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Iglesia y 'procés'

Tanto los fieles como los curas más jóvenes son los más contrarios al soberanismo.

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Tanto los fieles como los curas más jóvenes son los más contrarios al soberanismo.
Xavier Novell, exobispo de Solsona. | EFE

La editorial Deusto acaba de publicar El libro del nacionalismo, una obra coral que reúne la aportación de medio centenar de autores. Historiadores como Ricardo García Cárcel o Jordi Canal, constitucionalistas de la talla de Francesc de Carreras y Teresa Freixes, periodistas como Arcadi Espada, Antonio Caño, José Alejandro Vara, Iñaki Ellakuría, José María Albert de Paco, Albert Soler o Daniel Tercero, personalidades de la resistencia al nacionalismo como Albert Boadella, José Domingo, Gloria Lago, Ana Losada, Antonio Robles y escritores como David Jiménez Torres son algunos de los firmantes de los capítulos de este volumen, una completa historia sobre los fundamentos y las causas de la decadencia de Cataluña a causa del nacionalismo y el llamado proceso separatista. El volumen ha sido coordinado por Miriam Tey, Sergio Fidalgo y Juan Pablo Cardenal.

A continuación les ofrecemos el capítulo dedicado a la complicidad de la Iglesia en Cataluña con el separatismo, un amplio recorrido por los episodios eclesiales que han marcado las últimas décadas en Cataluña firmado por el especialista en información religiosa Oriol Trillas.

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El nacionalismo catalán ha tenido siempre una innegable raíz confesional, especialmente marcada por el auge católico que tuvo lugar durante el siglo XIX, muy influido por el poderoso carlismo local. A partir de los años sesenta del siglo pasado, sobre todo a raíz del posconcilio, la práctica religiosa fue languideciendo, convirtiéndose a día de hoy en la región española más secularizada. No obstante, a pesar de ello, siempre ha querido contar con una pátina eclesial. Desde el confesional Pujol, que se inició con el grupo Crist i Catalunya, a la elevada tasa de políticos que han pasado por el seminario o un monasterio (Rigol, Carod, Vallés, Terricabras, Colom, Carles Riera) o han tenido un cura o una monja en la familia, siempre ha bebido de fuentes cristianas y se ha apoyado en ellas. Ha sido un nacionalismo levítico. A continuación, se van a desgranar sus divisiones más efectivas, empezando por las escuelas. Ahí donde se adoctrina a los niños desde su más tierna edad. Seguiremos con la jerarquía y la vida religiosa y sacerdotal.

La Fundación Escuelas Cristianas de Cataluña

La Fundación es un verdadero lobby que engloba el 60 por ciento de los colegios privados de Cataluña, con 264.000 alumnos y 434 colegios; en sus diversas ramas de preescolar, educación infantil, primaria, ESO, bachillerato y formación profesional. La fundación se halla dirigida por el jesuita Enric Puig. Este miembro de la Compañía de Jesús fue director general de Juventud de la Generalitat de Cataluña desde 1980 a 1989. Sí, un cura era director general de los primeros gobiernos de Pujol. Un sacerdote fue designado por Pujol para cuidarse de la política juvenil. Ese director general pasaría con el tiempo a dirigir la escuela concertada cristiana en Cataluña. A nadie se le escapa que sin el adoctrinamiento de estos colegios religiosos no se habría alcanzado jamás el delirio independentista. A nadie se le escapa que sin la inmersión lingüística y sin la imposición del catalán jamás se habría dado lugar al discurso del odio que anida en una parte de nuestra población. A nadie se le escapa que sin la tergiversación de la historia que se enseña en estos centros jamás habría podido fructificar ese ánimo antiespañol. Llevan cuarenta años educando de la misma manera. Son varias generaciones las que han pasado por ellos. De profesores y de alumnos. Profesores que ya se han olvidado, incluso, de escribir en castellano. La Fundación Escola Cristiana ha realizado una verdadera labor de ingeniería cultural, pasando de cristianizar alumnos a convertirlos en militantes del secesionismo. Una política siempre arropada por el poder establecido. Ese pacto que se alcanzó en los primeros años del pujolismo: yo os cubro económicamente y respeto vuestras inmensas propiedades a cambio de que contribuyáis a "la construcción del país". Y debe afirmarse que se han aplicado con esmero.

