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¿Por qué Vargas Llosa no entiende a Rajoy?

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LD (V. Gago) Libertad Digital cumple ocho años, el próximo sábado 8 de marzo. En los próximos cinco reportajes, nos preguntamos por el estado de la cultura liberal en la España de hoy. ¿Quiénes defienden las ideas de la derecha? ¿Cuál es su acervo fundamental de pensamiento? ¿Qué leen, qué escuchan y qué miran,  y por qué? ¿Influyen en algo sus ideas en la política real? ¿Cómo participa la derecha institucional en el campo cultural? ¿Cómo se defiende y neutraliza el consenso socialista?
 
La serie consta de cinco informes, con el siguiente sumario:
 
  1. Por qué Vargas Llosa no entiende a Rajoy. El PP ante los ataques de la casta cultural
  2. Por qué las mentes del PP piensan en niñas. De qué habla la derecha cuando habla de cultura.
  3. El blindaje de los divinos. Cómo la cultura construye legitimidad.
  4. Una posible constelación liberal del siglo XXI. Otras voces, otros ámbitos para una creatividad liberal moderna
  5. Seis propuestas para el milenio pasado. Algunas notas útiles para que Rajoy aprenda a tratar a los intelectuales progresistas.
 

 
 
 
UNA DE LAS LECCIONES más provechosas de la ruptura de Mario Vargas Llosa con el PP no es que los escritores también desbarren o mientan al justificar sus posiciones morales, sino que quienes pueden corregirlos, no lo hacen.
 
Vargas ha razonado su decisión en que "como liberal, creo que medidas como la despenalización del aborto, los matrimonios gays y el derecho de las parejas homosexuales a adoptar niños, son medidas de progreso que aumentan la libertad y los derechos humanos en España, y por tanto, no me puedo sentir representado por un partido que rechaza esas reformas".
 
En el pórtico de su glorioso libro de memorias políticas El pez en el agua, hay inscrita una cita de Max Weber que Vargas Llosa hubo de asimilar a la fuerza, con su afrenta electoral en Perú en 1990, pero que aún suena a marciano a la derecha institucional española, a pesar de las afrentas que le infligen a diario los popes del conocimiento y el gusto de la época.
 
Dice Weber [se cita de memoria] que quien crea que en Política, el bien produce necesariamente el bien y el mal lleva necesariamente al mal, es todavía un niño, políticamente hablando.
 
El autor de Conversación en la Catedral sabe que, cuando habla con el lenguaje de la política, no necesita ser riguroso para parecer verdadero. Por eso, se ha permitido explicar su ruptura con el PP con algunos hechos falsos y otros  manipulados, o sea, doblemente falsos.
 
No es cierto que el PP se oponga a la despenalización del aborto. Podría hacerlo, y podría explicarlo con razones morales y científicas que nada tienen que ver con el programa anti-liberal que Vargas Llosa le imputa . ¿Desde cuándo el aborto está en la agenda liberal?
 
Pero el hecho es que el PP no es un partido anti-abortista. Cualquiera que lea el programa electoral de este partido, comprobará que no contiene ningún propósito de reforma del actual sistema basado en la despenalización en determinados supuestos.
 
Y de las declaraciones públicas de los portavoces de ese partido, no ha salido otra doctrina que no sea postular el respeto a la Ley y la sanción de quien la incumple, algo imposible de identificar con una posición anti-abortista, salvo que se quiera presentar al PP como lo que no es y se recurra a clichés, para justificar una decisión personal legítima que no necesita de falsificaciones como éstas para defenderse.
 
En cuanto a manipulaciones, hay todo un repertorio de viejas consignas extraídas del canon demagógico, entre las razones de la ruptura que el escritor hispano-peruano adujo en su declaración pública del pasado 27 de febrero.
 
Dice,  así, que la despenalización del aborto, el matrimonio gay y el derecho a adopción por parte de parejas homosexuales "son medidas de progreso que aumentan la libertad y los derechos humanos".
 
