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Cinco años sin Mubarak

Cinco años después de la caída de Hosni Mubarak, Egipto dista de ser la democracia que los manifestantes de la Plaza Tahrir reclamaban el 25 de enero de 2011.

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Cinco años después de la caída de Hosni Mubarak, Egipto dista de ser la democracia que los manifestantes de la Plaza Tahrir reclamaban el 25 de enero de 2011. Tal vez haya que buscar allí las raíces del periodo conflictivo que el país más importante del mundo árabe vive desde entonces. El abigarrado grupo de opositores comprendía desde los demócratas liberales, que deseaban el fin del régimen autoritario, hasta los Hermanos Musulmanes, que aspiraban a crear las condiciones para un Gobierno islamista: lo lograrían el 24 de junio de 2012, con el triunfo electoral de Mohamed Morsi.

El caldo de cultivo de las protestas era similar al de Túnez: violencia policial, autoritarismo, estados de excepción, corrupción y una situación económica muy deteriorada. El paro y el precio elevado de los alimentos terminaron creando la tormenta perfecta. Mubarak no supo abandonar al poder. Creyó que podría sofocar el movimiento que ocupaba las plazas y se comunicaba con todo el planeta a través de las redes sociales, los mensajes en tiempo real y los vídeos viralizados. El manifestante Fawad Rashed dijo que usaban Facebook para planear las protestas, Twitter para coordinarlas y Youtube para difundirlas. Al final, los 840 muertos y más de 600 heridos deslegitimaron a un presidente que había evolucionado desde el socialismo panarabista hasta la colaboración con Occidente. Terminaría condenado a cadena perpetua en 2012 por la represión de las protestas.

El problema es que la Primavera Árabe no trajo Gobiernos moderados ni laicos. Al contrario, las elecciones demostraron el poder del movimiento que más tiempo se había enfrentado a Mubarak: los Hermanos Musulmanes, que apoyaban al Partido Justicia y Libertad. La victoria de los islamistas fue una señal de alarma. Las Primaveras Árabes no conducían a reformas democráticas ni a mejoras en las condiciones de vida. Antes bien, eran el camino para que lo islamistas alcanzasen el poder largamente deseado. Desde la victoria del FIS en las elecciones a la Asamblea Nacional argelina de 1991, el islam político no había gozado de una posición de tanta fuerza en el norte de África. Mohamed Morsi era la oportunidad de que los islamistas demostrasen al mundo que podían gobernar sin desencadenar el caos.

En realidad, el Gobierno de Morsi fue un progresivo descenso al abismo.

Sería un error caricaturizar a Morsi como un talibán. En sus apariciones televisivas era habitual verlo junto a la bandera egipcia. No renunció al nacionalismo como principio fundamental. Era islamista, sí, pero a la egipcia. Trató de transmitir tranquilidad a los cristianos coptos –casi el 10% de la población– y de neutralizar las sospechas de radicalismo. Fracasó en todo. Sus intentos de blindarse frente a la oposición y de imponer una reforma constitucional cada vez más contestada volvieron a sacar a millones de egipcios a la calle, sin que la movilización de los Hermanos Musulmanes sirviera para contrarrestarlos. El referéndum de 22 de diciembre de 2012 –sobre el que recayeron graves acusaciones de fraude– solo sirvió para avivar las sospechas de que las masas movilizadas contra Mubarak podían revolverse contra Morsi. El juicio contra el expresidente por la represión de las protestas de 2011 se declaró nulo y tuvo que repetirse en enero de 2013. Seis meses más tarde, los manifestantes volvieron a Tahrir y a otras plazas y calles de todo Egipto. El movimiento Tamarrud irrumpió como una fuerza poderosa de oposición a los Hermanos Musulmanes. El presidente tenía los días contados. El 3 de julio, un comunicado de las Fuerzas Armadas dio por terminado el experimento del islam político en Egipto. El Ejército cerró medios de comunicación y detuvo a defensores de Morsi. Hubo muertos en los enfrentamientos entre partidarios y detractores del presidente depuesto. Los Hermanos respondieron a la represión con más violencia. Los ilegalizaron. Confiscaron sus bienes. Fueron devueltos a la clandestinidad.

De las protestas de 2013 surgió un nuevo hombre fuerte: Abdelfatah al Sisi. Tras la presidencia provisional de Adli Mansur –presidente del Supremo– y la aprobación de una nueva Constitución, Al Sisi se presentó a las elecciones de 2014 y, como era de esperar, las ganó. Tomó posesión como nuevo presidente el 8 de junio de 2014. El Partido Justicia y Libertad no pudo concurrir por estar ilegalizado. A Morsi, un tribunal lo condenó a muerte el 16 de mayo de 2015. La sentencia aún no se ha ejecutado. A Mubarak lo absolvieron en el segundo juicio, en noviembre de 2014. Para asombro del mundo, este segundo juicio también se declaró nulo y tiene que repetirse en abril de este año. En otro orden de cosas, un tribunal ya le impuso una condena de tres años de prisión por apropiación de fondos públicos. Aunque ya la ha cumplido, sigue ingresado en un hospital militar. Tiene 87 años.

En los aproximadamente veintiún meses que Al Sisi lleva en el poder, Egipto sigue sufriendo las causas profundas que movieron las protestas de 2011 y 2012. Sistema educativo fracasado, una población juvenil frustrada por la falta de oportunidades, ha regresado el Estado policial… en suma, el sueño de 2011 se ha acabado. El 60% de la población tiene menos de 30 años. La bajada de los precios del petróleo no ha ayudado a la economía. La creciente actividad terrorista está dañando los ingresos procedentes del turismo. La ayuda económica que Egipto recibe de los países del Golfo es insuficiente.

El pasado 25 de enero fue día no laborable y Al Sisi tuvo palabras de elogio para el movimiento revolucionario de 2011. Los Hermanos Musulmanes –declarados organización terrorista– habían llamado a movilizaciones. El despliegue policial previo –que incluyó detenciones preventivas– fue formidable. El Parlamento ha retomado su actividad después de cuatro años. El anterior lo disolvió en 2012 el Tribunal Constitucional. Según el Centro Egipcio para la Investigación de la Opinión Pública Basira, el 39% de los egipcios creen que el país va mejor que en 2011 y el 29% cree que mucho mejor. Al 19% le parece que va peor o mucho peor. El 10% cree que sigue igual. Aunque tal vez lo mejor sea tomar con prudencia las encuestas en Egipto.

© Revista El Medio

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