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Los obispos

La neutralidad de los obispos catalanes en el procés ha sido bastante generalizada. Pese a ello, los políticos, especialmente Oriol Junqueras, requirieron su mediación en aquellos días de octubre de 2017. A tal fin, buscó la intercesión del cardenal Omella, pero la respuesta de la Santa Sede fue categórica: desaconsejaba expresamente cualquier mediación eclesial y ordenaba no inmiscuir a la Iglesia en una hipotética negociación. El papa prohibía la mediación de Omella. Al mismo tiempo, al lehendakari Urkullu, del mismo palo vaticanista que Junqueras, se le ocurrió la figura mediadora del arzobispo de Bolonia, Mateo Zuppi, que había estado presente en la entrega de las armas de ETA. El prelado italiano también solicitó la venia papal y obtuvo la misma rotunda negativa que había recibido Omella. Adiós a las pretensiones de mediación eclesial. Con ello, el papa Francisco no sólo quería evitar conflictos diplomáticos, sino que reafirmaba su particular desagrado con respecto al proceso secesionista catalán. Al periodista de TV3, Vicenç Lozano, le llegó a decir: "Hábleme de Messi y no del procés". De los diez obispos residenciales catalanes, sí ha habido uno que rompió la neutralidad: el de Solsona, Xavier Novell, que antes de las elecciones de 2015 publicó una glosa pidiendo explícitamente el voto para Junts pel Sí e implícitamente para la CUP. Luego pidió el voto para el 1-O y se retrató votando. A partir de ahí no paró, pidiendo la libertad de los llamados presos políticos y adhiriéndose a la huelga general del 8 de noviembre. ¡Un obispado con el cartel de cerrado por huelga! Los obispos (salvo Novell) pueden haber guardado su neutralidad, por órdenes de Roma, pero esa neutralidad no ha sido seguida por el medio de comunicación oficial de la Iglesia en Cataluña: el semanario Catalunya Cristiana, que se malvende en la inmensa mayoría de los templos catalanes. Un semanario, propiedad de la fundación de igual nombre, que preside el cardenal de Barcelona. Una revista que sustituyó su logo, que pasó de una cruz a una estrella sobre cuatro barras en forma de mitra, que inevitablemente quedó asociada a la bandera independentista. Una revista en la que se publicó, por citar un ejemplo, un reportaje sobre la compra de armamentos, bajo el titular sensacionalista "Mercaderes de la muerte", y se ilustró con una fotografía que se correspondía con la protesta llevada a cabo en la manifestación del 26 de agosto de 2017, en teoría contra el atentado yihadista de las Ramblas. ¿Y qué pancartas se destacaban? Las que se dirigían contra el rey Felipe VI y contra el presidente del Gobierno, tuteados despectivamente como Felipe y Mariano.

Monjes y monjas

Gracias a un artículo dominical de Arcadi Espada en El Mundo se conoció que la abadesa de Sant Pere de les Puel·les, Esperança Atarés, obligaba a la comunidad a rezar cada día por el retorno de Puigdemont, y que había expulsado a la única monja que mostró su queja ante la ocurrencia. La disidente era sor María de los Dolores Díaz de Miranda, una benedictina asturiana de sesenta años, que llevaba dieciséis años en el cenobio de la calle Anglí, tan sumida en el ambiente que hablaba un catalán natural y perfecto. Espada nos relataba las palabras de la sentencia que condenaba a la monja:

–Sor María, estem preocupades. I es que...no has agafat el tarannà [pillado el talante] de la comunitat –le decía la abadesa.

I em podeu dir què és el tarannà de la comunitat?

Ah, no, això si no ho veus tu això... no podem fer-hi res.

Sor María Dolores anduvo durante seis meses por Barcelona como una homeless de la fe. Pasado el tiempo de reeducación la llamaron de Anglí. Pero la reeducación no había ido bien: quería ser monja. La esperaba la abadesa, esta vez con la priora. Fueron lacónicas.

–No puedes volver.

–No me podéis hacer esto.

–Es una decisión de la comunidad.

