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Columna publicada el 26-03-2004
Llevamos un quinquenio de reducido crecimiento, por debajo del resto del mundo y de las elevadas tasas que siguieron a los cambios liberales. A la reducción de la pobreza por la expansión productiva de los buenos años siguió un período de casi nulo aumento de los ocupados. El enorme aumento del gasto público en educación y salud ha tenido casi nulos resultados, por el estatismo y la falta de competencia. Agréguese a eso el totalitarismo de textos, regulaciones, programas y pruebas oficiales, y las peleas por una nueva reforma en la salud, necesaria porque las anteriores no funcionaron.
Cuesta encontrar un programa social de beneficio popular por sobre los costos. No se evalúan ni se critican, pero siguen los cuantiosos gastos sin que nadie diga nada. Es este estilo de gigantismo del Estado y de los tributos el que nos está situando en mediocres resultados de crecimiento. El crecimiento lo logran las personas, desde el recolector de basura hasta el gran empresario, y no las burocracias estatales. Y es a ellas -las personas- a quienes se les están quitando los recursos, con los impuestos siempre al alza, y se les limita su creatividad y trabajo, con regulaciones y ejércitos de inspectores que no dejan emprender porque prohíben, demoran y suben los costos, algunas coimas incluidas.
En economía no hay magia, y si el Estado gasta más, los privados dispondrán de menos recursos para crear. Las personas son las que "hacen país", invierten y dan empleo. Esto no lo entienden ciertos políticos y hasta hay economistas que creen en una relación mecánica entre el gasto estatal y el desarrollo.
Es un error que ha mantenido en la pobreza a medio planeta. Es lo que a Chile lo tuvo creciendo a la mitad del resto del mundo, hasta los cambios que devolvieron recursos a los individuos, desde mediados de los años 70.
Somos un caso raro: aquí los militares les dieron más poder y libertad a las personas -por eso crecimos y redujimos la pobreza-, pero nuestros demócratas no liberales se los quitan, con el viejo cuento de piratas de la distribución del ingreso.
Si se cree en la iniciativa y el trabajo privado, el Estado y los impuestos no pueden crecer en la forma que lo han hecho. Y si se estima que los mercados libres son la fórmula, no se debe regularlos ante la primera imperfección: no estamos en el Paraíso, así que todo es imperfecto.
Si se piensa que el libre comercio es clave para el desarrollo, ¿cómo mantenemos bandas de precios, protecciones disimuladas y sectores completos -como el financiero, los autos usados y los pollos- fuera del acuerdo con Estados Unidos? ¿Y cómo van a mejorar la educación y la salud, con formas socialistas de producción, sin competencia y hasta con una verdad oficial de enseñanza? ¿Y qué "equidad" es ésta, de una ley laboral que liquida a más de un millón de desocupados e inactivos? ¿O la del populismo de servir a grupos organizados, en un anticuado y vergonzoso estilo corporativista, que sólo denuncia un par de políticos que de verdad sirven el bien común?
La política y la democracia no deben consistir en servir a ciertos intereses, ni en hacer fiestas culturales ni circo, como dicen que hacían los romanos, y menos en quitar dinero a la gente para hacer programas inútiles, a cargo de amigos y camaradas. Más bien consiste en abrir oportunidades y lograr seguridad y leyes que sirvan a las personas que construyen y crean, día a día, usando sus variadas e inmodelables habilidades.
Eso es lo que han hecho las modernas democracias desarrolladas. Es lo que hizo Pinochet en Chile. Es lo que se echa de menos, de un quinquenio a esta parte.
© AIPE
Álvaro Bardón, profesor de economía, Universidad Finis Terrae, fue presidente del Banco Central de Chile.

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