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Stephanie Rugolo

Es hora de dejar de negociar con las FARC

La presión militar y las reformas políticas ya han debilitado a las FARC: probablemente ésta sea la única estrategia que asegure una auténtica paz.

La presión militar y las reformas políticas ya han debilitado a las FARC: probablemente ésta sea la única estrategia que asegure una auténtica paz.

La guerrilla marxista de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) ha aterrorizado Colombia por 50 años. Las FARC ejercieron un control severo sobre las industrias ilegales y sobre grandes porciones del territorio colombiano hasta que el presidente Uribe instituyó una estrategia que proveyó seguridad ciudadana constante e hizo respetar el Estado de Derecho. Esto resultó en la muerte de varios líderes de las FARC y en una disminución drástica del territorio que controlaban y de sus efectivos (hasta un 50% menos).

Las FARC y el Gobierno colombiano están negociando la paz en la Cuba comunista, con Venezuela –cuyo Gobierno es aliado de las FARC– y Chile como mediadores.

En estas negociaciones, las FARC esperan ganar acceso a la política mediante una amnistía y la transformación de las estructuras primarias del Estado, mientras que el Gobierno colombiano espera erradicar a las FARC, en vista de su debilidad. Hacerlo podría darle un impulso a la valoración del presidente Juan Manuel Santos, que ha venido cayendo, mientras que protegería intereses de negocios que son cada vez más importantes y promovería las inversiones que las FARC amenazan. Sin embargo, estos términos de paz no son democráticos, son superfluos y no acabarán con el conflicto. En lugar de conceder los pedidos de las FARC, el Gobierno colombiano debería continuar con sus tácticas defensivas y adoptar políticas que limiten las fuentes de financiamiento de la guerrilla.

Es poco probable que estas negociaciones acaben con las prácticas destructivas de las FARC. El Gobierno busca detener las muchas actividades ilegales de las FARC, como el tráfico de drogas, a cambio de concesiones. Sin embargo, hay muchos otros grupos armados que no están incluidos en las negociaciones y que probablemente ocuparán cualquier vacío de poder que dejen las FARC; por ejemplo, el Ejército de Liberación Nacional. Esto ya ha sucedido en el pasado: conforme los grupos paramilitares se iban desmovilizando, nuevas pandillas criminales tomaban el control de sus operaciones ilegales. Además, algunos expertos argumentan que las FARC se están dividiendo. Si eso es cierto, las distintas facciones probablemente ignoren cualquier acuerdo que equivalga a renunciar a las inmensas ganancias de que gozan producto del narcotráfico.

Adicionalmente, los resultados de estas negociaciones no serán democráticos, porque las FARC están pidiendo cambios políticos mediante la violencia en lugar de hacerlo mediante elecciones. Los pedidos de las FARC incluyen una reforma agraria que permitiría un mayor acceso de los ciudadanos a la tierra, una nacionalización de las industrias de recursos naturales y una anulación de los tratados de libre comercio. Además, han pedido una amnistía por sus actos criminales, incluyendo los secuestros, lo que requeriría que Colombia enmendase sus leyes. Mientras que tales cambios, tan importantes, suelen realizarse mediante procesos electorales, las FARC están utilizando su capacidad de cometer actos de violencia para influir en la negociación. Esta táctica es especialmente antidemocrática cuando se considera que son pocos los colombianos que todavía secundan a las FARC, o sus objetivos.

Por otro lado, muchas de las demandas de las FARC ya están siendo ejecutadas. Algunos congresistas colombianos están promoviendo una Ley de Víctimas y Restitución de Tierras. Esto daría a los individuos que perdieron tierras en este conflicto el derecho a recuperarlas y a recibir indemnizaciones. El presidente Santos ha desmantelado una agencia de inteligencia que solía espiar a los ciudadanos. Según Steven Dudley, de Insight Crime, un centro de investigaciones colombiano, Colombia tiene ahora un sistema judicial más sólido y una mejor fiscalización de los actos de las Fuerzas Armadas y la Policía. Conforme Colombia mejora rápidamente en asuntos que son importantes para las FARC, las demandas del grupo rebelde se vuelven superfluas.

Las demandas de las FARC de ser involucradas en el proceso político son particularmente preocupantes si se tienen en cuenta sus estrechos lazos con el autócrata venezolano Hugo Chávez. Esta relación es bien conocida, dado que Chávez ha permitido que las FARC tengan bases en Venezuela y admitido que ejerce influencia sobre ellas. Las FARC son miembro de la Coordinadora Continental Bolivariana, que trabaja para integrar organizaciones revolucionarias y derrotar violentamente al "imperialismo occidental". Si un acuerdo de paz permite a los miembros de las FARC incursionar en la política, es probable que un Gobierno chavista los financie para que lleguen al poder y empujen Colombia hacia un socialismo de estilo venezolano, lo cual haría que perdiera las ganancias que tanto le ha costado cosechar, y que la han convertido en una de las economías dominantes de América Latina. Además, es sabido que los miembros de las FARC trafican con drogas, perpetran secuestros, extorsionan a empresarios, utilizan niños como soldados y asesinan a gente que interfiere con sus industrias. Es poco probable que como políticos hagan de Colombia un lugar más pacífico o próspero.

Una mejor solución sería que las Fuerzas Armadas siguieran defendiendo a los colombianos contra el crimen organizado y recuperasen el terreno perdido. Estas tácticas ya han empujado a las FARC hacia áreas rurales remotas, lo que ha hecho que pierdan fuerza de manera considerable. Los políticos colombianos deberían, consecuentemente, limitar la financiación que la guerrilla obtiene del narcotráfico y la minería ilegal. Una buena forma de hacerlo sería mediante la legalización de las drogas (que actualmente está siendo considerada en el Congreso), la titulación de tierras y la protección de la propiedad privada.

Las negociaciones de paz son deseables en muchos casos, pero no en el de las FARC. Aunque las insurgencias rara vez terminan ganando o perdiendo una campaña militar, las FARC han engañado al Gobierno colombiano en anteriores negociaciones de paz. Incluso mientras se celebra la actual ronda de negociaciones, las FARC han continuado aterrorizando y asesinando colombianos. Si se sigue el actual camino de paz, la violencia no terminará, los colombianos no obtendrán beneficio alguno y la democracia sufrirá. La presión militar y las reformas políticas ya han debilitado considerablemente a las FARC: probablemente ésta sea la única estrategia que asegure una paz real y duradera.


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