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Cuando un partido dinástico montó el Bloque de Izquierdas

Desde la invasión francesa, los españoles parecemos encerrados en un bucle temporal que nos obliga a repetir lo vivido una y otra vez.

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Antonio Cánovas del Castillo restauró la monarquía borbónica en la persona de Alfonso XII (al que supo atar corto), impulsó la Constitución de 1876 y estableció el turno pacífico de partidos con el liberal Práxedes Mateo Sagasta. Su sistema político comenzó a zozobrar a partir de los años 90 del siglo XIX por diversas causas.

Junto al Desastre de 1898, no fue menos importante la crisis de los dos partidos dinásticos, el conservador y el liberal, para integrar a las clases bajas y medias, pasar de un Estado abstencionista en el campo social a otro intervencionista, convertirse de partidos de elites en partidos de masas y desprenderse del caciquismo. La situación de ambos partidos, basados en personalidades que disponían de sus bases territoriales, sus periódicos y sus adictos, entró en crisis en unos pocos años: en 1897 Cánovas fue asesinado por un anarquista y en 1903 falleció Sagasta.

Los conservadores zanjaron pronto el debate sobre su liderazgo. En 1903 Francisco Silvela invistió a Antonio Maura, que había pasado del liberalismo al conservadurismo, como jefe del partido, frente a Raimundo Fernández Villaverde. Maura aportaba su oratoria, su energía y un programa de descuaje del caciquismo y de reformas sociales que revitalizó a los conservadores. Como prueba de sus planes podía aducir las elecciones de abril de 1903, que él había organizado como ministro de Gobernación y que fueron las más limpias de las celebradas hasta entonces y varios años más tarde.

Las divisiones liberales

Los liberales, por el contrario, continuaban enfangados en rencillas por el liderazgo. En la asamblea celebrada en 1903 para decidir la jefatura, Eugenio Montero Ríos obtuvo 210 votos y Segismundo Moret 194. Los separaba un solo año de edad; el primero había nacido en 1832 y el segundo en 1833. Según Carlos Seco Serrano, eran "puro pasado". Para mantener la unidad, se acordó que el jefe del partido fuese quien desempeñase la jefatura del Gobierno.

En 1905 Alfonso XIII propuso como presidente a Montero Ríos, que disolvió las Cortes y obtuvo una mayoría liberal. Entre junio de 1905 y enero de 1907 se sucedieron cinco Gobiernos. Dos de ellos fueron presididos por auténticas reliquias: el general José López Domínguez, nacido en 1829 y veterano de la batalla de Alcolea, que dio la victoria a los sublevados de la Revolución Gloriosa de 1868, gobernó cinco meses en 1906; y el marqués de la Vega de Armijo, nacido en 1824 y presidente entre diciembre de 1906 y enero de 1907. Alfonso XIII llamó entonces a Maura.

El masón Moret fue presidente entre 1905 y 1906 e hizo aprobar por las Cortes la Ley de Jurisdicciones, que concedía a la justicia militar la competencia para juzgar los delitos de ofensa de palabra o por escrito a la unidad de la patria, la bandera y el honor del ejército. Pese a limitar la libertad de expresión, la aprobaron unas Cortes de mayoría liberal y estuvo vigente hasta su derogación por el Gobierno provisional repúblicano.

Las elecciones de abril de 1907 dieron una amplia victoria a los conservadores y mostraron la irrupción de la escisión del liberalismo encabezada por el gallego José Canalejas, al frente de su Partido Liberal-Demócrata. Canalejas representaba entre los liberales una nueva generación que quería retirar a la precedente, como había hecho Maura en los conversadores. Canalejas había nacido en 1854, por lo que era 20 años más joven que Moret.

El miedo a Maura y a Canalejas

Con la mayoría absoluta, Maura comenzó el que luego se llamaría su Gobierno Largo: Ley de Administración Local y una nueva ley electoral (ambas contra el caciquismo), la Ley de Huelga, medidas para moralizar la vida pública, la policía y los tribunales, la repoblación de montes, etcétera.

Moret era un auténtico liante que llegó a malquistar a Alfonso XIII con los demás liberales por medio de la crisis del papelito, por un escrito personal dirigido al rey (y entregado por otro liberal, Santiago Alba) contra un proyecto de ley de asociaciones que afectaría a las órdenes religiosas redactado por Canalejas. Así consiguió que el monarca le confiase la formación de un nuevo Gobierno en 1906.

