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Serafín Fanjul

El manifiesto

Si unos pocos políticos por acción y muchísimos otros por omisión han conseguido un horizonte tan lamentable se debe a la inacción y atonía de los celtíberos: hasta que no se nos cae la casa encima, no nos enteramos de que vivimos en zona sísmica.

Serafín Fanjul
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Cuando, mundo adelante, contamos que los niños castellanoparlantes de varias regiones españolas no pueden estudiar en español, la gente no nos cree. Claro que aun nos concederían menos fe si arrostrásemos la vergüenza de referirles que en Vascongadas, desde hace muchísimos años, calles, plazas, parques, polideportivos y demás llevan nombres de connotados asesinos de la ETA; o si rematásemos el memorial de ignominias, en alarde suicida, añadiendo que la banda terrorista se nutre de fondos del Estado a través de sus organizaciones satélites y con la anuencia del Gobierno de la Nación.

Con la excepción de los gobiernos de José María Aznar, que comenzó a cortar esta deriva vergonzosa de modo eficaz, desde principios de los ochenta no hemos parado de caer, cruzarnos de brazos y sentenciar que nada se puede hacer porque PNV y CiU son muy malos, etc. Pero la estrategia de quien dirigía el PP era a largo plazo, mediante un tenaz jaque y arrinconamiento de los terroristas, lo más urgente, en espera de que llegasen tiempos mejores para enderezar la situación general. Aquella estrategia se truncó por razones sabidas, nos cayó lo que nos cayó y ahora ni siquiera se sabe qué pretenden hacer los presentes mandones del PP. Si es que pretenden algo, amén de leer el Marca.

Y no es que hayan faltado voces que denunciaran en todo este tiempo cuanto sucedía: desde los ochenta, cuando se sacaron la inmersión lingüística en Cataluña, ha habido protestas, coacciones y amenazas contra los discrepantes (el atentado a Jiménez Losantos fue lo más notorio en aquella sorda pugna, ignorada por el común de los españoles) y un avance del tribalismo de pretexto lingüístico en todo el país: Galicia, Valencia, Baleares o Navarra, de la mano del PP o afines, han empezado a disfrutar de la persecución del español. En distintas maneras y grados, con diferente intensidad según las posibilidades, muchos escritores, periodistas, profesionales varios, hemos denunciado el panorama, tan absurdo, tan ilógico.

Pero nadie nos hacía caso, agostados todos los esfuerzos en la inconexión, la falta de continuidad, el tácito boicot de los políticos, en paralelo a los lamentos y rezongos de quienes huían del País Vasco o Cataluña para no ser asesinados o para poder escolarizar a sus hijos en su propia lengua y no en una cultureta de andar por casa pero con ínfulas imperiales: si les cuento que en cualquier pequeña ciudad alemana se puede establecer una sociedad de nombre El Casal, con pretensiones de futura institución cultural para llevar la buena nueva a quienes padecen las tinieblas de ignorar el catalanismo, tal vez piensen que exagero, pero no. Así vamos, financiando lectorados de catalán en universidades extranjeras y convirtiendo el Cervantes en academia de idiomas que a nadie interesan. No por culpa de los idiomas mismos, obviamente, sino porque las cosas son como son.

Se ha llegado a tal situación por haber abandonado a los activistas de la cazurrería todo el campo, mientras la inmensa mayoría de la sociedad española sesteaba encantada consigo misma, indiferente a cualquier visión de conjunto de problemas reales que nos afectan a todos. Y que no son sólo las hipotecas o el precio de las judías, como aseguran recientes hallazgos de punteros ideólogos de la derecha. Si unos pocos políticos por acción y muchísimos otros por omisión han conseguido un horizonte tan lamentable se debe a la inacción y atonía de los celtíberos: hasta que no se nos cae la casa encima, no nos enteramos de que vivimos en zona sísmica. Cuando la señora Cabrera, supuesta ministra de Educación o algo así, repite como un loro lo que dicta su jefe ("No pasa nada, ningún niño se queda sin escolarizar en castellano, etc.") sólo está reproduciendo la actitud de pasotismo generalizado que envuelve a este conflicto, como a otros.

Ahora, un grupo de personas, más o menos relacionadas con UPyD, ha publicado un manifiesto –otro más– denunciando el abuso requeteconocido y más requetedespreciado por tirios y troyanos. Y ya se está descolgando la cascada oportunista de adhesiones, de políticos, profesionales y gentes desconocidas pero de buena fe (un servidor también ha firmado en LD): creen que ayudan. Bueno está. Y por supuesto que debe crearse una corriente de opinión y hablarse del abuso que conculca el bilingüismo y aplasta los derechos individuales, pero la cuestión principal es qué se va a hacer, en qué acciones concretas se traducirán los buenos deseos, que supondremos sinceros y no mero tacticismo momentáneo. Se habla y se firma por ser ineludible, pero luego ya vendrá el verano, se bajarán los humos entre fritangas playeras con sudor y arena y aquí paz y después, gloria.

Y después, a seguir tirando, porque con Bibiana y sus ocurrencias, o Juan Herrera y su Gran Simio, ya tenemos diversión y –si hay suerte– quién sabe, a lo mejor, quizás Mariano y Soraya van, agarran, se fajan y presentan una incisiva moción, contundente y batallona, como todas las suyas, de esas que tumban gobiernos y arrasan cimientos de civilizaciones enteras. Rodríguez y sus cómplices catalanes tiemblan de miedo. Pero esto sólo si hay suerte, de lo contrario, nos conformaremos con seguir cantando a la luna y maldiciendo nuestra pena negra.

¿Qué hacer, pues? A mí se me ocurren unas cuantas cosas: no faltará ocasión de enumerarlas.

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