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No es país para 'think-tanks'

En fin, 30 años después, me apena comprobar que 'Spain is different' todavía. Y en lugar de mejorar, empeoramos.

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Hace ahora 30 años que un grupo de amigos me embarcó en lo que parecía un apasionante proyecto: crear un think-tank que se dedicara a los asuntos estratégicos, es decir a la seguridad internacional y a cuestiones de defensa, según la literatura actual. Movido por el optimismo histórico del profesor Manuel Coma, que nos decía: "En Europa siempre acaba pasando lo que en América 10 o 15 años después, y nada impide que pase también en España, aunque sea 20 años más tarde", creamos lo que llamamos el Grupo de Estudios Estratégicos (GEES). Éramos conscientes de nuestras limitaciones y no quisimos denominarnos centro, que nos sonaba demasiado pomposo para lo que en realidad éramos, ni instituto. Algunos de los fundadores pertenecían al gremio académico, pero otros no. Es más, nunca creímos que nuestros estudios tuvieran que seguir esa búsqueda de la verdad absoluta que se les supone a los universitarios. Los estudios estratégicos eran otra cosa, eran recomendaciones para mejorar las decisiones y las políticas públicas en el terreno de la seguridad y la defensa.

El GEES no fue el primer centro de pensamiento en seguridad y defensa. Antonio Sánchez Gijón dirigió con notable éxito desde 1979 el Instituto de Cuestiones Internacionales, que a partir del referéndum de la OTAN empezaría a languidecer hasta desaparecer, absorbido por el Incipe (Instituto de Cuestiones Internacionales y Política Exterior), en 1991. Éste realizaría buenos estudios sobre opinión pública, política exterior y defensa de la mano del catedrático Salustiano del Campo, pero, escaso de recursos financieros, jamás llegó a despegar.

En realidad, los think-tanks, laboratorios de ideas, centros de pensamiento o como se les quiera llamar en castellano, se han enfrentado en nuestro país a dos insuperables problemas que cuestionan permanentemente su existencia: el primero, la competencia desleal que supone la existencia de instituciones sostenidas por el erario público. Tal vez el caso paradigmático sea el Real Instituto Elcano. Yo fui parte activa en su gestación y en sus dos primeros años de vida, y puedo dar fe de que sin la aportación de los ministerios y su implicación directa en persuadir a determinadas empresas sobre la conveniencia de que aportaran también fondos, jamás hubiera podido culminar ese proyecto. El problema de depender del presupuesto del Estado es que se acota y muy mucho la libertad de pensamiento, puesto que no se puede hacer enfadar a los patronos/patrones. Otro instituto que depende existencialmente de los presupuestos públicos, aunque en este caso sean regionales y locales, es el Cidob de Barcelona, de marcado carácter catalanista, porque eso es lo que toca allí ahora. La filantropía pública no existe y las ayudas financieras buscan esencialmente publicidad y clientelismo. Cerrar la boca a los díscolos y premiar a los amigos.

El segundo escollo es la polarización política y la absoluta politización partidista de toda actividad e institución social. Cuando no se puede decir o escribir nada que hiera la sensibilidad de algún partido político, se acaba por no decir nada relevante. Cuando se tiene que esquivar los temas de confrontación, se acaba cayendo en lo inocuo y aburrido. Se abandona la naturaleza esencial de un think-tank, querer influir en el Gobierno y en las instituciones políticas, para convertirse en un simple medio de vida, una suerte de alternativa a la plácida vida académica. Y hay una pregunta muy básica a este respecto: ¿cuál es la rotación del personal investigador en este tipo de centros?

Ya es malo de por sí que, por corrección política, cada patronato o consejo de dirección tenga que acomodar a representantes de partidos políticos, porque sí. Recuerdo bien las desabridas críticas que el embajador Yáñez, representante del PSOE en el Elcano, hacía sobre mis ideas acerca de la crisis con Irak allá por el otoño de 2002. Y no porque buscara un debate intelectual, sino porque no aceptaba que se abordara la posibilidad de un conflicto desde una institución como creía que debía ser el Elcano. No sé qué será cuando, además del socialismo, se tenga que incorporar a un representante de Podemos. Porque me imagino que el leninismo español también querrá su parte del pastelito, si no todo.

Yo creo que no hay nada de malo en que un centro de pensamiento se incline por una opción política u otra, o en que sus miembros estén divididos. De hecho, se trata precisamente de presentar y debatir ideas francas de manera clara, lo que es esencial en una sociedad abierta. Por eso es inaceptable lo que ha ocurrido y lo que aún sucede en España: el partidismo lleva al sectarismo y, en lugar de intentar polinizar las cabezas de todo el mundo, se busca la cohesión de los de cada uno, marginando las voces disidentes o distintas. Sólo hay que ver a quién se invita a las actividades públicas o privadas. A los propios.

Hay muchas otras razones que imposibilitan, en contra de la creencia de mi buen amigo Manuel Coma, al que citaba al comienzo, que el mundo de los think-tanks anglosajones se reproduzca tarde o temprano en España. Empezando por un marco legal que dificulta sobremanera la filantropía y el desinterés de una élites acomodadas en la mentalidad de una nanopotencia. España hace mucho que dejó de tener gran estrategia nacional para contentarse con una cutre-estrategia, burocrática y alejada de los problemas reales de nuestro país. Y en el terreno puramente político hemos vuelto al crepúsculo de la ideologías, bien por rechazo en la derecha a todo tipo de ideas, bien por la naturaleza crepuscular de la izquierda populista actual.

Cuando la sustancia se pierde, sólo queda lo superficial. De ahí, por ejemplo, que los mal llamados think-tanks españoles midan su éxito en cosas tan baladíes como el número de hits (siempre escaso) de sus páginas web, o el de seguidores de sus cuentas en Twitter. En la confusión imperante, han olvidado cuál es su campo de batalla. ¿Hay algún voluntario que salga a decir que con sus trabajos ha inspirado una determinada nueva política, ha cambiado una vieja y rechazable o ha generado una acción legislativa? Por ejemplo, lo de acabar con la mili y el paso a un Ejército profesional vino dado por los acuerdos de legislatura entre el PP y CiU en 1996, pero esa medida no hubiera sido imaginable sin el arduo y largo trabajo del GEES, con Ignacio Cosidó a la cabeza, hoy director de la Policía Nacional, en el seno del PP desde comienzos de los 90, capaz de modificar la visión tradicional sobre los Ejércitos dentro de ese partido. Ese es el terreno de la eficacia y el éxito de un think-tank.

En fin, 30 años después, me apena comprobar que Spain is different todavía. Y en lugar de mejorar, empeoramos. En 2015, un buen centro privado, Fride, tuvo que cerrar sus puertas por falta de recursos. Incluso una fundación política como FAES se ve forzada a reestructurarse. Simplemente, no somos un país para think-tanks.

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