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La compra del Palacio de España

La embajada más hermosa de todas las que posee el Reino de España es, sin duda, el Palacio de España en Roma, sede de la representación ante el Santo Padre.

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La embajada más hermosa de todas las que posee el Reino de España es, sin duda, el Palacio de España en Roma, sede de la representación ante el Santo Padre. Su historia es muy curiosa, ya que el Estado se hizo con el edificio gracias al oro y al derecho de retracto.

Desde los tiempos de los Reyes Católicos, Roma fue para España la principal embajada, la plaza del mundo, como la definió el rey Fernando ante un embajador. En los siglos anteriores al capitalismo, para los príncipes era más importante el lujo que el ahorro. Los reyes, los papas, los aristócratas, los embajadores y otras personalidades tenían que gastar fortunas en vestidos, séquitos, arte, fiestas, carrozas, caballos… Cuanto más deslumbrante era la apariencia, mayor era el poder del exhibidor. En las grandes capitales había rivalidad entre los embajadores por la preferencia, por el acceso a la cámara del monarca, por las fiestas y por las residencias. Más de una vez, las escoltas de los embajadores se cruzaban arcabuzazos y estocadas.

El embajador Miguel Ángel Ochoa ha investigado cómo se hizo el Reino de España con el espléndido Palacio de España. A partir de 1635 (otros estudiosos dan la fecha de 1622), los embajadores de Felipe IV, el Rey Planeta, habitaron el Palacio Monaldeschi de la Plaza de la Trinidad. En 1646 sus propietarios, una vieja y augusta familia romana, tuvo que sacar su residencia a subasta para obtener dinero.

El principal licitador era el embajador de Francia, que empleaba como testaferro a Pietro Mazarino, padre del cardenal Mazarino, sustituto como ministro francés del cardenal Richelieu, muerto en 1642.

El embajador aporta dinero para la puja

El entonces embajador de España, Iñigo Vélez de Guevara, conde de Oñate y de Villamediana, advirtió a Madrid de la humillación y desdoro para la honra española que supondría ser desalojado del Palacio Monaldeschi para que lo ocupase el francés, y más en unos momentos en que las armas españolas sufrían derrotas en toda Europa, y Portugal y Cataluña se habían levantado contra su rey.

En vez de preocuparse de su pensión de jubilación y del escalafón, Vélez de Guevara hizo lo que tantos embajadores y generales del Siglo de Oro: poner él el dinero y buscarlo. Pidió créditos a los banqueros de Roma y a los cardenales españoles, De la Cueva y Gil de Albornoz, y recurrió a los ricos españoles vinculados a la Iglesia nacional de Santiago de los Españoles. Además, adujo ante la Curia el derecho de retracto, regulado en las leyes pontificias.

La operación culminó con éxito. Según cuenta otro investigador, el profesor Javier García Sánchez, la subasta pública se celebró el 25 de enero de 1647 y la puja del mandatario del conde de Oñate, el súbdito español Bernardino Barber, por importe de 22.000 escudos, no fue superada por nadie, por lo que el Palacio Monaldeschi pasó a ser propiedad de la Corona de España y residencia de sus embajadores. Oñate escribió a Madrid:

El lance me ha salido bien, porque el término mío ha parecido justo, cortés y desahogado.

Llama la atención que junto al elogio del precio se citen adjetivos referidos a la elegancia y la apariencia.

La lentitud no era un vicio o una argucia de la Administración española, ya que el proceso de la venta se prolongó hasta 1654, año en el que está fechada la última acta de traspaso. El instrumento de adquisición, añade García Sánchez, desapareció en el incendio del archivo de 1738, pero estos detalles se sabían en el siglo XIX por las memorias manuscritas de un archivero del palacio.

El propio conde de Oñate empezó la rehabilitación del edificio, que se encontraba en muy mal estado, como correspondía al patrimonio de una familia aristocrática venida a menos. En las obras participaron los arquitectos Antonio del Grande y Francesco Borromini, maestro del Barroco italiano, y concluyeron bajo el siguiente embajador, el duque del Infantado.

Ochoa:

Así pasó la plaza a llamarse "de España", y España obtuvo brillantemente el más antiguo y suntuoso de los palacios que albergaron y albergan sus embajadas.

Se dice que es la representación permanente más antigua de un Estado ante otro.

Privilegio de policía y cuartel

Durante la Guerra de Sucesión (1701-1713), el Palacio de España fue disputado por los embajadores de Felipe V y del archiduque Carlos.

Otro asunto curioso es que los embajadores porfiaron con la Curia por extender el derecho de jurisdicción español no sólo al Palacio de España, sino a toda la Piazza di Spagna o Forum Hispanicum y a las calles adyacentes.

El franco o la libertà di quartiere quedaba delimitada para romanos, españoles y extranjeros mediante piedras blancas con las siglas grabadas de ADS (Ambasciata di Spagna). En el interior de ese área, la embajada española ejercía labores de policía mediante su guardia armada, aplicaba el derecho de asilo y hasta cocinaba y vendía pan. Los enfrentamientos con los soldados del Papa, los esbirros, y con espías y malhechores que rondaban en torno al Palacio de España eran frecuentes.

En 1736, las tropas pontificias permitieron que un tumulto nacido en el barrio del Trastevere llegase a la Plaza de España, pero 150 españoles armados hasta con cañones protegían la embajada y disolvieron a los revoltosos a tiros y bayonetazos.

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