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Zoé Valdés

¿Ana Hidalgo presidente?

Todo puede ocurrir en estos tiempos de palancas ñangaretas y sombríos poderes ocultos.

Zoé Valdés
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Todo puede ocurrir en estos tiempos de palancas ñangaretas y sombríos poderes ocultos.
Anne Hidalgo. | Alamy

¿Ana Hidalgo presidente de Francia? Permítanme que me carcajee. Aunque, sí... Todo puede ocurrir en estos tiempos de palancas ñangaretas y sombríos poderes ocultos.

Ana Hidalgo es la actual alcaldesa de la ciudad de París. No fue fácil para ella conseguir la Alcaldía tan apreciada de la Ciudad Luz, pese al enorme apoyo que obtuvo del anterior alcalde, Bertrand Delanoë, de origen tunecino, socialista igual que ella, aunque Hidalgo –de origen español– tire más hacia lo comunista.

No fue fácil, y estoy bien informada al respecto. ¿Por qué? ¿Cómo? Pues porque fui miembro de su Comité de Soutien (Comisión de Ayuda), como tantos otros artistas y escritores de distintas ideas políticas, que decidimos aceptar la demanda de apoyo frente a la posición que anteriormente había sostenido el alcalde Delanoë; quien, en mi caso personal, había sido todo oídos y acción, motivado por mi testimonio, cuando encontré necesario que se reconociera a las Damas de Blanco en Cuba mediante un gran homenaje en esta ciudad. Se lo pedí, él accedió sin vacilaciones.

Vestimos esculturas importantes y relevantes con ropajes blancos e hicimos un acto en su honor frente a la Alcaldía, cuando más estaban siendo hostigadas por el régimen castro-comunista de Fidel y Raúl Castro allá en La Habana. Debimos ser protegidos por la Policía, porque la embajada castrista en París envió a sus sicarios y alabarderos franceses para atacarnos física y verbalmente.

En aquel momento, Ana Hidalgo, como subteniente del alcalde, estuvo presente y muy activa a nuestro favor, vestida de blanco, en solidaridad con las Damas de Blanco, dijo incluso unas palabras muy alentadoras.

También estuvo presente cuando Bertrand Delanoë me condecoró con la Grande Medaille Vermeil de la Ville de Paris, otra vez vestida de blanco en honor de las Damas cubanas, como insistió en decirme. Simpatizamos, entonces la creí sincera. Es la razón por la que siendo, según ella, una socialista moderada, dije presente al llamado de Bertrand Delanoë para apoyarla en la campaña que finalmente la condujo a la Alcaldía.

Pero Ana Hidalgo, como casi todos estos socialistas que se autodenominan moderados, en cuanto ganó el puesto se olvidó de todas las causas y apartó a los representantes de esas causas que la acompañaron entusiastas en el combate por su objetivo. Numerosos antiguos trabajadores –socialistas en su gran mayoría– de la antigua Administración, sintiéndose maltratados por esta mujer que aparenta dulzura y simpatía, y que una vez en el poder trajo consigo a un número significativo de extremistas de ultraizquierda, se marcharon decepcionados.

Por otra parte, no se le puede hablar a un taxista de Hidalgo, es como si le hablaran del diablo. La odian. Mucho menos a los que en otro momento conocieron lo que han sido las instituciones culturales de esta ciudad, vinculadas con todas las tendencias políticas, hasta que llegó ella; a partir de su llegada, la ultraizquierda se hizo con la mayoría de esos puestos decisivos para la cultura.

En lo que a mí respecta, mi voto y mi apoyo no irán nunca más a Ana Hidalgo. Desde el instante en el que extendió un tapiz rojo al tirano Raúl Castro, al asesino de Oswaldo Payá y Harold Cepero, de cientos de miles de cubanos, y decidió recibirlo con honores en la alcaldía de la ciudad en la que vivo y pago impuestos, conociendo ella de primera mano, a través de mí, lo que es esa tiranía, perdió no sólo mi apoyo, además toda mi simpatía.

De modo que, todos esos elogios y triunfos que se le están endilgando desde la prensa socialistona y comunistona, sin conocer y sin haber vivido jamás en Francia, no es más que fantochería de una prensa servil y maniquea, que miente como respira.

Ana Hidalgo jamás será presidente de Francia, en lo que a mí respecta, y si de mí dependiera muchísimo menos. Aunque sabido es que a estas alturas del partido los votos no deciden nada. Y que, sencillamente, será presidente de Francia quien decidan en los pasillos y oficinas dirigidos por ese poder oscuro y avasallador de las libertades.

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