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Matar de hambre a la bestia

Bajar los impuestos haría que los legisladores, frente al déficit que consecuentemente se produciría, tarde o temprano se verían obligados a promulgar leyes que reduzcan las erogaciones gubernamentales.

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Aquellos que consideramos que los aparatos estatales se han sobredimensionado y que sus tejidos adiposos han abarcado áreas que no le son propias, tenemos que meditar sobre otras propuestas distintas a las que se han formulado hasta el momento.

Esto se torna imperioso porque aparentemente no da resultado eso de insistir en que se recorten gastos públicos superfluos. Es de interés detenerse en lo que viene ocurriendo en Estados Unidos en esta materia. De un tiempo a esta parte, se ha establecido una tradición que se conoce como starve the beast (matar de hambre a la bestia) que consiste en que muchos economistas de renombre han sostenido (y algunos siguen sosteniendo) que ya que no resulta posible reducir el gasto estatal debido a las fenomenales camarillas de cabilderos que se amontonan para finalmente torcer las decisiones, la política adecuada sería la de bajar impuestos.

Según esta línea de pensamiento, esta técnica haría que los legisladores, frente al déficit que consecuentemente se produciría, tarde o temprano se verían obligados a promulgar leyes que reduzcan las erogaciones gubernamentales. Pues no ha sucedido de esa manera. En este sentido, las experiencias más claras han sido las ocurridas durante el gobierno de Reagan y de George W. Bush. En el primer caso, después de ejecutar los recortes fiscales prometidos, se observó que el gasto continuaba aumentando, lo cual hizo que la Administración Reagan pactara con la oposición un aumento impositivo con la condición de que se produjera una severa contracción en los gastos. La primera parte del convenio se cumplió, pero no la segunda.

En el caso de Bush, se sostuvo que las disminuciones impositivas resultaban necesarias alegando que el superávit heredado de Clinton constituiría una tentación para elevar las erogaciones y consumir el sobrante de caja. Pero ocurrió que, a pesar de todo, los gastos se elevaron y no solo consumieron dicho sobrante sino que se tradujo en un considerable déficit presupuestario y Bush pidió cuatro veces autorización para elevar el tope máximo de la deuda federal (que ahora equivale al 70 por ciento del producto bruto interno).

En un artículo reciente, Bruce Barlett relata la historia de la tesis de starve the beast, pero no recomienda una solución al problema. Si –como nos enseña Popper– el progreso en el conocimiento se basa en que las distintas teorías son siempre corroboraciones provisorias abiertas a refutaciones, es tiempo de mejorar las posiciones y trabajar en propuestas distintas de las que parecen navegar en un círculo vicioso y que terminan en pura retórica inconducente.

Tal vez sea el momento de considerar y debatir las fértiles sugerencias de autores como Anthony de Jasay en filosofía política. Como ha repetido Edward de Bono, refiriéndose al pensamiento lateral: "nunca se resolverá un problema escarbando en el mismo hoyo". Este estado de cosas se hace insoportable para los contribuyentes, ya que nunca el monopolio de la fuerza retrocede con sus tentáculos que abarcan campos cada vez más amplios, al tiempo que se descuidan las funciones centrales en cuanto a la protección de derechos.

© AIPE

Alberto Benegas-Lynch es presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias en Argentina

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