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Franquismo y liberalismo

Segunda acotación a Pío Moa

En este ensayo, que será publicado a lo largo de tres artículos, César Vidal explora la relación entre franquismo y liberalismo a raíz del reciente debate sobre esta cuestión.

  1. La obra historiográfica de Pío Moa
  2. La revelación de Pío Moa
  3. El antiliberalismo agresivo de Franco

La revelación de Pío Moa

Señalaba en mi primera entrega la impresión que tengo de que Pío Moa se ha dedicado con afición creciente a escribir sobre temas acerca de los que no tiene conocimientos suficientes más allá de la simple opinión y que de esa manera compromete aportes valiosos que realizó en el pasado. Esta sensación se ha venido convirtiendo en casi dolorosa durante el último año a medida que leía buena parte de sus artículos de opinión. Hago excepción de la mayoría de los dedicados a la actualidad. Moa suele sostener posiciones acertadas al referirse a cuestiones como ETA o ZP. Pero incluso si no fuera así, es cuestión suya y no seré yo quien me ponga a afearle lo que escribe.  

Cuestión aparte es la aparición de una veta que a mí se me antoja profundamente antiliberal, que entronca con una forma de pensamiento reaccionario y que desconozco de dónde le ha podido venir a Moa, ya que ni siquiera sé si él es consciente de su manifestación creciente. Los artículos en esa línea no han sido pocos, pero espero que se me hará la licencia de que no me detenga exhaustivamente en ellos. 

El primero que me provocó un notable malestar fue el que dedicó a los homosexuales hace poco menos de un año. Puedo yo estar de acuerdo con Moa en que no se financiara el Día del Orgullo Gay (y de paso cualquier otra fiesta de características semejantes, la impulsen los sindicatos, los partidos, las cofradías o los taxistas) y en las molestias que semejante celebración ocasionan a los madrileños que intentan sufrirla con la mayor paciencia posible. Sin embargo, la manera en que Moa discurría sobre los homosexuales me desagradó profundamente. Puesto a aceptar como hipótesis de trabajo que fueran pecadores, no llegué a entender por qué su pecado era más grave que otros pecados de corte sexual ni tampoco por qué no se les ofrecía la mano abierta del perdón y si, efectivamente, se trataba de enfermos, no hallé en las líneas de Moa el menor rastro de la mirada compasiva del médico. Por el contrario, el artículo me pareció una descalificación injustificable de un colectivo al que yo no pertenezco y con el que no simpatizo, pero que no puede ser objeto de un estigma especial, siquiera porque mientras no causen daño a nadie lo que puedan hacer queda entre ellos y Dios, regla esta, por cierto, aplicable también a Moa y al que escribe estas líneas. 

Tras este artículo, he ido asistiendo igualmente a una creciente exhibición de anglofobia cuyas raíces no termino de comprender. Puedo compartir el pesar que Pío Moa siente por Gibraltar, pero de ahí a ir enhebrando un artículo tras otro en contra de "la pérfida Albión" media un abismo. Si durante varias semanas incidió en el presunto genocidio cometido por Inglaterra contra los irlandeses durante la Gran hambre –un episodio que ha provocado ríos de tinta, que es mucho más matizable de lo que cree Moa y que dista mucho de contar con consenso académico en cuanto a su interpretación–, últimamente sus artículos han incidido en el pequeño papel que los británicos tuvieron en la Segunda Guerra Mundial; tesis, sin duda, notable cuando se recuerda la derrota de 1940, el reembarque de Dunkerque, la batalla de Inglaterra, las derrotas de Grecia y Creta, la guerra en el norte de África, el desembarco en Sicilia, la campaña de Italia, el desembarco en Normandía, la batalla de Arnhem, el asedio de Singapur, o las batallas de Imphal y Kohima. En todos y cada uno de los casos, me he quedado con la sensación de que Moa, rezumante de anglofobia, desconocía buena parte de las fuentes y que se nutría de otros manantiales.

También tengo que decir que ha habido casos peores de ese desconocimiento. Por ejemplo, en un artículo dedicado a Felipe II y a los protestantes, Moa dejaba de manifiesto una ignorancia espectacular sobre la Reforma, sobre las tesis de los reformadores, sobre la doctrina anglicana –que, según Moa, está más cerca de la iglesia católica que de las reformadas– e incluso se permitía no decir una sola palabra sobre los protestantes españoles a los que Felipe II envió a la hoguera en repetidos autos de fe. Hubiérase dicho, de creer a Moa, que protestantes sólo los hubo en el extranjero. Permítaseme ceder a la tentación de recordarle que en la Inglaterra a la que tanto detesta, en esa época, y a pesar de las conjuras contra Isabel I, los católicos disfrutaron de una limitada tolerancia religiosa. En España, los protestantes –que se confesaron siempre leales al Rey y nunca urdieron conspiraciones en su contra– fueron quemados o se vieron obligados a huir para salvar sus vidas. Existieron, sí, pero el monarca que se las arregló para provocar una bancarrota tras otra puso un especial empeño en que ardieran como pavesas. 

Pero no nos desviemos. Todos estos botones de muestra me llevan a pensar que Moa, a medida que se aleja de la segunda república, cuyas fuentes españolas conoce muy bien, tiende a extraviarse por simple ignorancia de las fuentes. Ese triste fenómeno se produce incluso al referirse al franquismo. Hace unos meses, señalaba que no podía ser cierto que España no hubiera obtenido el Plan Marshall porque no hubiera libertad religiosa. Le habría bastado leer las páginas que dedica al tema Luis Suárez, historiador nada sospechoso de antifranquista, para comprobar que así aparece en la documentación del régimen, de los obispos españoles y de los norteamericanos. Quizá Moa las leyó en su día, pero, para cuando escribió el citado artículo, las había olvidado. No lo sé, pero precisamente este último ejemplo me permite acercarme a la cuestión que me ha llevado a sentarme a escribir: la relativa a si el liberalismo debe –o siquiera puede– asumir el franquismo. Pero eso, Dios mediante, será en la próxima entrega.

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