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Arrimadas y Llarena, siempre provocando

El fascismo campa a sus anchas en Cataluña, sin duda.

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Carles Puigdemont y Quim Torra | EFE

Puigdemont y su encargado Torra están muy preocupados por el aumento galopante de las agresiones fascistas en Cataluña y tienen razón. Es intolerable que fascistas de la peor calaña rodeen y llamen "puta" a Inés Arrimadas con total impunidad. Hay barra libre para escupir por la calle a la dirigente de Ciudadanos, la candidata más votada en las pasadas elecciones del 21-D. Pero Puigdemont y Torra no se refieren a eso cuando censuran el fascismo desatado. Para ellos, lo de Arrimadas es cosa de que la tipa va por ahí provocando y lo que tendría que hacer es marcharse a Andalucía.

El fascismo campa a sus anchas, sin duda. Hay carteles en los que sale un dibujo de Arrimadas desnuda en una escena en la que es rechazada por varios hombres que deben de ser de la manada separatista. Nadie ha condenado eso y mucho menos Torra y Puigdemont. Tampoco ha encontrado ninguna solidaridad de género Arrimadas entre las compañeras políticas independentistas.

Más fascismo. Pablo Llarena, el juez del Supremo que ha instruido el caso del golpe de Estado separatista, tiene que salir a la carrera de un restaurante de la Costa Brava porque ha sido localizado por el Comité de Defensa de la República (CDR) de Palafrugell. Un grupo de energúmenos fascistas desocupados se precipitó hacia el lugar para saludar al juez y sus acompañantes.

Puigdemont mismo se hizo eco en Twitter de la foto distribuida por la cuenta Anonymous Catalonia con el siguiente mensaje:

Ahora mismo, el juez del Supremo Pablo Llarena y el exministro del Interior del Gobierno español Jorge Fernández Díaz cenando juntos en Palafrugell en el asador Can Cou-Cou.

El grupo de Llarena salía ya del restaurante cuando se encontró con una incipiente concentración de miembros del CDR en el aparcamiento que le recibió a los gritos de "hijo de puta", "fascista" y "las calles serán siempre nuestras". El juez y su señora, así como sus acompañantes, se metieron a toda prisa en sus vehículos y escaparon por los pelos. Por cierto, es mentira que Llarena estuviera con Jorge Fernández. Era su hermano, Alberto Fernández, concejal del PP en Barcelona. Tanto da, ahora la especie a difundir es que el resto de comensales eran agentes del CNI y entre todos estaban tramando alguna barbaridad contra el pueblo catalán a escasos kilómetros, además, de donde se había celebrado un concierto para pedir la libertad de los Jordis. Tremendo. Otra provocación.

Lo que entienden Torra y Puigdemont por fascismo no es que se agreda a dos mujeres por llevar camisetas de la selección española o que se acose a las familias que piden una hora más de español para sus hijos en el colegio. Tampoco les parece fascismo que se señale el comercio de los padres de Albert Rivera o que se llene de excrementos las sedes de Ciudadanos y PP, ya no tanto las del PSC, puesto que tras la escena de Torra y su lazo amarillo con Pedro en la fuente de Machado hay una tregua tácita del separatismo con los socialistas.

Mucho menos consideran fascismo amenazar a concejales constitucionalistas de pueblo, colgar muñecos en el puente de una autopista con los logos de los partidos contrarios, mandar sobres con balas a los opositores, marcar con pintadas los domicilios de jueces y fiscales o distribuir datos privados en las redes sociales de la secretaria del juzgado que tuvo que escapar por la azotea de la Consejería de Economía el pasado 20-S.

Nada de eso es fascismo, sino muestras de civismo y pacifismo que no requieren la más mínima condena o reconvención. Fascismo es, según Torra y Puigdemont, no bajar la cabeza ante la estelada, no llevar el lazo amarillo, no cantar Els Segadors y no dejarse amedrentar por la secta.

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