
En su serie sobre la Vendée, Federico Jiménez Losantos ha ilustrado el origen de una de las circunstancias definitorias de la Modernidad: el odio al pueblo que ha sentido la élite de izquierdas desde Robespierre. Murieron unas doscientas mil personas entre 1793 y 1796 cuando campesinos, artesanos y nobles locales se unieron para defender el orden tradicional y monárquico contra las reformas anticristianas y la persecución de los sacerdotes católicos leales a Roma que realizaba la dictadura jacobina. El pueblo llano se resistía a que lo liberasen si la libertad que traían los racionalistas de la guillotina no era sino una dogmática impuesta a sangre y fuego.
Desde entonces, todas las revoluciones de izquierdas han consistido fundamentalmente en la lucha entre la clase popular y la autoproclamada vanguardia del proletariado, esa burguesía que, en realidad, no era sino un selecto grupo de idiotas indigestados de ideología. Los bolcheviques masacraron a los campesinos que se resistían a las colectivizaciones y los maoístas mataron de hambre a millones de ciudadanos, de obreros a profesores, que no tragaban con la dialéctica marxista. El tertuliano de izquierdas actual que contempla con un mohín de asco y un gesto de desprecio a los ceutíes que protestan porque hay inmigrantes que roban en sus tiendas, acampan en sus playas y violan a sus hijas es el hijo del marxista que caricaturizó Chumy Chúmez en una viñeta inmortal: un hippy contemplaba a una familia con pinta de ser de pueblo y se decía a sí mismo: "A veces pienso que esta gente no se merece que me lea entero El capital". El hippy se ha transformado en hipster, ha sustituido el comunismo por el wokismo, pero sigue siendo el mismo tipo que, literalmente, mataría a su madre o a sus hijos si no estuviesen en el lado correcto de la historia.
Ese tertuliano de izquierdas proclama su amor a la Humanidad, con mayúscula, mientras desprecia a los ceutíes que, desesperados, cuentan cómo una multitud invasora se ha colado en sus calles. No entienden los ceutíes que los miles de invasores tengan que merodear hambrientos y desesperados, peligrosos y amenazantes, en su pequeña ciudad y no en el Palacio de la Moncloa o en un plató de La Sexta. El tertuliano progresista mira por encima del micrófono a la madre de Ceuta que explica que sus hijos llevan días encerrados en casa. La respuesta de los portavoces mediáticos de Sánchez es el manual entero de la Vendée resumido en dos frases, abyectas en su condescendencia: "Ya estamos otra vez vinculando delincuencia con inmigración" y "entiendo tu indignación, pero estás muy nerviosa". La madre ceutí proclama estar "hasta los cojones" de tanta verborrea sofista, corta al tertuliano de turno y le espeta "hijo de puta". Pero más precisamente habría que llamarlo hijo de Robespierre.
La madre ceutí contesta con la única autoridad que le queda, estar al pie del cañón: "Vente aquí, que yo pago los mismos impuestos que tú"; "aquí hay que venir con un par de cojones, no sentado en un plató como tú"; "no me vengan a hablar de derechos humanos: los derechos de mis hijos, ¿dónde están?". Y el aviso que debería enmarcarse en la redacción de cualquier periódico: "Que no se olviden de nosotros, como se olvidaron de la DANA y de La Palma". Seguramente los ceutíes no saben mucha teoría de la Escuela de Frankfurt, pero se conocen hasta el último rincón de Ceuta y saben que les están expropiando su hogar para regalárselo al déspota de Rabat a mayor gloria de los mindundis de la geoestrategia. Reclaman, como Charles Laughton en la película de Renoir, que esa tierra es suya. Otra madre grita una súplica que también es una orden: "¡Que me escuche España!".
Estamos viendo el conflicto que Hayek describió entre el conocimiento local, disperso y concreto —el de quien sabe lo que pasa en su portal a las nueve de la noche— contra el conocimiento abstracto y presuntamente superior del que opina y legisla desde el plató y el ministerio. La vanguardia nunca ha perdonado al pueblo que sepa cosas que no puede deducir de su sistema. De ahí que su primer impulso, en la Vendée, en Moscú o en Ceuta, no sea escuchar, sino sentenciar que el campesino es un fanático, el kulak, un reaccionario, el ceutí, racista y la madre, pobre, está nerviosa. Pier Paolo Pasolini escribió en 1968 un poema en el que simpatizaba con los policías y no con los pijos estudiantes de las manifestaciones. Como Pasolini, simpatizo con los trabajadores ceutíes a pie de invasión y no con los tertulianos aburguesados que hacen equilibrios sobre el abismo de la miseria moral y la traición nacional.
Los ceutíes, mientras tanto, han improvisado en una acera la mejor definición de la resistencia popular desde 1793: "Somos duros de roer y vamos a estar dando por culo hasta el último día". Una frase simple y poderosa que vale por la Fenomenología del espíritu. Que quede para la historia, contra los clichés ridículos de politicastros y mercenarios de las ondas, la claridad con la que habla el pueblo: "No son de Ceuta, son extranjeros que han invadido un país"; "esto es un acto de guerra híbrida"; "el Rey tiene que venir ya"; "la protección, a la frontera". Doscientos treinta años después de la Vendée, el pueblo sigue rechazando a sus presuntos liberadores. Y sigue teniendo razón.