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Columna publicada el 02-03-2001
Hoy no tengo la intención de escribir sobre la terrible epidemia de las vacas locas y sus repercusiones sanitarias y económicas, ni sobre la nueva epidemia de fiebre aftosa (¡pobre Reino Unido! Se las dan todas), ni sobre la odisea de los refugiados kurdos, aceptados a regañadientes, ni sobre las próximas elecciones municipales. Hoy tengo ganas de escribir algo sobre la inteligencia francesa, porque aunque parezca increíble, existe.
Desde hace varias semanas, el diario Le Figaro publica una encuesta, entrevistas y artículos, sobre el tema: “¿Qué ambición para Francia en los albores del siglo XXI?” Ya han colaborado diversas personalidades, más o menos conocidas, sobre todo francesas, pero no únicamente –ya señalé la mediocre contribución de F. Savater—, más o menos interesantes, pero donde el chovinismo casi siempre domina. El pasado miércoles 28 me llamó la atención, por su inteligencia precisamente, la de Marc Fumaroli. Aquí no es un desconocido, profesor en el Colegio de Francia, miembro de la Academia francesa, autor de varios libros eruditos, y señalaré su magnifico L´Etat culturel, ensayo sobre una religión moderna. También me llamó la atención su crítica del bodrio de Bernard-Henry Levy sobre Sartre. Hay que saber, para percatarse de la dominación del pensamiento único social burócrata, que los libros de Fumaroli fueron retirados, por fascistas, de la biblioteca de una Universidad de las cercanías de París, por su presidenta, y un tribunal ¡le dio la razón! Jean-François Revel denunciaba en uno de sus artículos esta censura inquisitorial.
Sin siquiera resumir la diversidad de la contribuciones, diré que domina la nostalgia de la grandeur francesa y se discute sobre la profundidad, o no, de su decadencia actual. Dos periodos aparecen, para casi todos, los que mejor reflejan la grandeza de Francia, que muchos osan calificar de primera potencia mundial. Antaño, se entiende.
Estos periodos son el reinado de Luis XIV y el imperio napoleónico. No faltan tampoco las referencias a la revolución de 1789, y algunos hacen alusiones a de Gaulle. Y llega Fumaroli, y con la serenidad del intelectual verdadero afirma: “En materia de ambición y grandeza estamos hartos. Luis XIV, con su voluntad bestial de humillar al resto de Europa, permanecía indiferente a la amenaza otomana...” ¡Zas! Y, más adelante: “(...) Estos son los dos terrores jacobinos sucesivos, uno interno, con Robespierre, el otro que se extiende a Europa, bajo Bonaparte. La magnífica generosidad política de 1789 (...) fue rápidamente explotada y desfigurada por la misma ambición y los mismos “ideales de grandeza”, que cuando la fidelidad cainita a Luis XIV, un siglo antes”. Para él, Francia no es monolítica y la Francia oficial, con su demagogia, no expresa la Francia real, con su inteligencia, su alegría de vivir, sus iniciativas, su espíritu rebelde, etc.
Y no resisto al placer de traducir también estas líneas: “El éxito en Francia del Partido Comunista, después de la guerra, se debe esencialmente a la ilusión de que el socialismo realizado en París, sería, of course, muy superior al de Moscú, y haría al fin de la Francia aragoniana el faro de un universo marxistizado”. Evidentemente no se trata de nuestra provincia, sino del escritor comunista oficial, Luis Aragón. Frente a esa Francia oficial, que tantas veces sólo expresa voluntad de poder político, económico y militar, Fumaroli opone la Francia de la filosofía de la libertad, de la inteligencia, y no opone únicamente una elite dirigente, a otra elite cultural, sino también el pueblo a sus dirigentes. En cuanto a la conformista oposición izquierda/derecha, escribe con ironía: “como en la sala de espejos de la ‘Dama de Shangai’, pero sin Rita Hayworth, la derecha aparece en el interior de la izquierda y la izquierda se reconoce en su clon inesperado ¡la derecha!”
¿De qué se quejan tanto los franceses, pregunta también Fumaroli, en relación con la actualidad: Francia goza de una posición honorable en una Europa libre, apacible y prospera. No está nada mal. Reivindicando, pues, la inteligencia, la filosofía de la libertad, pero no desde el punto de vista elitista, insisto, y citando a algunos de los representantes de esa tradición ilustrada, que yo calificaría de liberal, dice: “Nuestra verdad está en Montaigne, La Fontaine y Montesquieu, y no en Luis XIV, Napoleón o Clemenceau”. Criticando con su ferocidad serena la burocratización de la sociedad y particularmente de su cultura, la centralización a ultranza que hace de París, no la capital, sino el centro único de todo, incluyendo, ¡no faltaba más!, la moda intelectual y política, Fumaroli concluye así: “el verdadero cosmopolitismo del espíritu, no es en absoluto incompatible con el amor exigente de la nación, ni el cariño por las patrias chicas”.

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