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El papa que pasó de progresista a reaccionario

Las reformas que emprendió Pío IX eran inusitadas en varios países de Europa, como Austria y Rusia.

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Los medios de comunicación progresistas y de izquierdas están encantados con el papa Francisco I. Resaltan su humildad, su sencillez y hasta su vestuario, para oponerlo a Juan Pablo II y, sobre todo, a Benedicto XVI. Los millonarios progres aplauden las invocaciones a una Iglesia pobre para los pobres mientras cuentan sus bonus. Pero la historia, sobre todo la de la Iglesia, suele deparar muchas sorpresas a los hombres. Gilbert Keith Chesterton recuerda que, a principios del siglo XVI, para los neopaganos italianos y franceses la Iglesia era un antro oscurantista y gótico; unas pocas décadas más tarde, la misma Iglesia era considerada por los protestantes ingleses, alemanes y escoceses el foco del paganismo; y Roma no se había movido de su eje.

Un ejemplo de lo que decimos es el pontificado de Pío IX, el más largo de la historia de la Iglesia: 1846-1878. Después de la muerte de Gregorio XVI, en junio de 1846, el cardenal Giovanni Maria Mastai Ferretti fue elegido su sucesor con los votos del sector liberal y moderado. Su nombramiento disgustó a los Gobiernos de la Santa Alianza.

Una Constitución para limitar su poder

Sus primeros actos fueron con el signo de los tiempos: decretó una amplia amnistía para los presos condenados por delitos políticos, otorgó una Constitución, el Estatuto fundamental para el gobierno temporal de los Estados de la Iglesia, amplió la libertad de prensa, cedió la censura a un consejo de laicos y autorizó una cámara legislativa que limitase su poder como monarca terrenal. La cámara era de elección censitaria, como las que había entonces en España, Inglaterra y Francia. Además, derribó las puertas del gueto judío y ordenó la protección de los bienes y las vidas de sus súbditos judíos. En el campo diplomático, reconoció a Isabel II como reina de España. Todas estas reformas eran inusitadas en varios países de Europa, como Austria y Rusia.

La revolución de 1848, que se extendió desde España a Hungría y Polonia, conmocionó a muchos espíritus bien intencionados de esa primera mitad del siglo XIX. Muchos tuvieron la impresión de que el telégrafo, el ferrocarril y otros avances técnicos eran las monturas sobre las que cabalgan los demonios de la Revolución Francesa, que se creían derrotados en Waterloo.

Juan Donoso Cortés, que se convirtió en paladín de la dictadura militar o real frente a la dictadura de la plebe, dijo de la revolución de 1848 en las Cortes españolas lo siguiente:

Cuando las revoluciones presentan esos síntomas, estad seguros que vienen del cielo, y que vienen por culpa y castigo de todos.

El filósofo español Jaime Balmes y el junker prusiano Otto von Bismarck también quedaron asombrados por la extensión y violencia del movimiento. El príncipe Metternich, ministro de Asuntos Exteriores de Austria y alma de la Santa Alianza, tuvo que dimitir.

El asesinato de un ministro del Papa

En Roma, la revolución comenzó el 15 de noviembre de 1848 con el asesinato del ministro de Gobernación del Papa, Pellegrino Rossi, en las escaleras de la sede del Parlamento, por una conspiración de los carbonarios, la orden secreta que buscaba la unidad de Italia bajo un programa revolucionario. Rossi iba a presentar sus reformas y a denunciar a los conspirados incrustados en el Gobierno. Los diputados, muchos de ellos miembros de la conjura, celebraron el magnicidio que se había producido a unos metros de sus escaños y los diplomáticos presentes en la sesión se retiraron escandalizados.

En los días siguientes, el populacho dirigido por los carbonarios tomó las calles y forzó al Papa a huir de su ciudad, lo que consiguió por medio de la embajada española. Pío IX se refugió en Gaeta, en el reino de las Dos Sicilias. Los diputados sediciosos hicieron elegir una asamblea constituyente, que en febrero de 1849 proclamó la república romana, uno de cuyos dirigentes fue el revolucionario Giuseppe Mazzini. Siguieron la confiscación de los bienes eclesiásticos por los revolucionarios, la disolución de monasterios, el encarcelamiento de sacerdotes y el asesinato de algunos de éstos, y hasta el secuestro de parte de la familia del Papa como rehenes.

Las potencias católicas restauraron a Pío IX, a petición de éste, en sus derechos mediante el envío de tropas. Una vez repuesto en la Silla de Pedro, Pío IX comprendió que los revolucionarios no se conformarían jamás con un régimen liberal templado o moderado y cambió radicalmente su postura. Se opuso a la expansión del reino de Cerdeña de los Saboya, cuyo rey, Víctor Manuel II, empleó como mercenario a Garibaldi, y defendió los derechos del Reino de las Dos Sicilias y los Estados Pontificios, ambos reconocidos internacionalmente como países soberanos. También reconoció a los Estados Confederados de América.

Dentro de la encíclica Quanta Cura (1864) se encuentra el "Syllabus", escrito en el que condenó "los principales errores de nuestro siglo". Algunos de ellos han sido aceptados hoy por la Iglesia, como el rechazo a la confesionalidad de los Estados; otros se han solucionado, como el derecho de la cabeza de la Iglesia a tener un territorio que garantice su independencia, desde los Pactos de Letrán; y otros se han agravado, como la creencia de que la Biblia es únicamente un relato literario, que la doctrina de la Iglesia católica es contraria al bien y a los intereses de la sociedad humana y que en caso de choque entre las leyes de la Iglesia y las del Estado deben prevalecer siempre éstas.

En 1854 Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, sancionada en cierta manera por las apariciones de Lourdes, ocurridas en 1858. También convocó el Concilio Vaticano I (1869-1870), interrumpido por la invasión saboyana, en el que se definió el dogma de la infalibilidad papal en materias de doctrina y en circunstancias muy limitadas. Comenzó el desarrollo de la doctrina social de la Iglesia y fue uno de los principales apoyos con que contó el sacerdote Don Bosco en la realización de su obra educativa.

Juan Pablo II le declaró beato en septiembre de 2000, junto con otro pontífice: Juan XXIII. 

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