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Obama, el criticón

Obama no se quiere ir a su casa, tranquilamente, y Harry le pone la tarea fácil.

Zoé Valdés
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El expresidente Barack Obama ha sido entrevistado por el príncipe Harry de Inglaterra. Vaya, qué coincidencia, a pocos días de que el príncipe Harry anunciara su próxima boda con la actriz divorciada Meghan Markle, amiga de Obama (y esa es la coincidencia, aunque no la única), como también lo son sus padres.

En esa entrevista, el presidente más hollywoodiense de la historia de Estados Unidos, sin ser actor y sin llegar a ser ni dándole por los calcañales el gran presidente que fue Ronald Reagan, por cierto; y siendo, eso sí, el más showbiz y celebrity se ha dedicado a criticar las redes sociales con la única intención de echarle con el rayo a Donald Trump, aunque sin mencionarlo, que como saben él va de fino, altanero y excepcional.

Por otro lado, Harry ha mutado de ser el príncipe disfrazado de nazi, pasando por su alteza real desnudo en una fiesta de perchero, a entrevistador de Obama, o sea, más bien a vocero de Obama. Un patricio a los pies de un plebeyo. Cosa que no tiene nada de anormal, al parecer, vistos los tiempos que corren, cuando otra patricia, princesa ella también, debe pedir perdón –acusada de racista– por el uso de un broche con la imagen de un blackamour, esos moros venecianos portadores de la buena suerte, ante una plebeya, en este caso la actriz norteamericana.

Tiempos de excesos y de incultura, como podrán apreciar.

Pero ahora Harry es periodista, o eso parece, y entrevista a Obama para que Obama diga lo que quiere decir, a través de la realeza más rancia con la que se podía topar un personaje como Obama, que tanta suerte ha amasado, incluida la de mofarse de la Reina sin que le reprochen ni mu, cuando brindó antes de que concluyera una de las ceremonias más respetadas en el palacio de Buckingham.

Miren si ha amasado suerte este Obama que hasta le regalaron el Nobel de la Paz por no hacer nada, y luego ha sido el presidente que más guerras ha ordenado; sin contar que en su última conferencia en París ha cobrado más de medio millón por hablar solamente durante 45 minutos. Y desliguémonos, claro está, de su suerte con los medios o miedos de comunicación, por ser, precisamente, el presidente que más ha puesto la presidencia de Estados Unidos en manos de la fama, en lugar de la integridad política, y de esa fama de andar por casa.

Obama es también ese presidente que no acaba de irse, que no se despide, que no lleva con orgullo sus ocho años de presidencia, porque no se siente satisfecho, quiere más y más fama, a costa de los otros, en este caso de Trump.

Su guerra en contra del presidente Donald Trump es lo que lo mantendrá en el candelero, haciendo ruido, por lo que vemos, y no parará hasta que no le paren las patas a él, con lo que hay que parársela de una vez y por todas, con la justicia.

El señor Barack Obama sabe que sus cuentas con la justicia serían numerosas, pongamos por ejemplo sus relaciones con Irán y Hezbolá, por sólo mencionar algunas. ¿Y qué hay si los cubanos decidiéramos enjuiciarlo por complicidad con el castrismo? Pero eso sería lo menor y lo más improbable, dado que Cuba y los cubanos no le importamos a nadie, lo que él sabía de antemano, y por eso se portó como se portó con Cuba, como el más rastrero de los colaboracionistas.

El caso es que Obama no se quiere ir a su casa, tranquilamente, y Harry le pone la tarea fácil. Ojalá que no tenga que pedirnos disculpas nuevamente, como cuando se disfrazó de nazi o cuando le dio por salir en los tabloides como su madre lo trajo al mundo.

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