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Lo que la derecha no entiende de la izquierda

La incomodidad con la nación española implica también un conflicto con la Constitución, que se basa precisamente en la existencia de esa nación.

La incomodidad con la nación española implica también un conflicto con la Constitución, que se basa precisamente en la existencia de esa nación.
Alberto Núñez Feijóo interviene durante la clausura del II Foro de Diputaciones, Cabildos y Consells del Partido Popular, a 3 de julio de 2026. | Efe

El mayor error de la derecha –y de cuanto no es izquierda– ha sido asumir que, del PSOE a la extrema izquierda institucional, del PSOE a Podemos o Bildu, todos han 'tragado' de alguna manera con la Transición, la monarquía constitucional, la democracia liberal y el Estado de derecho. Y sí, en cierto modo han tragado con la Constitución del 78, pero lo que no han hecho en absoluto, y con pleno convencimiento, es digerirla. La tienen atravesada en el gaznate como una espina que no los mata, pero tampoco los deja vivir en paz. Desde entonces no han dejado de preparar el camino para vomitarla. Un símbolo de ese odio a la Constitución es su desprecio por la bandera rojigualda, que los ha llevado a abrazar la segunda equipación de la selección española porque es blanca en lugar de roja. No lo digo yo: lo dijo El País, que así mostró su recelo hacia los colores de la enseña nacional: Por qué ha triunfado la camiseta blanca de la Selección (y por qué es difícil ponernos la de los colores de la bandera española).

Todo ese juego entre izquierdistas buenos y malos no es sino la versión política del policía bueno y el policía malo. El único izquierdista auténtico es el que quiere cargarse la monarquía constitucional y el Estado de derecho. Concedo que a veces protagonizan el acoso y el asalto a la democracia liberal socialistas cargados de ideales y buenas intenciones, con las que empedran el camino al infierno de la colectivización y la dictadura –la llaman "democracia populista"–; y otras veces son, sencillamente, individuos amorales sin más principio que el robo –lo llaman «redistribución» y "justicia social"– o la adulación de los primeros, a quienes llaman "tertulianos", sincronizados, naturalmente, con Ferraz y Moncloa, valga la redundancia.

Decía El País que la camiseta blanca "parece haber encontrado una fórmula muy contemporánea para representar a España sin parecer excesivamente española". Pero la incomodidad con la nación española implica también un conflicto con la Constitución, que se basa precisamente en la existencia de esa nación. Porque la soñada Tercera República solo tiene futuro dentro de un "Estado español" plurinacional, una confederación de Cataluña, Galicia, Euskadi, Andalucía… que implica la destrucción –lo llaman hegelianamente "superación"– de España.

La Constitución española esconde dos caballos de Troya para la destrucción tanto de España como nación y de la democracia liberal. El más obvio es la disposición adicional segunda, que reconoce "derechos históricos" a ciertas regiones: una cuña que abre, en ocasiones deprisa y a veces despacio, pero siempre sin pausa, brechas entre españoles que ya nunca volverán a ser libres e iguales. El otro caballo de Troya pasa más desapercibido, porque tras años de propaganda políticamente correcta y de homogeneización socialdemócrata se asume sin debate el sintagma "Estado social de derecho", que en el mejor de los casos es redundante y, en realidad, introduce una distorsión sectaria ya que "social" se impone semánticamente como sinónimo de "socialista" y como presupuesto de una deriva hacia un Estado socialista que contradice la propia noción de Estado de derecho.

El programa quedó esbozado en una obra seminal del pensamiento socialista español, escrita por uno de sus intelectuales más influyentes, Elías Díaz, a quien tuve como profesor en la Universidad Carlos III de Madrid, donde un día sí y otro también no daba clase, sino que impartía doctrina. Recuerdo un debate con él cuando negó que la palabra "libertario" pudiera aplicarse a los anarcocapitalistas, y la reservó solo para los anarquistas de izquierdas, mostrando esa tolerancia represiva que teorizó Herbert Marcuse. En Estado de Derecho y sociedad democrática lo dejó negro sobre blanco: "Socialismo y democracia vienen en nuestro tiempo a coincidir y a institucionalizarse conjuntamente en la propuesta del llamado Estado democrático de Derecho: el socialismo de éste será así resultado de la superación del neocapitalismo propio del Estado social de Derecho".

Ese "Estado democrático de Derecho" implica la destrucción del Estado social de derecho, que a su vez supuso la destrucción del Estado liberal de derecho y de su defensa de ciudadanos con iguales derechos y deberes dentro del paradigma de la libertad. Esa tarea se ejecuta de forma insidiosa mediante el control de las instituciones: primero la educativa, después la comunicativa –RTVE, la cadena SER y El País, ese periódico que es el único que parecen leer los coordinadores de Lengua y Literatura en la EBAU– y, por último, la judicial. La captura de estas instituciones por la hegemonía cultural, académica y política de la izquierda solo ha encontrado en la derecha servilismo económico, sometimiento político y servidumbre moral.

El articulista de El País termina defendiendo que la segunda equipación de España es "una manera de vestirnos de España sin sentir que nos estamos vistiendo de España". Lo que en realidad quiere decir es que se trata de una manera de desvestirse de España, porque tras cuarenta años de propaganda antiespañola y antiliberal, toda la izquierda ha terminado por encarnar aquello contra lo que advertía Antonio Machado a través de su heterónimo Juan de Mairena:

"De aquellos que dicen ser gallegos, catalanes, vascos, extremeños, castellanos, etc., antes que españoles, desconfiad siempre. Suelen ser españoles incompletos, insuficientes, de quienes nada grande puede esperarse. —Según eso, amigo Mairena —habla Tortólez en un café de Sevilla—, un andaluz andalucista será también un español de segunda clase. —En efecto —respondía Mairena—: un español de segunda y un andaluz de tercera".

Y un aficionado al fútbol de cuarta, añado yo.

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