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Libro del día 21

Honduras de la Cábala hispánica

La palabra "cábala" significa literalmente "tradición" e inicialmente sirvió para designar únicamente a una interpretación del judaísmo impolutamente talmúdica. El Sefer Kabalah (Libro de la Cábala) medieval no pretendía sino eso: recordar la exégesis correcta del Antiguo Testamento. Sin embargo, muy pronto por cábala se entendió toda una escuela de exégesis en la que se mezclaban elementos esotéricos y místicos que, supuestamente, permitían acceder al sentido oculto y real de la Torah mosaica. La Cábala entendida de esa manera nació en España –hasta donde yo sé es el castellano la única lengua donde cábala pasó al lenguaje vulgar– y no tardó en extenderse por todo el mundo. Surgida en Castilla en torno a obras como el Zohar (Libro del resplandor) y a conceptos como el de las chispas divinas contenidas hasta en la menor de las creaciones, se desplazó de manera fecunda a los territorios de la Corona de Aragón y no tardó en abandonar la Península Ibérica para asentarse en Safed, a orillas del mar de Galilea. Hasta allí acudirían judíos procedentes de todo el mundo para adentrarse en misterios cuyo conocimiento helaría la sangre de los no conocedores, e incluso causaría su muerte.

Puede naturalmente pensarse lo que se desee de la Cábala, pero lo cierto es que la historia del judaísmo desde el siglo XVI al XIX resulta incomprensible sin referirse a ella. Los cabalistas no fueron ya sólo sefardíes expulsados de España y afincados en Grecia, en Marruecos, en Turquía o en Tierra santa, sino también judíos rusos, ucranianos, polacos o rutenos embebidos en la corriente del judaísmo jasídico fundado por el Baal Shem Tov. De ellos se decía que podían bailar con los ángeles, escuchar músicas inefables, lograr que las paredes resudaran vino, detener las tempestades o curar terribles enfermedades. Seguramente nada de eso era cierto, pero el impacto que produjeron en la obra de autores como Martín Buber, Sholem Aleijem, Gershom Sholem o Isaac Bashevis Singer justifica culturalmente su existencia de manera más que sobrada y forma parte del legado español especialmente desconocido por los españoles.

Es lástima por todo lo relatado que la literatura cabalística en España resulte escasa y, precisamente por ello, constituye una magnífica noticia la reedición –o edición a secas– de El Manuscrito encontrado en Zaragoza. Su autor había nacido en Podolia –tierra originaria del jasidismo cabalístico– y en su existencia se combinaron también la tremenda vivencia de las guerras napoleónicas con la estancia en la España donde la Cábala vio la primera luz. El resultado fue una obra maestra –el citado Manuscrito– cuya peripecia resultó casi tan misteriosa, y tan maldita, como el argumento contenido en sus páginas. Podría resumirse éste, pero el autor de estas líneas no desea hacerlo. En lugar de ello, recomienda acercarse a este texto partiendo de la extraordinaria edición de Pre-textos para adentrarse en un clásico donde se funden las corrientes cabalísticas españolas, con un jasidísmo decantado –Potocki debió conocerlo en su época de mayor pujanza– y unos recursos extraídos de la magia y el onirismo que a buen seguro captarán la atención del lector. Por esta vez, la magia y la Historia, lo natural y lo sobrenatural, se funden y el resultado difícilmente puede resultar más apetecible.


J. Potocki, Manuscrito encontrado en Zaragoza, Valencia, Pre-Textos, 863 páginas.