La afirmación es perfectamente reversible y, por tanto, radicalmente falsa. Con la misma alegría de criterio –muchos pensarán que con más fundamento, pero ésa no es la cuestión, ahora– puede sostenerse lo contrario de lo que dice Vargas: que la protección de la vida y del derecho de un niño a tener un padre y una madre "son medidas de progreso que aumentan la libertad y los derechos humanos".
 
SAVATER, CONTRA LOS "HUÉRFANOS PROBETA"
 
El mismo día en que Vargas Llosa proclamaba su apoyo electoral a UPyD –en realidad, ya se había mostrado próximo a nuevo partido al asistir a su presentación en público, a finales de 2007–, uno de los fundadores, Fernando Savater,  explicaba por qué se opone a la adopción de niños por parejas homosexuales y lo hacía con una lógica racionalista mucho más exigente y elaborada.
 
"Es una inmoralidad que se diseñe la procreación y se acabe planeando huérfanos de probeta para complacer a solteros o parejas del mismo sexo", vino a decir el filósofo y profesor de la Universidad Complutense, en una entrevista concedida a la revista de tendencias gay,  Zero.
 
También comentó: "El erotismo, al contrario que la procreación, es un invento humano. Todo el mundo tiene derecho a la filiación, y ésta tiene que ser por parte de un padre y de una madre".
 
Cualquiera de estas razones bastarían para pulverizar la fácil demagogia de Mario Vargas Llosa y dejar sentado que es impropio de un intelectual dar por sentado cualquier dogma; que la función del conocimiento es, precisamente, cuestionar los dogmas, y que un liberal no los repite, sino que los critica y hace lo posible por mostrar sus motivaciones de fondo.
 
Respuestas semejantes a éstas podrían haber salido del PP a cortar el paso a la declaración de ruptura con su escritor fetiche. Había en las palabras de Vargas un enorme flanco de inconsistencia racional, cierto desaliño moral que exigía poner sus razones en su justo término.
 
Se trata de una decisión legítima, dejar de votar a un partido y pedir el voto para otro, pero no lo es invocar hechos falsos y manipulados para justificarla, y, desde luego, deja mucho que desear recurrir a clichés y eslóganes demagógicos para cumplir el expediente de dar una explicación.
 
Si el brillante autor sintió que no tenía que ser riguroso y podía permitirse el error, la demagogia, incluso la mentira, se debe seguramente a que intuyó que el PP no le respondería, que haría como en otras ocasiones en las que la oficialidad cultural tergiversa las ideas de su programa: callar y seguir como si nada.
 
LA DULCE RENDICIÓN
 
El episodio ilustra la renuncia de la derecha institucional española a dar la batalla cultural a favor de la libertad frente al consenso colectivista instalado en los circuitos oficiales por los que discurre el conocimiento artístico y científico, la instrucción escolar y la educación sentimental de la época. Sin un criterio cultural claro en la derecha organizada, es muy difícil que se dé el vuelco sociológico necesario para un nuevo paradigma político en España, que supere el atraso de las ideas socialistas intocables que están la base de los programas de los dos grandes partidos.
 
El PP quizá pueda ganar elecciones, siempre al filo de la mayoría, encomendándose a la abstención o haciendo concesiones a la subasta populista, pero sin un discurso cultural propio, sin una constelación coherente formada con las luminarias de la tradición,  ni una racionalidad moderna para hablar de tú a tú a los creadores, explicarles la superioridad moral de la libertad y refutar la equivocada o perversa fe de la mayoría de ellos en el socialismo, nada de lo que de verdad importa cambiará en el horizonte político de España después del 9 de marzo ni, probablemente, en las próximas décadas.
 
LA INFAMIA ES CONSERVADORA, EL RIGOR ES PROGRESISTA
 
El mismo día en que Vargas Llosa rompía con Mariano Rajoy, otro escritor interesante en sus comienzos, un artesano serio que piensa en los límites de su oficio, que se sitúa en la tradición y la proyecta al riesgo de algo nuevo –porcas veces con acierto: en general, la cultura  moderna española a comienzos del XXI es cualquier cosa, menos moderna y nueva– , recitaba, en un artículo en El País –¿dónde, si no?–, el repertorio completo de la insidia y la torpe caricatura del odio que la izquierda española dedica a todo el que es diferente y piensa y actúa por fuera del catecismo progresista.
 
