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Columna publicada el 04-12-2003
La historia suele repetirse como farsa, ciertamente, y a ratos como caricatura. Es el caso de la crisis nuclear en Corea del Norte. Los norcoreanos que por estos días alzan sus puños contra el “imperialismo” –o a manera de saludo militante, o incluso en ambos sentidos–, remedan un pasado de esvásticas y desfiles, de veneración fanática o desconsolada abyección. El referente hitleriano, latente en la aritmética de las huestes comunistas, subyace en la rigidez del brazo al frente hasta hacerse fuerte en el ceño fruncido y el talón empinado y la nerviosa contención de lo coreográfico. Hasta ahí las coincidencias, sin embargo, porque todo se reduce a una especie de súplica multitudinaria. Kim Jong Il no rompe con Estados Unidos o rechaza las dádivas de éste, sino que las mendiga acarreando a decenas de miles de súbditos a su plaza de las lamentaciones. Pyongyang no se va a la guerra: sencillamente, ha debido suspender la construcción de dos reactores nucleares y quiere que Washington le indemnice por ello.
“Estados Unidos tiene la obligación legal de compensar la pérdida de electricidad infligida a la República Popular y Democrática de Corea al aplazar voluntariamente y al suspender por completo la construcción de reactores de agua liviana”, aseguraba recientemente el único periódico del único partido que rige los destinos de 23 millones de norcoreanos. Obviaba así que Washington, la Unión Europea, Corea del Sur y Japón acordaron erigir dichos reactores bajo una condición que Pyongyang ha ignorado escandalosamente: el desmantelamiento de su programa nuclear. Cuando la pasada semana el consorcio KEDO anunció en Nueva York la suspensión, al menos durante un año, de las obras, no hacía sino seguir las directrices de un pacto de estabilidad que Kim Jong Il violó por su cuenta y riesgo. Las consecuencias están a la vista, pero, como no podía ser de otra manera, el régimen continúa exigiendo limosna con escopeta.
No puede decirse que el surgimiento de Estados mendicantes constituya un fenómeno nuevo, pero lo que sí parece inédito es que el “objeto de su deseo” resulta ser aquello que supuestamente combaten. Casos como el de la dictadura cubana, cuya mendicidad ha llegado al extremo de someterse sistemáticamente a votación en Naciones Unidas –allí no se vota contra un “bloqueo” inexistente, sino a favor de que la Casa Blanca abra una línea de crédito al comercio exterior castrista–, o el de la norcoreana, que acaba de afirmar que Estados Unidos “ha de pagar sin retraso indemnizaciones o multas por haber roto el acuerdo” de los susodichos reactores, ejemplifican, desde la tragicomedia o el surrealismo político, una de las paradojas más inquietantes de la modernidad: se trata de regímenes que dicen estar en posesión del futuro y, no obstante, son incapaces de rentabilizar el presente; que condenan el capitalismo, la democracia occidental y el libre mercado pero al unísono acuden a ellos con la procacidad del limosnero aferrado a la falda de la monja de la caridad.
Que nadie se asombre si un día los puños se abren y las palmas de las manos, multitudinarias, imploran socorro. Cuando se rebasan ciertos límites, cualquier cosa puede pasar.

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