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Taksim, un año después

Los próximos disturbios podrán tardar, pero me parecen ya inevitables y, seguramente, también serán retransmitidos.

Ricardo Ruiz de la Serna
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El pasado 30 de mayo se cumplió el primer aniversario de las revueltas del parque Gezi y la plaza Taksim en Estambul. Aquellos disturbios, que se prolongaron durante unos diez días, desafiaron la autoridad del Primer Ministro Recep Tayyip Erdogan. La violencia de los enfrentamientos entre los manifestantes y la policía, la importancia de las redes sociales y el microblogging, y el espíritu de rebelión contra el orden establecido hicieron presagiar a algunos una primavera turca en consonancia con las llamadas primaveras árabes. Esta percepción fue un espejismo. La represión desatada terminó doblegando a los indignados y la voluntad del Gobierno se impuso sobre ellos. Se convocaron dos manifestaciones en apoyo del Ejecutivo, hubo detenciones, se emplearon cañones de agua y gases lacrimógenos. El Partido de la Justicia y el Desarrollo, cuyo presidente es el propio Erdogan, movilizó a las masas contra los opositores que, a su vez, dominaron la narrativa y la comunicación. Por todas las grandes ciudades de la República se extendieron las protestas mientras fuera del país las televisiones, los periódicos, Facebook, Twitter, YouTube y miles de blogs reproducían ad infinitum las fotografías que los manifestantes enviaban a todo el planeta en tiempo real.

Un año después, ha vuelto a haber disturbios en las manifestaciones que conmemoraban aquella primera movilización ciudadana. El colectivo Solidaridad con Taksim había convocado para este 30 de mayo concentraciones, marchas y protestas en varias ciudades del país. Sólo para controlar lo que pudiese ocurrir en Estambul, el Gobierno movilizó a más de 25.000 policías y 50 vehículos dotados de material antidisturbios y cañones de agua, que las unidades policiales utilizaron junto con bolas de goma y gases lacrimógenos. Estas escenas no se dieron sólo en la antigua capital de los sultanes sino también en Ankara, Adana, Esmirna y Diyarbakir.

A veces pienso que Erdogan no se ha recuperado del impacto de las redes sociales y la comunicación política 3.0. Desde entonces, los intentos de controlar las redes sociales en Turquía han acompañado a formas más clásicas de presión sobre los medios de comunicación. Se dan con cierta frecuencia detenciones de periodistas incómodos por sus informaciones sobre corrupción u otros asuntos políticamente delicados. Nedim Sener, por ejemplo, que escribió un libro sobre el asesinato de Hrant Dink, el conocido intelectual armenio turco, fue acusado de revelación de secretos y de tentativa de influir en el resultado de un juicio. El suyo no es el único caso.

Sin embargo, la indignación con el Gobierno de Erdogan es real. Es cierto que las últimas elecciones le permitieron salvar la cara frente a quienes auguraban una crisis definitiva, pero esto no ha resuelto el problema fundamental del descontento urbano. Las protestas son muy diversas. Hay kurdos y armenios, pero también laicos y nacionalistas furiosos por la corrupción Se sienten orgullosos de ser turcos pero avergonzados por las acciones del Gobierno. El desgaste que ha supuesto la ofensiva contra YouTube y Twitter se ha sumado a la percepción de que Erdogan está asustado de las multitudes. El Gobierno puede reprimirlas, pero no desmovilizarlas. Frente a los mensajes de 140 caracteres, los vídeos virales y el humor político, el primer ministro lanza acusaciones de injerencias extranjeras, intentos de desestabilización e incluso vínculos con organizaciones terroristas. No obstante, hasta ahora la mayor disuasión es la violencia. El Gobierno vence pero no convence.

Por supuesto, la afirmación de la autoridad funciona entre el electorado más afín y reafirma a los convencidos, pero genera cada vez más desafección entre los indecisos, y un creciente resentimiento entre los opositores. La idea del islamismo moderado y democrático está revelando la cara menos amable de la autoridad y la fuerza. Su punto débil son los casos de corrupción y las ofensivas contra el laicismo. En el trasfondo está, por ejemplo, el caso Ergenekon, que descabezó a buena parte de la élite nacionalista kemalista y laica y reveló la decisión con que los islamistas pensaban hacerse con el control del Estado.

Turquía lleva algo más de un año de tensión. Las protestas contra el Gobierno son habituales aunque no todas trascienden fuera de Turquía. El último caso antes del aniversario de Taksin fueron las manifestaciones por la tragedia de la mina de Soma, en la que fallecieron 301 trabajadores, y por la que se han exigido responsabilidades políticas. El descontento crece y la represión sólo lo está agravando. En abril, el bloqueo de Twitter fracasó ante el Tribunal Constitucional de la República. Después de 67 días, el Gobierno ha permitido de nuevo el acceso a YouTube en Turquía. Ahora la actividad en las redes será aún mayor. Los próximos disturbios podrán tardar, pero me parecen ya inevitables y, seguramente, también serán retransmitidos.

© elmed.io

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