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Santiago Navajas

El prior ante el Leviatán

Podemos expresar al prior del Valle de los Caídos nuestra simpatía por su rebeldía con causa y sin esperanza.

Santiago Navajas
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Podemos expresar al prior del Valle de los Caídos nuestra simpatía por su rebeldía con causa y sin esperanza.
EFE

En su más célebre relato, Bartleby, el escribiente, Herman Melville contó la historia de un empleado de oficina –de figura "pálidamente pulcra, lamentablemente respetable, incurablemente solitaria"– que es contratado como escribiente pero que ante cada requerimiento para que haga una tarea responde: "Preferiría no hacerlo". Lo acaban despidiendo, pero Bartleby se atrinchera en la oficina, así que, incapaz de echarlo por la fuerza, el abogado que lo ha contratado decide mudarse. Bartleby permanece en el lugar, pero los nuevos inquilinos se quejan al abogado de su presencia.

En su otra gran obra magna, Moby Dick, un furioso capitán Ahab se atrevía a medirse ante el gran Leviatán, una ballena blanca que simboliza según unos a Dios y según otros al Estado, que ha venido a sustituir a la divina entidad a la hora de decidir por nosotros lo que está bien y lo que está mal; a cuidar por nuestro bienestar, incluso, si hace falta, en contra de nosotros mismos, seres al fin y al cabo contradictorios, frágiles e inmaduros.

Como los héroes melvillianos, y salvando las distancias, el prior del Valle de los Caídos se ha plantado ante el Leviatán estatal y le ha espetado que preferiría no abrir las puertas de la abadía. De Antígona a Thoreau, pasando por Sócrates y Tomás Moro, la historia de Occidente se fundamenta en los que han plantado cara a las exigencias del Estado con las palabras y el ejemplo. En el día a día, a muchos nos gustaría rebelarnos contra las pequeñas tiranías que el Leviatán socialdemócrata nos ha impuesto por nuestro bien y que solo afectan a nuestras vidas –de la obligación de llevar cinturón de seguridad, o el casco en la moto, hasta la prohibición de fumar en los espacios habilitados en los bares, pasando por los impuestos confiscatorios destinados a sufragar la maquinaria propagandística del Estado–. Pero meternos en camisas de once varas con el Monopolio de la Violencia en nombre de la desobediencia civil nos arrastraría de los absurdos de Melville a las pesadillas de Kafka.

Ni Bartleby ni Ahab terminaron bien. Pero, al menos, podemos expresar al prior, como le decía el androide a la teniente Ripley en Alien, el octavo pasajero, nuestra simpatía por su rebeldía con causa y sin esperanza.

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