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La Yihad en casa

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Un nuevo ataque yihadista ha sacudido Francia. Algo tan simple como un camión de gran tonelaje, un islamista convencido de querer ir como mártir al paraíso, y una multitud que celebraba un acontecimiento festivo, para pasar de la tranquilidad al horror.

Al principio, el ataque deliberado de este terrorista, según se sabe de nacionalidad francesa pero de origen tunecino, fue tachado por muchos como un acto de locura. ¿Cómo se iba a atentar con un simple y vulgar camión? Los informativos de las televisiones hablaban sin cesar de una nueva forma de ataque, acostumbrados como estamos a los cinturones explosivos, los Kalashnikov y las bombas.

Y, sin embargo, hay que recodar que el 11-S se perpetró pilotando aviones comerciales y que los terroristas de Bin Laden se hicieron con el control de los aparatos no con pistolas y granadas, sino con sencillos cutters. Analizando aquel trágico atentado, el Congreso americano dictaminó que "había faltado imaginación" en los cuerpos de inteligencia y seguridad como para poder haberlo frustrado. Algo similar no está pasando en Europa. Los yihadistas nos llevan la delantera con su capacidad de adaptación.

Por otra parte, también conviene subrayar que la táctica del atropello no es ninguna novedad. Yo mismo fui testigo en 2007, en Jerusalén, de uno de los primeros ataques de este tipo, cuando un palestino al volante de una pala excavadora, aplastó a un coche que pasaba por su lado. Intencionadamente, claro. Es más, no se ha prestado la debida atención, dada la antipatía que la izquierda y parte de la derecha europea tienen a Israel y las raíces anti-semitas de muchos europeos. Desde octubre del año pasado hasta hoy ha habido 30 ataques con el método del atropello a manos de palestinos contra ciudadanos israelíes que aguardaban tranquilamente a cruzar una calle en un paso de cebra, o que esperaban pacientes a que pasase su autobús. Cierto, es el primer caso de esta naturaleza en suelo Europeo, pero es que el mal se contagia. Los niños palestinos, incitados por sus dirigentes, juegan en la calle a acuchillar judíos; el estado islámico llama a sus seguidores a atacar infieles con cualquier método a su alcance. Un Kalashnikov es caro, unos dos mil dólares en el mercado negro europeo; un cuchillo de hoja grande, una baratija en comparación; un coche o un camión, un exiguo alquiler.

Lo que no podemos ni debemos perder de vista es el nexo que une a todo yihadista: su creencia en el Islam más radical y sanguinario y, sobre todo, su decidida voluntad de matar e incluso de morir matando.

La invasión soviética de Afganistán sirvió en la década de los 80 para radicalizar una juventud musulmana desde el Norte de África al Golfo Pérsico que acabó expandiéndose de manera global, causando miles de muertos, por ejemplo, en Argelia. También apremió la emergencia de una amenaza tan intensa como sigue siendo Al Qaeda. Hoy Siria ha reemplazado a Afganistán y los occidentales y países árabes moderados, a la ya extinta URSS. En gran medida, nuestra complacencia inicial con el baño de sangre sirio (cuando los "realistas" defendían que se mataran entre ellos), así como el giro de nuestras diplomacias, primero en contra de la permanencia de Bashir el Assad, ahora buscando su colaboración, lejos de lograr dar con una salida al conflicto, nos ha colocado a todos nosotros en el centro de la diana.

Desgraciadamente, como hemos podido comprobar dramáticamente en el último año y medio, la guerra de Irak y la descomposición del Oriente Medio no es una cuestión lejana. Existe un frente doméstico, aquí, entre nosotros. Y este frente interno está en gran medida fuera de control porque durante años nuestra filosofía multicultural y buenista ha impedido legalmente que nuestras agencias de inteligencia y cuerpos de seguridad del estado hagan lo que deberían hacer con los mecanismos adecuados a la amenaza. Y cuando lo hacen, la maraña burocrática que es la UE impide una eficaz coordinación.

A Europa se le viene encima una juventud emigrante de segunda o tercera generación, con pasaportes europeos, que ha encontrado las vías de radicalizarse. Primero se radicalizaron con Internet, luego a través de las hábiles redes de captación que utilizan la confianza de algún familiar y, finalmente, por las manos de un captador y la posibilidad de viajar a campos de batalla donde hacerse con el conocimiento apropiado para librar su guerra santa. Además de esta juventud, el viejo continente tiene que enfrentar ahora una ola emigratoria desde el mundo musulmán no conocida desde hace siglos. Nuestra bondad e ingenuidad ha permitido que cientos de miles de emigrantes pasen a ser llamados y considerados a todos los efectos refugiados, sin tener mecanismo alguno para discernir quién es quién, quién se merece ese título y quién viene como infiltrado.

Y hay una cosa segura: la figura del lobo solitario, tan cacareada en el pasado, es irrelevante. En todos y cada uno de los ataques yihadistas en Europa ha habido cómplices que han permitido y colaborado en la planificación y ejecución de dichos ataques y que, incluso, han ayudado a evadirse a los terroristas. Y esas redes sin las cuales estos ataques no se hubieran podido producir no son de grupos cristianos o budistas, son integradas por musulmanes. Por eso es tan importante en la lucha contra el yihadismo que sean los líderes de las comunidades islámicas los primeros en condenar, y no de boquilla, la violencia y la yihad. El problema es que no lo hacen, se limitan a entonar su letanía de que el Islam es una religión de paz y poco más.

Europa tiene mucho que aprender, pero lejos de ir a quienes nos pueden enseñar y ayudar, como Israel, Egipto o Jordania, criticamos a nuestros amigos y nos arrojamos en brazos de nuestros enemigos.

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