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Columna publicada el 17-12-2003
En imágenes que han dado la vuelta al mundo, un Sadam Hussein compungido e indigente es ajusticiado por los flashes de las cámaras tras su captura en Tikrit, mientras el médico de turno le examina la dentadura. A continuación, el mando norteamericano conducía a cuatro miembros del Consejo Iraquí ante el detenido. Mowaffak al-Rubaie, uno de los invitados al careo, preguntaba al ex dictador nada más tropezárselo: “¿Por qué no te pegaste un tiro cuando te detuvieron, cobarde?”. Dicen que Sadam, ya sin pistola, no dijo esta boca es mía. O tal vez, quién sabe, siguió con la boca abierta.
Como Castro, como Chávez, como Noriega, el carnicero suní es de esos hombres que, directamente enfrentados a la muerte, se refugian en su inquebrantable cobardía. De esos caballos que en presencia de los hombres muestran, entre altivos y aterrorizados, la dentadura. Examinado como un caballo, Sadam no habrá lamentado no haberse pegado un tiro. A fin de cuentas ya había dado muestras de su arrojo -comparable al de sus iguales caribeños- en la intimidad de palacio, cuando ejercía su derecho de pernada, o durante las ejecuciones sumarias, rodeado de sus subalternos, o en los fragores del genocidio y la estampida.

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