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NIEVE Y HIELO EN CALLES Y ACERAS

Madrid, de nuevo intransitable bajo la nieve

Las nevadas no le sientan bien a la capital. Sólo 5 centímetros han transformado Madrid en una pista de patinaje. Aceras heladas y calles sin limpiar. Sólo las vías principales están libres de nieve y hielo.

La meteorología ha prolongado las vacaciones escolares de Navidad un día más. La nevada, que se produjo entre las 6 de la tarde del domingo y la 1 de la madrugada del lunes, ha dejado Madrid cubierto por una capa blanca que ha transformado la ciudad en una inmensa pista de patinaje.

“Sólo las calles principales están limpias”, me dice una apresurada oficinista que no llega a trabajar. “He dejado el coche en casa, y me he venido en el Cercanías, que iba a reventar, pero llego tarde”. Lo peor, sin embargo, no ha sido llegar al centro de Madrid sino moverse por él. Juan, quiosquero y abulense de nacimiento, “allí sí que hay buenas nevadas y la vida sigue”, me asegura que es más peligroso andar que circular en el coche. “Mira, acaba de caerse un joven ahí mismo, poco le ha faltado para romperse la crisma”.

Las prisas son malas compañeras cuando el suelo resbala. Andando y en coche. En una gasolinera junto a la A-6 la grúa descarga un coche accidentado. “Se ha dado un piñazo contra una farola”, me dice a gritos el conductor de la grúa. La propietaria del vehículo siniestrado, nerviosísima, me explica la faena: “nada, un toquecito del freno y se me ha ido. Un susto de muerte. No me explico como el ayuntamiento no ha limpiado las calles, porque la autopista está bien, pero las calles son intransitables”.

Dejo la gasolinera, con el conductor de la grúa saliendo en estampida a recoger un nuevo y desventurado cliente. “Otro que se la ha pegado, no doy abasto”. La carretera de La Coruña baja limpia, de nieve y de coches, al menos en el tramo que recorre el municipio de Madrid. No así la de Castilla. Un policía municipal en su furgoneta observa el pesado tráfico de coches a 30 kilómetros por hora. Un poco más arriba, en el arcén un ejecutivo rebusca en el maletero de su BMW las cadenas. “Es que es de tracción trasera y patina que da gusto, la M-30 me han dicho por el móvil que está bien así que a ver si llego sano y salvo porque no es plan no ir al trabajo por un poco de nieve”.

Los barrios del noroeste, poblados de chalés y edificios de apartamentos de baja altura, parecen pueblecitos alemanes. Sale un poco el sol y me meto en el barrio de Aravaca. Aquí hasta las calles principales están llenas de nieve. “Esto ha sido la sal”, me dice un jubilado, “se forma una farineta que ni deja conducir ni andar”. Las calles interiores están tan blancas como los tejados de los casas.

“Que no, que aquí caen cuatro copos y esto se colapsa. No he visto un solo quitanieves en toda la mañana, deben estar tomando churros”. Churros, lo que se dice churros no, sino un cruasán a la plancha con mantequilla. Un retén de empleados municipales de la limpieza desayuna alegremente a las diez y pico en una cafetería del centro. “Vamos a ver, ya se que ahora parece que la culpa es nuestra, pero nosotros no podemos hacer nada con el material que tenemos”. Razón no les falta. Un carrito, una escoba y un recogedor es todo el capital de los barrenderos y no sirve para retirar la nieve o picar el hielo acumulado en las aceras.

“En Alemania”, me cuenta una berlinesa que me encuentro al lado del Pirulí, “tenemos unas piquetas para quitar el hielo de las aceras porque estas nevadas son bastante habituales y hace mucho más frío que aquí”. Quizá sea eso, que en Madrid no nieva tanto como en Berlín. Pero nieva, en los 20 días que llevamos de invierno han caído ya dos nevadas y un conato la semana pasada que dejó los parques como un Belén, enharinados y melancólicos.

Un anciano que va a desayunar al bar “como todas las mañanas, porque yo me tomo mis churritos aunque caigan chuzos de punta”, me cuenta que está nevando como antes, “cuando yo era jovencito caían unas nevadas que pa que y no pasaba nada, funcionaban los tranvías y yo, que trabajaba en una carbonería, esos días terminaba baldado porque todo el mundo venía a por carbón para las estufas”.

A las 11 de la mañana el termómetro ha franqueado ya la barrera de los dos grados y empieza fundirse en los árboles. De la rama de un cedro cae un minúsculo alud de nieve polvo que va a terminar en mi cabeza, sobre el gorro afortunadamente. Es hora de meterse bajo techo, único lugar seguro en este gélido y resbaladizo 11 de enero de 2010.

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