Menú

Venezuela y los propósitos de enmienda

A Venezuela se le murió el tirano y no se movió una hoja: el país siguió cuesta abajo en su rodada.

Xavier Reyes Matheus
0
EFE  

Hace unos días salía en la prensa este titular: "La Asamblea Nacional de Venezuela declara el abandono del cargo de Nicolás Maduro". Luego apareció este otro: "El Tribunal Supremo de Venezuela declara la nulidad de los actos del Parlamento por desacato". En cualquier parte del mundo, ambas noticias significarían un conflicto gravísimo; pero en la patria de Bolívar no pasarán de ser otro capítulo del culebrón que lleva ya casi veinte años, y del que parece que se sigue esperando, como en Topacio, un final en el que la sufrida protagonista ­Venezuela­ recupere milagrosamente la visión para que todos vivan felices y coman perdices.

Decía hace poco José García Domínguez que el problema de los venezolanos es que no quieren trabajar, sino vivir del petróleo. Desde luego, no es este el mejor momento para que se entienda el sentido de esa crítica, pues con el actual escenario de hiperinflación, en el que hace falta una cuarta parte del salario mínimo para pagar un kilo de tomates y un paquete de huevos, no es cuestión de querer emplearse con miras a ahorrar un poco, dar la entrada de una casa, casarse y engendrar una linda y numerosa prole que mantener (y eso obviando que en una ciudad como Caracas nadie que salga a la calle por la mañana está en condiciones de asegurar que volverá por la noche). Por otro lado, tampoco es que cada venezolano tenga un pozo de petróleo en el jardín de su casa. Pero la afirmación de García Domínguez no es del todo gratuita, y la clave del problema está en una palabra a la que su análisis alude con mucho acierto: mentalidad.

El control público de la riqueza petrolera –que se coronó con la nacionalización llevada a cabo en los años 70– invalida cualquier discurso sobre la lucha de clases en Venezuela, porque el único y verdadero magnate ha sido siempre el Estado. Es decir, los partidos, que, dependientes del voto, buscaron la fidelización de sus clientelas por los medios de costumbre: enchufismo y corruptelas para los cercanos, dádivas y limosnas para el público en general. El problema de ese modelo es que no puede ser infinitamente expansivo, pues en algún momento la economía del país se resiente, por más reservas petroleras con las que cuente uno. Entonces, el gasto y los regalos se contraen y los que de verdad controlan el chiringuito se esfuerzan por salvar lo esencial (es decir, a ellos mismos) frente a lo accidental (es decir, los demás). De modo que, mientras los mandamases se atrincheran y buscan preservarse a través de la endogamia, los que se quedan fuera empiezan a hacer sentir su frustración y a denunciar "la oligarquía". Y al denunciarla le abren causa por ladrona, despilfarradora, trepa, obstruccionista, y en todas estas culpas fundan los gritos para pedir su derrocamiento.

Así se derrocó la socialdemocracia en el país sudamericano. Pero no hay que ser un lince para darse cuenta de que, si de verdad se hubiese buscado una alternativa consecuente con la regeneración del país, con el saneamiento de sus cuentas, con la dignificación de su vida política, los venezolanos tendrían que haber reclamado, en aquella hora, la implantación de un sistema que representara el orden, el ajuste, la responsabilidad, el no querer vivir por encima de las posibilidades, la reducción de lo superfluo, la cultura del trabajo, del esfuerzo y del mérito. ¿Y qué escogieron, en cambio? El chavismo, que en sus comienzos quizá fuese mera incógnita sobre las intenciones de un salvapatrias, y que por supuesto jugó al despiste para disimular su carácter autoritario, pero que siempre dejó claro hacia qué lado apuntaba su brújula ideológica. Lo que hay que concluir, pues, es que si los venezolanos rechazaron el modelo de la corrupción redistributiva, del gasto descontrolado y de las prebendas no es porque estuviesen convencidos de la necesidad de podarlo: es porque se les quedaba corto.

Una vez en el poder, el chavismo ha sabido recoger perfectamente esa aspiración. Ni siquiera le hizo falta perseguir a los antiguos líderes de AD y Copei contra los que la gente se había revuelto, porque pronto quedó en evidencia que la indignación general había clamado menos contra los pecados cometidos que por el derecho a cometerlos entre todos. Y el chavismo lo puso en bandeja.

Con un aporte original, eso sí. Porque antes el Estado, que era el canal del compadreo y la compra de almas, también era el responsable de la ley, y es evidente que ambas funciones colisionaban en sus opuestos intereses, con habituales perjuicios para la segunda; pero, así y todo, las leyes estaban allí. El chavismo en cambio sustituyó la ley por la revolución, y al que profesase en ésta le dio indulgencia plenaria. En cierto sentido, esa garantía de la impunidad ha representado más para mucha gente que el asistencialismo directo, porque las clases marginales en Venezuela ya estaban acostumbradas a buscarse la vida, y lo que realmente piden es que las dejen hacerlo sin trabas. Pues bien: no es sólo que el Gobierno se lo permita, sino que incluso les propone un amplio abanico de actividades delictivas o ilegales para buscar el sustento. Es un empoderamiento que a fin de cuentas consiste en darle un oficio a la gente; sólo que, en vez de servirse de la formación profesional, se vale de actividades como el bachaqueo –es decir, el contrabando de comida– y tantos otros recursos derivados de las múltiples prohibiciones, controles y racionamientos que el régimen impone, pero que, a la vez, permite burlar a través de un extenso y multinivel sistema de corrupción cuyos beneficios alcanzan generosamente a todos, desde el funcionario en la cima de la pirámide hasta el pobre diablo al que le pagan por guardar el sitio de otro en una cola.

Para la clase media vale otro tanto. Tradicionalmente, se trataba del grupo social que tenía una educación universitaria y que luego buscaba ocupar puestos calificados en la empresa privada, pero el chavismo les ha dado las herramientas para transformarse en emprendedores autónomos capaces de detectar en los vicios del régimen infinitas oportunidades de negocios. Que han venido dadas, principalmente, por el trapicheo con dólares controlados en el mercado negro y en operaciones para sacarlos a cuentas del extranjero.

He aquí, pues, la mentalidad a la que se refería García Domínguez, y que en realidad no ha sido cuestionada por nadie en la lucha política aparentemente encarnizada que se libra en Venezuela. Allí sólo se habla de si Maduro o no Maduro, haciendo depender este debate, a veces, de cuestiones tan peregrinas como si el tal nació en Colombia (porque después de haber usado como fregona todos los demás artículos de la Constitución, resulta que el de la nacionalidad del presidente tiene que ser la ultima ratio del Estado de Derecho…).

A Venezuela se le murió el tirano y no se movió una hoja: el país siguió cuesta abajo en su rodada. Luego la oposición ganó la Asamblea Nacional y ni una hoja se movió tampoco: ahí sigue el chavismo tumbando y capando. El país tiene la inflación más alta del mundo, carece prácticamente de todo, el régimen mantiene encerrados a varios líderes políticos, y total es que no está sacudido por las protestas que cualquiera esperaría. Pero todo el mundo en Venezuela alberga la esperanza naïf de que pase algo y de que en un parpadeo Topacio recupere la vista, aunque nadie señale en qué consiste verdaderamente su ceguera.

En Internacional

    Lo más popular

    0
    comentarios

    Servicios

    Máster EXE: Digital Marketing & Innovation