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Pablo Molina

Que le den un ministerio

Sánchez debería hacer ministro a Otegi. De Derechos Humanos, de la Paz, qué sé yo, de Interior.

Pablo Molina
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Sánchez debería hacer ministro a Otegi. De Derechos Humanos, de la Paz, qué sé yo, de Interior.
Arnaldo Otegi. | EFE

Otegi se ha mostrado, una vez más, como un personaje siniestro que aprovecha todas las oportunidades para ofender la memoria de los muertos y la inteligencia de los vivos.

El testimonio constante de su hipocresía lo retrata como ser humano, pero eso es un asunto que debe quedar entre él, el cura proetarra de su pueblo y el psiquiatra de guardia. Ahora bien, como agente político para el terror, Otegi suele decir la verdad.

Sus palabras para conmemorar los diez años desde que Zapatero evitó a la ETA una derrota total son muy certeras porque, en efecto, el dolor de las víctimas de la ETA es algo que nunca debió haberse producido. Cierto es. Si González y Aznar hubieran rendido el Estado a los pies de los etarras, como hizo más tarde ZP, se habrían acabado los atentados muchos años antes. Los Gobiernos hasta la llegada de Zapatero decidieron luchar contra los asesinos hasta lograr su derrota absoluta, que es lo que se hace con los criminales, y eso provocó el dolor que el sempiterno portavoz proetarra dice ahora lamentar.

Los batasunos están justo en la posición que querían cuando comenzaron a matar. Hoy, son socios de referencia del Gobierno de España, los encarcelados están saliendo de prisión homenajeados por las calles y la operación separatista en Cataluña aventura un futuro halagüeño para la secesión de las Vascongadas a medio plazo también.

La izquierda gobernante está encantada con ese gesto de Otegi porque le permite justificar nuevas cesiones al mundo proetarra a cambio de su apoyo parlamentario. A los demás nos produce arcadas, porque unos criminales culpables de delitos atroces no tienen derecho a pedir perdón a sus víctimas. Tienen que limitarse a confesar los más de 300 crímenes todavía sin resolver, asumir las sentencias que les caigan y, a continuación, suicidarse, porque nadie moralmente sano puede vivir sabiendo que ha masacrado a personas inocentes, niños incluidos.

No lo harán, claro. Al contrario, Otegi es ovacionado estos días como una madre Teresa con txapela y en la clerigalla vasca elevan preces a Setién para que lo ampare ante el españolismo, que lo quiere encarcelar.

De momento, Sánchez debería hacerlo ministro. De Derechos Humanos, de la Paz, qué sé yo, de Interior. El nombramiento sería muy celebrado por la izquierda piafante y sus medios afines. Además, en un Gobierno presidido por Sánchez e integrado por chavistas, su presencia sería muy adecuada para que todos sepamos hasta qué extremos de degradación moral puede llegar el Poder Ejecutivo en manos de la socialdemocracia avanzada que el sanchismo dice representar.

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