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Clara opacidad

No hay más que tenebrosidad en el Gobierno de Pedro Sánchez, ese halo sombrío y nauseabundo que emana del comunismo.

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Lo claro está en lo opaco, esa evidente turbiedad del Gobierno de Pedro Sánchez. Ya van, sin contar el resto de desmanes, dos ministros dimitidos y una en camino, al parecer la de Hacienda, pues todo obliga a pensar que también falseó su máster, lo que se añadiría a la retahíla de falsedades de este mandatario no escogido mediante elecciones.

Cuando sucedió lo de Venezuela, la tragedia de 1998, en la que Hugo Chávez tomó el poder –mediante elecciones, eso sí, todo hay que aclararlo y recordarlo–, y que ya dura más de veinte años, las condiciones para que aquello se convirtiera en desventura estaban también muy claras, aunque no tan transparentes como las que vemos hoy en España. En aquel momento los venezolanos no quisieron oír a los cubanos, nos decían que a ellos no les ocurriría lo que a nosotros, porque ellos no eran como nosotros; y ya ven, no sólo no son como los cubanos, son peores, porque a los venezolanos se la han metido hasta el tuétano y de a poco, aunque siempre avisándoles; mientras que en Cuba sucedió rápido, de un tajo se acabó todo, absolutamente todo, y empezaron a fusilar al mes de haber ganado, y así ha seguido hasta hoy. Pero. "Los venezolanos no son como los cubanos". No, qué va. Ya conocen el refrán: no escupan para arriba porque el gargajo les puede caer en la mismísima cara.

Veo venir lo de España, qué venir, ya está ahí, como escribí antes, ya la tienen dentro, sólo falta que se meneen un poco, y entonces sabrán lo que es gozar de verdad ese comunismo tan ansiado.

Por lo pronto, ya Sánchez adelantó que se quedará hasta el 2030, y sino es él será alguien como él, el que él decida del PSOE, o tal vez de Podemos, faltaría más. Así quedará todo bien amarrado, finiquitado, y enterrado, como sólo suelen hacerlo tiparracos tan fatuos como él, megalómanos comparables a los dictadores y tiranos de la historia. Pero la humanidad no aprende, e inevitablemente opta por la tendencia al sometimiento, o sea, a su pérdida. Por ahí va España, definitivamente en ese escabroso camino avanza, trastabillando pero segura –por el momento–, llegará el día en que correrá hacia su horca aplaudiendo y con el trasero boteado. A fin de cuentas los pueblos de manera invariable se suicidan por su propio gusto. Qué mejor ejemplo que el pueblo cubano en 1959.

No hay más que tenebrosidad en el Gobierno de Pedro Sánchez, ese halo sombrío y nauseabundo que emana del comunismo, del comunista que entona La Internacional mientras nombra a una millonaria ministra de Sanidad, o surge del fascismo de auténticos fascistas marchando en la Diada, enarbolando banderas nazis; sin agregar los planteamientos supremacistas y segregacionistas de todos los líderes del separatismo catalán, y las expresiones traidoras del ministro de Exteriores, otro que debiera dimitir, Josep Borrell, en reciente entrevista, donde no parecía un ministro del Estado español, sino un ministro del nacionalismo catalán.

Tanta es la opacidad que debiéramos empezar a llamar al gobernante Sánchez el Opaco, porque su plan es tan nefasto como clara es el agua, y ustedes lo saben, los españoles lo saben.

Sin embargo. Lo que nota y subraya la prensa española de izquierdas son los defectos del Gobierno de Donald Trump, allá en la lejana América. Dos ministros dimitidos, una en camino de hacerlo, la mayoría con másteres y diplomas falsos, y vaya usted a saber si más, un presidente no elegido que ha publicado un libro plagiado, un ministro de Exteriores que defiende la fracturación del Estado al que representa internacionalmente, y poripallá, pero los problemas los tiene Moñeta (Trump), y no ellos, ellos están bien... Bien que están, según los fakes news de la prensa izquierDiosa.

Sigan en la opacidad, callados e inmóviles, que los cogerá la confronta, o mejor dicho, los arrollará la "rueda de la Historia", esa rueda tan proclamada por el castrismo, en cada uno de los discursos del Máximo Líder Ceniciento y Empotrado, allá en el Oriente de Aquella Isleta, digo, Mierdeta.

Bah.

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