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Columna publicada el 23-12-2002
Si los argentinos pensaban que desde Washington, la capital del mundo capitalista, iba a surgir alguna dura denuncia cuando los políticos en Buenos Aires decidieron ponerle la mano a sus ahorros en dólares y a sus cuentas bancarias en pesos, se quedaron mirando al cielo. Ni siquiera se produjo un comunicado oficial dirigido a los bancos norteamericanos que operan en la Argentina desde hace décadas, indicando que la administración Bush veía con desagrado esa flagrante violación de los derechos de propiedad de los clientes de sus sucursales en el extranjero. Los bancos mismos –esos baluartes del capitalismo– no protestaron ni hicieron nada por defender los intereses de sus clientes. Resultó igualmente inseguro tener los reales en cualquier banquito local que en el Citibank o el Banco de Boston.
Hace pocos días vimos al presidente George Bush, muy sonreído, apretándole cordialmente la mano a Luiz Inacio “Lula” da Silva, presidente electo del Brasil. A Washington no parece preocuparle mucho que Lula, a lo largo de diez años, haya estado íntimamente asociado en el Foro de Sao Paulo –que él mismo preside– con las FARC y ELN de Colombia, los Tupac Amaru del Perú, los sandinistas nicaragüenses, los partidos comunistas de Cuba, Chile, Uruguay, Venezuela y Brasil, el MIR chileno, la ETA vasca, la IRA irlandesa y hasta con los terroristas palestinos. ¿Acaso existe una norma en Washington respecto al terrorismo en Serbia, Irak, Irán, Pakistán, Afganistán e Israel y otra radicalmente diferente en el caso del terrorismo en América Latina? ¿Se preocupa Washington de que los guerrilleros colombianos le hayan puesto la mano al negocio de las drogas, pero no le importan sus nexos políticos en Venezuela, Brasil, Ecuador y Cuba?
¿Cómo es eso? Un leal camarada de los terroristas latinoamericanos es bienvenido en la Casa Blanca, mientras el Departamento de Estado y los funcionarios de las embajadas norteamericanas andan quitando o negando visas a latinoamericanos amigos de Estados Unidos, quienes llevan décadas viajando a este país, donde tienen inversiones y propiedades, hijos estudiando y familiares. En la Florida, cuando un extranjero no residente trata de renovar su licencia de conducir, se la extienden hasta la fecha de expiración de su estadía. Es una manera de decirle: no vuelvas por aquí.
En enero pasado, John Maisto fue nombrado asistente especial al presidente y director de asuntos del hemisferio occidental en la Casa Blanca, aunque antes había sido un particularmente inepto embajador en Venezuela (1997-2000). El secretario Colin Powell actualmente trata de reemplazar al muy competente Otto Reich por un oficial de carrera del Departamento de Estado, es decir, por algún burócrata tipo Maisto que no va a hacer olas. Aun así, uno pensaría que el Sr. Maisto informó al presidente Bush cuando, hace justo un año, Lula le dijo públicamente a Castro en La Habana: “Aunque tu cara está arrugada, Fidel, tu alma sigue limpia porque nunca has traicionado a tu país… gracias, Fidel, gracias por seguir existiendo”.
Por otra parte, la incompetencia de César Gaviria al frente de la OEA en lograr soluciones para la tragedia venezolana parece sorprender sólo al Departamento de Estado. La OEA es un club diseñado para defender los intereses de los jefes de estado y lo último que la organización quiere es debilitar la posición de alguno de ellos “democráticamente electo”. El problema, sin embargo, es que los latinoamericanos están cada día más hartos de elegir a dictadores por cinco o seis años y están comprendiendo que democracia sin el imperio de la ley significa muy poco.
El presidente Bush ha denunciado valientemente el “eje del mal” representado por organizaciones y países asiáticos que patrocinan el terrorismo, pero parece ignorar la versión latinoamericana y al nuevo eje Castro-Chávez-Lula-Gutiérrez. Se trata de un doble discurso preocupante e inaceptable para América Latina.
Carlos Ball es director de la agencia © AIPE y académico asociado del Cato Institute.

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