El artículo se titula El Partido Popular y la gente normal, y en él, Gustavo Martín Garzo se sirve de las habituales manipulaciones y tópicos acuñados por la propaganda izquierdista acerca de la derecha española antigua, clerical e inculta. 
 
Al comentar una frase electoral en la que Rajoy dice apelar "a la gente normal", una de esas frases que tanto gustan a esa derecha que, antes que discutir con los intelectuales y cuestionar algunas de sus pretensiones prefiere despreciarlos, Gustavo Martín Garzo descubre que puede ganar lo que le pagan por ese artículo sin necesidad de innovar en la infamia.
 
Tiene a su disposición un enorme catálogo de lugares comunes, tergiversaciones y anatemas acuñados por otros publicistas antes que él, así que se limita a repetirlos: "Durante el franquismo vivimos una apología semejante de la gente normal". Prácticamente, no hay intelectual de la constelación progresista que, al comentar sobre el PP, no descanse sus neuronas situando al partido de la oposición como un heredero del franquismo. Despeja mucho el horizonte de la reflexión. Nada más conservador y previsible que un escritor progresista escribiendo de política.
 
En el mismo artículo, Martín Garzo, un artesano serio, alguien que con El lenguaje de las fuentes se reveló como un  novelista delicado y consciente de las voces con las que trabaja, un autor con criterio que se unió al grupo de José Miguel Ullán, Olvido García Valdés y Miguel Casado en la magnífica revista de poesía El signo del gorrión, mezcla a "los obispos" con el PP. ¿Son "normales" los obispos?, se pregunta. "Me cuesta reconocerlo, sobre todo cuando pienso en los que conocí en mi infancia y mi adolescencia". No faltan a la cita, como se observará, ningún tópico sobre la Iglesia, el franquismo y la derecha.
 
Martín Garzo, Vargas Llosa. Ésta es la agenda y éste es el nivel de la reflexión de los intelectuales sobre la derecha. Cuando no desbarran, copian; y siempre o casi siempre, mienten. La respuesta del otro lado no puede ser más desoladora. Silencio, y a otra cosa, mariposa. 
 
PENSAR Y CREAR, ¿PARA QUÉ?
 
Libertad Digital nació hace ocho años, entre otras cosas, para poner un acervo de ideas y símbolos a disposición de quienes quisieran y pudiesen cambiar la política del consenso socialista en economía, en educación, en política exterior, en investigación.
 
La modernización de España demandaba que las ideas de libertad que cambiaron el mundo a finales del siglo XX entraran de una vez por todas en España. Es evidente que, al menos esa influencia, no ha conseguido prosperar y las mentes de la derecha organizada reciben entre medrosas e indolentes los embates de la casta intelectual, sin un criterio ni una visión alternativa que oponerles.
 
No existe ese discurso cultural de la derecha, ni se le espera en una o dos generaciones, tomadas como están las aulas por los aprendices de brujo de la pedagogía comprensiva –introducida en España por la Ley franquista de Educación de Villar Palasí y seguida con fidelidad fervorosa por los socialistas de todos los partidos que, desde la llegada de la Democracia, han sido.
 
Cuando cayó el Muro de Berlín, la sociedad española atravesaba aún por el túnel del socialismo acomplejado y rencoroso construido a conciencia por los albañiles de la revancha. A Claudio Sánchez-Albornoz, un moderno nada sospechoso de franquista, la imagen de las dos España siempre le pareció bastante inconsistente. Él prefería hablar de una misma España con dos actitudes distintas ante el mundo que se extendía al otro lado de Los Pirineos: una universalista y cosmopolita, y otra aislacionista y castiza.
 
