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Junto a la mezquita de la M-30 no ponen multas

Aparcar mal delante de una iglesia es garantía de que la grúa se lleve el coche. No así en la mezquita de la M-30, donde con motivo de la oración de los viernes los fieles aparcan donde les viene en gana sin ser siquiera multados.

C. JORDÁ | F.DÍAZ VILLANUEVA
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Cualquiera que vaya a Misa en el centro de Madrid o a un oficio en la Catedral de la Almudena sabe que hacerlo en coche no es una buena idea. O se mete el coche en un parking o se expone uno a que la grúa municipal se lo lleve a los pocos minutos si se deja en doble fila, subido en una acera o, no digamos ya, sobre la línea continua de acceso a una autopista.

Eso pasa por ser cristiano. Si en la misma ciudad se es musulmán ir a cumplimentar con las obligaciones religiosas de la semana no sale tan caro, al menos en términos de multa, grúa, disgusto y paseo hasta el depósito que suele estar, dicho sea en castizo y con todo el respeto, donde Mahoma perdió el mechero. Comprobar está verdad es mucho más sencillo que saber de dónde venimos y adónde vamos tras este valle de lágrimas. Sólo es necesario acercarse a la calle Salvador de Madariaga, en el mismo centro de la capital, junto a la M-30 (Metro Parque de las Avenidas o Barrio de la Concepción, según gustos) y observarlo en primera persona.

El día ideal para verlo es el viernes, día santo de los musulmanes. El rezo principal se hace a las 15:00 y a él acuden fieles de todos los rincones de Madrid. La primera sorpresa es que los musulmanes son extremadamente puntuales, al menos en eso. Hora y media antes los coches mal aparcados llenan ya los cruces, el centro de las calles aledañas, pasos de cebra e incluso los carriles de entrada y salida de la M-30. De la grúa no se sabe nada, de la policía sí, un coche patrulla menudea por allí sin más faena que evitar que se estacione en doble fila y, de este modo, se forme el gran atasco.

Lo más chocante de todo esto en una ciudad como Madrid, en la que la voracidad recaudatoria del alcalde es célebre más allá de nuestras fronteras, esta es una oportunidad para que el siempre eficaz servicio de la grúa municipal arrasase con los coches y los bolsillos de sus propietarios. Pero eso no ocurre ni este ni ningún viernes en esta zona de la capital, muy densamente poblada y, por lo general, congestionadísima de tráfico.

"Aparcan donde les da la gana"

Los mahometanos rezadores están encantados con la excepcional lenidad del Ayuntamiento. No así los vecinos y empleados de la zona, que se han terminado por habituar a esta anomalía. "A las tres lían aquí una de cuidado" nos cuenta Amelia en la puerta del tanatorio, "algunos aparcan por ahí y otros donde Dios les da a entender, y esto es así todos los viernes mientras rezan el rosario". El guardia jurado nos lo confirma, "hay un parking ahí enfrente, es mixto, de pago y para residentes", pero "el del parking pone la valla para que no aparquen" interrumpe Amelia, "no sé que problema debe de tener con ellos, si es que no le pagan o algo, pero a eso de menos cuarto sale y pone la valla y el completo y para que no entre ni un moro".

En el parking el encargado explica sus razones. "Cierro porque aunque esté completo se siguen metiendo, la máquina deja de dar tickets y se forma un tapón en la rampa, así que corto por lo sano y pongo la valla". Con todo, lo peor en esta calle no son los viernes. "Durante el mes de Ramadán hay unos cuantos días que vienen por la noche, a todas horas a rezar y de toda España... se forma aquí un follón que no veas", nos dice el encargado del subterráneo. "Fuera también aparcan, pero donde les da la gana", "¿y la policía?", "yo creo que deja hacer, a lo mejor para evitarse problemas". "¿Son agresivos?", preguntamos intrigados, "no, no, no, yo no quiero decir eso, pero es mejor no buscarse líos, vamos, digo yo".

Y, efectivamente, los municipales no se buscan líos. Un solitario coche patrulla espera no se sabe muy bien el qué en medio de la calle, justo enfrente de la puerta principal del templo. Los agentes apenas salen del automóvil, y si lo hacen es para evitar que alguno deje el coche en segunda fila.

Al otro lado de la calle, en la puerta de la Mezquita, el paisaje y el paisanaje es propio de las ciudades del norte de África. Mendigos tirados por los suelos pidiendo limosna, bullicio de conocidos que sólo se ven una vez por semana en la mezquita y se saludan, se abrazan, se dan unos golpes en el pecho con la palma abierta y pasan dentro sonriendo. El cancerbero del recinto es un guardia bajito, moreno, gesticulante, con bigotín recortado y aire de policía de tráfico cairota. Pasar no se puede, y menos con una cámara colgada del cuello, y menos aún siendo, como somos, dos infieles.

En la acera, a metro y medio de la verja, un joven de unos 30 años uniformado de perfecto moro de arriba a abajo; con su chilaba, sus babuchas y su taqiya sobre la cabeza representa a título de imán a la mezquita de la localidad de Navalcarnero, a 30 kilómetros de Madrid. Lleva una caja de cartón con una leyenda en árabe y algunas monedas en su interior. "Es obligación del creyente contribuir a con el mantenimiento de la mezquita y dar limosna". Y, la verdad sea dicha, mucha limosna no dan. Alguno deja caer una monedita y poco más. El resto pasan presurosos. Los más vestidos para el rezo, los menos de calle al modo occidental. Los musulmanes pudientes aparcan dentro, los diplomáticos destacados en Madrid bajan de su coche oficial y se dirigen hacia la puerta tras recibir una reverencia del guardia.

Pasadas las dos y media el tráfico, el rodado y el andado, se intensifica. Una pareja de musulmanes de estricta observancia camina a toda velocidad por la acera. Él, joven, con una poblada y negrísima barba-ayatolá que para sí quisiera el mulá Omar, ella invisible tras una manta zamorana marrón oscuro que sólo tiene una rendija para los ojos. Apartamos la mirada, no vaya ser que, al final, tengamos lío. Tras ellos un grupo de adolescentes y una niña con el preceptivo velo de color rojo chillón y una sonrisa amplia, satisfecha por la que se está armando en Pozuelo de Alarcón. Detrás sus padres, él de calle ella de velo y chilaba estampada, todo muy magrebí.

El "Madrid islámico"

Alrededor de la Mezquita de la M30, que en su día fue "donada" por las autoridades de Arabia Saudí, se ha desarrollado una buena porción del "Madrid islámico", no solamente por los creyentes que se acercan a rezar en viernes o en cualquier otro día, o por los escolares que cursan estudios en su escuela de primaria y secundaria "homologada por el Ministerio de Educación de España", tal y como aclaran en su página web.

El caso es que, además, las calles cercanas a la Mezquita, sobre todo en el popular Barrio de la Concepción, una clásica barriada obrera de Madrid, en la que ahora proliferan los comercios regentados por musulmanes y pensados para musulmanes, o las carnicerías halal, es decir, aquellas en las que los consumidores tienen la seguridad de que la carne que adquieren procede de animales sacrificados según las normas islámicas.

Por supuesto, la existencia de estos comercios no se debe sólo a la presencia de la Mezquita sino a que los inmigrantes musulmanes viven ahora en las que eran casas de inmigrantes de muchas partes de España que llegaron a Madrid en los años 60 y 70 y que ahora viven en zonas más acomodadas de la ciudad.

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