El monasterio de Montserrat tampoco podía faltar a los apoyos del procés. Aunque muy mermado de vocaciones, el cenobio benedictino sigue sirviendo de punta de lanza del nacionalismo catalán. "¿Es normal que haya líderes sociales y políticos en prisión preventiva acusados de rebelión y sedición, cuando Amnistía Internacional ha pedido su libertad?", preguntaba, desde el púlpito, el padre benedictino Josep Miquel Bausset en la misa conventual de un domingo de marzo de 2018. Y proseguía: "¿Fue normal la violencia que se produjo el 1 de octubre, cuando Amnistía Internacional también ha denunciado como excesiva la fuerza policial? ¿No es injusto que una parte del gobierno legítimo de Cataluña, como dijo el obispo de Solsona, esté encarcelado?". Otra misa conventual, esta vez del tercer domingo de Adviento, en la que predicaba el padre Bernabé Dalmau: "Para finalizar, ilustro esta última afirmación con un ejemplo actual, a la luz de la compasión que, tal como previene la Regla Benedictina, la naturaleza humana nos obliga a tener con ancianos y niños. Existe un abuelo, sí, un abuelo, como muchos de vosotros, que intenta transmitir a sus nietos Lluc y Joana los valores humanos y cristianos que su padre no les puede comunicar ahora, porque por causa del compromiso social y político que la Iglesia pide a los laicos, pasará por segunda vez la Navidad en la cárcel". El abuelo al que se refería es el padre de Oriol Junqueras.

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Acto separatista en la explanada del Monasterio de Montserrat - La Moreneta, con el lazo amarillo progolpista.

No sólo fueron homilías, después vino la cesión de las celdas monásticas para aquellas personas que querían ayunar en solidaridad con los presos, entre las que compareció por dos días el presidente Torra. O una vigilia de oración en el interior del santuario benedictino en solidaridad con los políticos encarcelados por el 1 de octubre ante "la inminencia de la sentencia". En todas las ocasiones se utilizó el monasterio de la patrona de Cataluña para fines políticos y se pretendió excluir a más de la mitad de los catalanes contrarios al procés, entre ellos numerosos católicos, a los que ofende el uso partidista de Montserrat. No digamos al resto de los presos, a los que jamás se ha dedicado vigilia de oración alguna, en contraposición a la insistencia con que se reza desde la montaña santa por Oriol Junqueras y compañía.

Las iglesias que colaboraron con el referéndum

La parroquia de Vilarrodona (Tarragona), donde se contaron votos mientras el cura cantaba el Virolai revestido con alba y estola. Una parroquia a la que iban cuatro gatos, pero que ese domingo reunió a la mitad del pueblo, amparados por el párroco Francesc Manresa. Urnas que se escondieron en templos y locales parroquiales como los lugares de máxima seguridad y fiabilidad para el independentismo. Y uno de los puntos más estratégicos que no podía fallar: Sant Julià de Ramis, donde contaron con la complicidad total del párroco, mosén Sebastià Aupí Escarrà. El sacerdote guardó perfectamente el secreto y las urnas salieron de su parroquia el 1 de octubre con destino al colegio electoral donde tenía que votar Puigdemont. O la iglesia de Sant Pere i Sant Pau de Canet de Mar (diócesis de Gerona) que no sólo guardó las urnas, sino que sacó sus bancos a la calle como barricada para evitar la intervención policial, facilitados, con todas las bendiciones, por el párroco mosén Felip Hereu Pla después de administrar la eucaristía. Se permitieron las estelades en las torres de las iglesias, se han permitido carteles de democracia y apoyo al referéndum en los atrios, se han permitido homilías groseramente independentistas de sus curas, se han permitido incluso cantos políticos en las celebraciones y son normales las plegarias por los presos (sólo por determinados presos). Nunca, jamás, en los cuarenta años largos que llevamos de democracia se había visto una utilización tan groseramente partidista de la Iglesia, con un agravante: los que permanecen absortos, callados, pero cada vez más indignados ante esa continua ofensa, son mayoría. Los estudios sociológicos vienen señalando que el independentismo es minoritario entre los católicos catalanes. Entonces, ¿a qué viene esa verdadera sumisión, ese temor reverencial a no contrariarlos en nada? Se sabe positivamente que varios de los obispos, y especialmente el cardenal Omella, no ven con buenos ojos el proceso secesionista. Se sabe también positivamente que les preocupa esa apropiación de los símbolos y espacios religiosos. Pero no hacen nada. Permanecen oficialmente mudos, aunque en petit comité se quejen y despotriquen. Tienen miedo a significarse. Pero no, no puede ser normal que muchos católicos nos veamos expulsados del templo por unos mercaderes vestidos de amarillo. Llegará la hora de revertirlo. Simplemente porque tanto los fieles como los curas más jóvenes son los más contrarios al soberanismo.

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