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Pedro de Tena

El gran fracaso andaluz y el fin de SUResnes

La 'California de Europa', en la que el PSOE impera desde hace 40 años, no ha dejado de ser una de las regiones más pobres del continente.

Pedro de Tena
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Parecía la tierra prometida de la que podrían manar leche y miel gracias a la puesta en práctica del nuevo socialismo. "La California de Europa" la llamaron socialistas como Pepote Rodríguez de la Borbolla. Tras una legítima y extraordinaria victoria en las urnas nacionales y autonómicas en 1982, el nuevo PSOE de Suresnes, que era esencialmente el PSOE andaluz con algunos cualificados vascos y madrileños, tuvo en sus manos la ocasión decisiva de demostrar a la ciudadanía española y europea el buen gobierno del socialismo. Andalucía fue la prueba del nueve... del fracaso socialista. Andalucía, su experimentum crucis, certificó su desdén por la democracia, su menosprecio por la ética y su ineficacia social y económica.

Hundida en el atraso por la Restauración tras medio siglo de bonanza liberal, Andalucía vio cómo se le hurtaba el protagonismo económico y político –el primer alto horno español se erigió en Marbella–en beneficio de las burguesías catalana y vasca y del entramado político-administrativo madrileño. Nadie quiso deshacer el entuerto que hizo del Gran Sur –que incluía también a Extremadura y Castilla-La Mancha– la España más pobre durante décadas, junto a alguna que otra región igualmente desgraciada. Aunque Primo de Rivera padre tuvo buena voluntad acometiendo obras públicas que aún se celebran en Andalucía, ni la República, que apenas tuvo tiempo, ni el régimen franquista, que sí lo tuvo y no quiso, la hicieron salir del "Tercer Mundo" que denunciaron Antonio Burgos y Alfonso Carlos Comín, cada uno desde su esquina ideológica.

La pretensión de algunos durante la Transición de volver a privilegiar, ahora también políticamente, a Cataluña y el País Vasco (Galicia de por medio) hizo posible lo que no lo parecía: la indignación andaluza. Ante la deserción histórica del señoritismo y sus derechas y la hemorragia de la emigración y la pobreza, la izquierda tuvo el campo abierto como nunca. Tras su sibilina usurpación del incipiente andalucismo, el PSOE, envuelto en la bandera andaluza al más puro estilo nacionalista, se puso a la cabeza del afán regeneracionista impulsando el café autonómico para todos, con el terrón de azúcar añadido de parecer estatutariamente igual a catalanes y vascos, pasando por encima de la disidencia almeriense y de la ley. Sólo faltaba gobernar.

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Con capacidad para construir una comunidad autónoma desde la nada, prefirió ocuparla en lugar de rescatarla de la resignación y la ausencia de iniciativas de desarrollo. Desde la erección de los primeros organismos preautonómicos se mostró claramente que la voluntad política del socialismo andaluz era invadir la sociedad andaluza, impidiendo el necesario protagonismo civil. Desde el principio, disponer del carné socialista fue mucho más importante que tener el carné de identidad. Tal estrategia dio paso al tejido de una tela de araña política, económica, mediática, universitaria y judicial que volvió a convertir en objeto a la ciudadanía andaluza. El fantasma de un nuevo señoritismo, ahora político y de izquierdas, recorrió Andalucía maniatándola.

La tela de araña se extendió a la primera Administración autonómica, penetrada hasta el tuétano por años sucesivos sin oposición y diferentes métodos de colocación de afines, tanto en la Administración propiamente dicha como en los aparatos inspectores y administrativos de la enseñanza y la sanidad. Ascendió por el control presupuestario y su administración, muchas veces arbitraria e incontrolada (la Cámara de Cuentas no estuvo lista hasta 1989), en subvenciones, adjudicaciones y contrataciones. Siguió por la intrusión en las cajas de ahorros, que en 1986 ya estaban todas, menos una de la Iglesia en Córdoba, en manos del PSOE.

El control de la publicidad institucional y de la concesión de permisos y frecuencias condujo al dominio político en los medios de comunicación, con pocas excepciones, y la apoteosis llegó con Canal Sur, la suya del régimen, salpicada de escándalos desde sus comienzos. Lo mismo sucedió en las universidades, con el control de todos los rectorados y séquitos y la penetración endogámica de allegados y partidarios, y se consumó, por dejarlo aquí, en una irrupción en el poder judicial que pervertía el espíritu constitucional ("Montesquieu ha muerto").

Respecto a la oposición política, el PSOE ocupó un imaginario espacio centrista-andalucista. UCD y PP fueron estigmatizadas con el franquismo y el comunismo, con el que se alió en 1979 para gobernar en ayuntamientos y diputaciones, fue triturado. En vez de tener en mente la alternancia democrática, regla de oro de la democracia liberal, que es la única que existe, persiguió lo contrario: un modelo de despotismo blando, en soledad cuando pudo y en compañía de cómplices cuando le ha sido necesario.

Todo ello favoreció las condiciones que hicieron posible la corrupción sin control que se ha vivido desde el caso Presidente al caso Guerra, desde el caso Cajas al caso ERE, el fraude de la formación, Invercaria y otros muchísimos. La supuesta superioridad moral del socialismo andaluz, más bien marxismo maniqueo, ágrafo y simplista que socialdemocracia continental, ha sido desmantelada por los sumarios y los escándalos.

La dictadura de Franco asumió un país de alpargatas, como recordó Eslava Galán, y la convirtió en la España del Seat 600, el piso en propiedad y una economía a punto para integrarse en Europa. Lamentablemente, y en el mismo período de tiempo, el PSOE ha tenido la oportunidad de convertir Andalucía en una de las más prósperas regiones de España y Europa, pero la ha mantenido en los últimos lugares relativos de casi todos los indicadores del bienestar económico y social, desde el empleo a la educación, incluso en equidad educativa; desde el PIB y la renta media a la convergencia con la UE; desde salarios medios, especialmente los femeninos, y pensiones a un umbral altísimo de pobreza; desde plazas en residencias para ancianos a camas por habitante, etc.

Ahora que el PSOE parece herido, tal vez de muerte, pocos reflexionan sobre la decepción de su estrepitoso fracaso andaluz, en su triple vertiente democrática, ética y social. Estamos ante el fin de SUResnes. Pero con la joroba andaluza a cuestas, poca esperanza pueden albergar los impulsores de un socialismo democrático cabal.

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