El error y el fracaso de los pensadores liberales españoles de finales del XIX en su relación con la modernidad y con Europa ha sido minuciosamente analizado por José María Marco en La libertad traicionada. Sólo Ortega, nos demuestra, tras muchas vacilaciones y zigzagueos, alcanzó a ver con cierta claridad la necesidad de trabajar en una visión española de Europa.
 
Lo que Ortega estaba pidiéndole a los liberales españoles es que tuvieran un criterio, una constelación propia, una voz singular que entregar a la civilización. Que se abrieran al mundo moderno, que dejaran de pensar en el ombligo castizo de España, o con ideas prestadas por los asesores de campañas electorales, como hace el PP en la actualidad. Era demasiado tarde, claro. Las semillas de la tragedia estaban sembradas desde un siglo antes. La República, la Guerra Civil y el franquismo sólo fueron la consumación de un inexorable destino. España volvía a ensimismarse.
 
EVOCANDO EL XIX
 
Recientemente, al presentar con toda solemnidad su programa electoral, Mariano Rajoy ha vuelto a identificar al PP con la tradición liberal del XIX nacida con la Constitución de Cádiz de 1812. Es curioso que siempre se invoque esa Constitución y nunca la de 1837, mucho más moderna y liberal, redactada por los liberales que se exiliaron en Inglaterra durante la Década Ominosa y se formaron en sus universidades en las obras fundamentales del liberalismo europeo: Locke, Hume, Bentham, Tocqueville, Montesquieu, ...
 
Por otra parte, cuando Rajoy y otras mentes del PP invocan el XIX, parecen estar pensando, más bien, en un salto que va de 1812 a la restauración canovista de 1874. No lo explican con claridad, claro, porque el discurso político funciona a base de encubrimiento y de compulsiones publicitarias, pero todo apunta a que el PP actual, donde de verdad se siente a gusto, es en el papel de heredero del régimen de la restauración.
 
A Rajoy, por sus palabras de desconfianza y pereza hacia el debate ideológico, es fácil imaginarle como un Cánovas conservador del siglo XXI, feliz en un sistema de alternancia sin sobresaltos y convencido de que los dos grandes partidos no deben discutir demasiado de ideas, sino de cómo repartirse el poder. Se trata de una nostalgia muy peligrosa, como ha comentado el filósofo Agapito Maestre. Rajoy puede ver cómo, a poco que descuide el trascendental debate ideológico y cultural, España deriva hacia una suerte canovismo perfeccionado para la izquierda, un canovismo sin alternancia, una especie de dictadura perfecta a la mejicana.
 
VUELVE LA ÉPICA DE LA "DULCE DERROTA"
 
Si los sondeos y el pálpito callejero están en lo cierto, una épica de la "dulce derrota" volverá a nublar el análisis, gane quien gane o, mejor dicho, pierda quien pierda el próximo 9 de marzo.
 
El imaginario de la "dulce derrota" fue un bálsamo para Felipe González después de la apretada mayoría obtenida por José María Aznar en las Elecciones de 1996. Sirvió para establecer una especie de ley de punto final sobre los escuadrones de la muerte organizados desde el Ministerio del Interior y sobre la corrupción rampante de un partido que, después de trece años en el Gobierno, llegó a creerse la encarnación misma del Estado.
 
Sirvió para archivar, antes de nacer, cualquier iniciativa de reforma de la Justicia, de limitación del poder de los gobiernos, de adaptación del régimen electoral para que el resultado de las urnas expresase fielmente la voluntad de la soberanía nacional.
 
Sirvió, en fin, para respetar un estatus quo de más de un siglo de antigüedad: la Educación pública, el entretenimiento popular, los medios de masas y el arte moderno seguirían siendo un coto de la izquierda, mientras la modernización del país continuaría siendo inspirada por el racionalismo liberal.
 
¿Para qué servirá esta vez el lamento reparador de la dulce derrota?  Esperemos que no para otros cien años de honradez anti-liberal y silencio obediente desde la derecha.
 
 
SIGUIENTE INFORME
 
Mañana, en nuestra segunda entrega, observaremos qué piensan los escritores de derechas en la España de Zapatero y Rajoy.
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