Pero este viejo zorro dedujo que, con su revolución desde arriba y sus reformas, Maura podía expulsar del poder a unos liberales divididos y anticuados durante muchos años; y, además, el propio Moret sería relegado por Canalejas.

Entonces decidió atacar tanto a los conservadores como a sus rivales liberales presentándose como el único liberal capaz de unificar al partido y aliarlo con los republicanos y los socialistas para derrocar el Gobierno.

Así, en noviembre de 1908, aprovechando el cuadragésimo aniversario de la Gloriosa (los liberales, que pretendían representar la modernidad en España, tomaban como modelo acontecimientos que la inmensa mayoría de los españoles ya sólo conocía por relatos o libros), organizó un acto político en Zaragoza.

El discurso de Zaragoza

Su discurso fue el nacimiento del Bloque de Izquierdas, que se resume en el "¡Maura, no!", ejemplo de concertación para la destrucción y no la construcción.

En su discurso sostuvo que había levantado cabeza el peligro "reaccionario", derrotado en el Sexenio Revolucionario. A Moret le aterraba el poder creciente de las organizaciones católicas (sindicatos, colegios, beneficencia….) y su influencia, "mezclándose con los obreros"; pese a que reconocía que se hacía "sin faltar a ninguna ley". Encima, los conservadores habían encontrado un líder, Maura, que provenía del liberalismo y que había “sabido idear una serie de leyes (…) con la forma de la libertad siempre grata a nuestras convicciones”.

Para vencer al "poder clerical", Moret convocaba (bajo su jefatura) a todos los liberales, a los republicanos ("puesto que ya no se discute la forma de Gobierno"), a "los elementos sociales" (los obreros) y “a una juventud que no sabe de qué lado dirigirse (…) que nos cree a los partidos políticos autores de todos los males y a la cual le pedimos en vano que se una a los elementos liberales”.

El enemigo era "la formidable derecha formada frente a nosotros", obediente a las "órdenes e instrucciones que no emanan de España"… pero que había ganado unas elecciones el año anterior.

El "plan de batalla" que proponía Moret para este Bloque de Izquierdas era "la secularización de todas las funciones".

Moret obtuvo lo que buscaba menos de un año más tarde. La Semana Trágica, la ejecución del caudillo anarquista Francisco Ferrer en octubre de 1909 y las protestas internacionales contra España (movidas en muchos lugares por las logias masónicas), más la presión política sobre la Corona, hicieron que Alfonso XIII destituyese a Maura sin darle ocasión a defenderse. El rey propuso como presidente al propio Moret.

Pero éste, como les ocurre a los conspiradores, fue derribado por la unión de todos sus enemigos. Su Gobierno sólo duró hasta principios de febrero de 1910. El rey, los conservadores y los liberales (tanto los canalejistas como los viejos) se le opusieron. Alfonso XIII no le otorgó el decreto de disolución de las Cortes, con mayoría conservadora. A Moret le sustituyó su detestado Canalejas, que fue presidente hasta su asesinato, en noviembre de 1912. Unas pocas semanas más tarde, en enero de 1913, falleció Moret.

De los liberales a los socialistas

El legado de Moret fue haber desbrozado la senda para que uno de los partidos pilares del régimen se sintiese legitimado para recurrir a la demagogia y a pactar con grupos que querían dinamitar ese régimen.

Como escribió Seco Serrano (Alfonso XIII y la crisis de la Restauración), la "izquierda dinástica" estaba "dispuesta a utilizar, con evidente miopía, una crisis planteada al margen de la Restauración para destrozar el sistema del turno al otro partido dinástico que legítimamente ocupa el poder".

José María Marco considera que en esos momentos "estaba naciendo la izquierda española moderna".

Seguro que el lector atento ha encontrado similitudes entre la deriva del Partido Liberal en 1908 y la del PSOE de 2014: la descalificación de la derecha como reaccionaria, la apropiación de la democracia, la invocación como mito de la Revolución de 1868 y de la II República, la alianza con fuerzas minoritarias y antisistema… Que ese lector tenga por seguro que no es en absoluto una coincidencia.

Desde la invasión francesa, los españoles parecemos encerrados en un bucle temporal que nos obliga a repetir lo vivido una y otra vez, a discutir los mismos problemas una y otra vez, mientras el mundo a nuestro alrededor cambia. Un hombre culto de principios del siglo XX recordaría el suplicio de Sísifo y un hombre actual recordará la película Atrapado en el tiempo.

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