porcentaje aumenta cada proyección con respecto a la precedente. De esta manera se puede comprobar si el potencial epidémico se va atemperando o si, por el contrario, se acelera. El resultado de esta operación se recoge en el segundo gráfico. Sobre él sustentaré el análisis ulterior de la política seguida con respecto a la epidemia.

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Como el lector puede ver, en los primeros días del mes las proyecciones ofrecían resultados cuya tasa de crecimiento era cada vez más reducida. Pero llegado el día 5 la dinámica se tornó inversa, indicando que el potencial expansivo de la enfermedad se estaba acelerando. Fue entonces cuando el Gobierno de la Comunidad de Madrid –la región más afectada– empezó a solicitar una actuación más contundente del Gobierno nacional. Éste estaba, en ese momento, quitando hierro a la epidemia, tal como evidenció el ministro de Sanidad en su primera comparecencia pública del día 3, cuando habló de la fase de contención, tesis ésta que corroboró Fernando Simón –el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, que en todo momento ha actuado más como un subordinado correveidile que como un funcionario independiente– y que no se compadecía con el hecho de que ya había un buen número de contagios de origen desconocido. Más aún, fue el día 4 cuando la ministra de Trabajo sacó una guía para empresarios y trabajadores, luego desautorizada desde la Moncloa, cuya lectura se puede resumir así: ¡sálvese quien pueda!

Ese argumento lo reiteró el ministerio de Sanidad en los días siguientes, cuando ya la tendencia de la expansión de la epidemia era ascendente, al parecer con la finalidad política de no alterar las pretensiones feministas de las partes socialista y podemita del Gobierno, cada una por su cuenta, que se expresaron en las manifestaciones del día 8. Se trató de una imprudencia del Ejecutivo de Pedro Sánchez que, seguramente, propició, al menos en parte, el vertiginoso ascenso de la dinámica contagiosa del coronavirus que se evidencia entre los días 8 y 10 en el gráfico. Aun así, todavía el día 9 el ministro de Sanidad y su adlátere Simón seguían en sus trece, lo que no fue óbice para que los Gobiernos regionales del País Vasco y Madrid decretaran el cierre escolar –eso sí, en contra de la opinión del Gobierno nacional, que sin embargo no se atrevió a ponerle freno–. La alarma empezó a instalarse en la opinión pública desde ese momento, alimentada por el anuncio de medidas adicionales destinadas a reducir drásticamente las interacciones individuales entre los ciudadanos. Tal vez por eso, el día 10 Sánchez salió por primera vez a la palestra para anunciar un plan de choque, principalmente de naturaleza económica, pero no sanitaria. En esa fecha, el gráfico muestra que se alcanzó el mayor potencial expansivo del coronavirus en el conjunto de España, lo que contrasta con el desprecio que el presidente mostró en ese momento a los aspectos de la epidemia relativos a la salud de los ciudadanos.

El caso es que el mencionado plan de choque –que se adoptó en una reunión extraordinaria del Consejo de Ministros el día 11– quedó reducido a poco más que la suspensión de los vuelos a Italia, pues las medidas de carácter laboral –que ya eran perentorias, pues en Vitoria, Madrid, La Rioja y, después, en otras regiones el cierre escolar requería considerar la situación de fuerza mayor de los trabajadores que tenían que cuidar a sus hijos, y además empezaban ya las regulaciones de empleo derivadas del cierre de establecimientos o de las suspensiones de actividad– quedaron inéditas. Con ello, por cierto, los trabajadores afectados se han quedado con el culo al aire, salvo en los casos en los que sus empresas han decidido asumir, de momento, el coste de la situación.

Parece que las medidas regionales a las que he aludido han logrado frenar la dinámica expansiva de la capacidad de contagio de la enfermedad, de manera que se ha entrado en una rebaja gradual, muy atemperada, de su ritmo de crecimiento –que sigue siendo elevado–. Ello debiera haber sido apuntalado rápidamente por un cambio en la política nacional, pero no ha sido así, toda vez que Sánchez se ha tomado el asunto con una parsimonia sorprendentemente imprudente. El día 13 compareció en los medios para anunciar la declaración del estado de alarma, pero para el día siguiente. Éste ha llegado efectivamente y después de muchas horas de reunión del Consejo de Ministros en jornadas de mañana y tarde durante el día 14. El paquete de medidas se ha centrado ahora en el aspecto sanitario, tanto reforzando los medios de atención a los enfermos como limitando severamente la movilidad de los ciudadanos. Pero ha quedado incompleto, pues se ha dejado de lado, para ulteriores decisiones, el terreno económico-laboral, simplemente porque los ministros son incapaces de ponerse de acuerdo. Por cierto, que, a pesar de sus declaraciones retóricas, Sánchez tampoco ha podido coordinarse enteramente con las comunidades autónomas, como muestran las resistencias a la norma reguladora del estado de alarma expresadas por el lehendakari Urkullu –finalmente reducidas– y sobre todo el president Torra –que se ha declarado en rebeldía–. Asimismo, en Madrid, la presidenta Díaz Ayuso –que, mostrando su liderazgo, no tuvo empacho en quejarse porque Sánchez no supo informarle la pasada semana sobre sus ideas acerca de estos asuntos, tal vez porque no las tenía– ha hecho un llamamiento de urgencia a fin de que se normalice el suministro de materiales y equipamientos a los hospitales madrileños para poder atender la mayor avalancha de casos que se produce en España en estos momentos. Entre tanto, el domingo 15 el potencial de contagio sigue casi estancado. Y habrá que ver en los próximos días si el estado de alarma logra hacer efectiva la vida recluida que se propone a los ciudadanos.

Hasta dentro de unos días no se podrá valorar su incidencia en la curva de contagios. Mientras tanto, sólo cabe concluir que la parsimonia sanchista ha servido, hasta ahora, para empeorar las cosas en el terreno sanitario de la epidemia; en el económico-laboral, la incógnita no se despejará hasta más adelante. ¡Qué desgobierno!

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