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Pedro de Tena

La democracia y lo secreto

No sabemos qué compromisos adquieren los políticos con determinadas empresas, lobbies o tinglados económicos o sociales.

Pedro de Tena
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Uno de los personajes de Oscar Wilde se quejaba de la atribución del ejercicio de la mentira a los políticos. No, decía, en realidad los políticos no mienten. Sólo se afanan en desfigurar los hechos y en construir argumentos y pruebas a partir de la deformación. El verdadero mentiroso es el que, con palabras sinceras y valientes, es totalmente irresponsable y desprecia absolutamente toda prueba. No, los políticos no mienten porque se lo impide su mediocridad. Los mentirosos que quedan se encuentran entre los abogados, tal vez entre los periodistas, que son capaces de hacer de la peor causa la mejor.

La mentira, no la bella y fascinante de Wilde sino la soez y grosera de nuestros políticos, se ha generalizado tanto que los ciudadanos no sólo aceptan que se les mienta sistemáticamente, sino que dudan de que la verdad pueda ser conocida alguna vez. Incluso se ha generalizado la creencia de que la verdad no existe. La mentira se ha convertido en un ingrediente habitual de nuestras vidas, de tal forma que una persona que diga la verdad y que defienda la verdad es considerada poco menos que un idiota.

Por eso lo que ahora destaca en el horizonte de esta democracia española imperfecta y desconcertada que nos ha tocado vivir es el secreto, que sustituye a la mentira en el reino de las malas artes de la política. No se trata de mentir sino de que impedir que los hechos sean conocidos. ¿Para qué mentir si lo que ha ocurrido realmente no se conoce? Lo real queda enconchado en el conocimiento de unos cuantos privilegiados, mientras los ciudadanos de a pie, que no controlan nada a partir del día siguiente de las elecciones, tampoco pueden estar en el secreto.

Sólo el secreto crece en España. No sabemos qué compromisos adquieren los políticos con determinadas empresas, lobbies o tinglados económicos o sociales. Nunca se ha publicado quién ayuda en las campañas, por cuánto dinero y a cambio de qué. No sabemos cuáles fueron los compromisos de José Luis Rodríguez Zapatero con ETA, ni por qué se reunió durante horas en el Ministerio del Interior con su titular, que era del PP. No sabemos nada cierto del 11-M. No sabemos nada de la famosa espantá de Rajoy en un restaurante cercano al Congreso que dio paso al Gobierno de Pedro Sánchez. No sabemos por qué el PSOE entrega Navarra a la serpiente de Bildu y a sus nueceros del PNV. No sabemos por qué el Gobierno del PP consintió de hecho el golpe de Estado en Cataluña. Todo es secreto.

Ahora, incluso, lo de la luz y los taquígrafos parece un chiste hasta en los pactos políticos poselectorales. Resulta que hay un papelito firmado en Madrid entre PP y Vox que permanece en el secreto. Lo mismo parece que ocurre en Granada, donde PP y Ciudadanos no hablan de dos años cada uno, pero eso es lo que parece haber, y qué más secretos hay. Es más, cuando se publican los pactos lo que aparece no es lo realmente pactado, que sigue secreto. Y así podríamos seguir y seguir hasta el cansancio.

Una sociedad realmente democrática sólo debería admitir lo secreto, limitadamente en el tiempo, en asuntos en los que el conocimiento público –que incluye a los enemigos– de algunos hechos podría poner en peligro su existencia. Pero esta epidemia de lo secreto en cualquier área de la vida española es tal que la democracia está amenazada porque el voto de las personas es un voto que no conoce los hechos decisivos. Esto es, es un voto manipulado que se deriva de la trola política generalizada. Somos no sólo una mayoría silenciada y silenciosa, sino una mayoría invisible y ciega, por usar la reflexión de Eduardo Goligorsky. Así es imposible decidir rumbo alguno que lleve a algún puerto.

Y lo que es peor, a esa mayoría inmensa y anulada cada vez más le importa un pimiento todo lo que ocurra en una nación donde el secreto, nueva estrategia de la mentira, hace imposible una democracia cabal. Lo mejor que hemos hecho en dos siglos, la transición a la democracia reconciliada, parece naufragar sin remedio. O ya lo ha hecho, pero en secreto.

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