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Sadam Husein

y 3. Un reactor llamado "O´Chirac"

La URSS había dado muestras de que no tenía especial interés en convertir a Irak en una potencia y se negó a seguir apoyando al programa nuclear de Sadam. Entonces vino en su ayuda su aliado preferente: Francia. A esas alturas de su avance hacia el poder, Sadam Husein había trabado una enorme amistad con Jacques Chirac, el primer ministro francés.

Su entendimiento venía desde 1975, cuando Irak había comprado los Mirage F-1 a Francia. En el curso de aquella visita, Chirac, muy astutamente, había llevado a Sadam a visitar Provenza y de manera difícilmente casual le acercó a la central de investigación nuclear de Cadarache, situada al norte de Marsella. El Comisariado de Energía Atómica (CEA) acababa de instalar un reactor experimental de reproducción rápida que tenía el sonoro nombre de Rapsodie. El artefacto tenía un enorme interés porque permitía transformar el uranio en plutonio, susceptible de utilizarse para armamento nuclear. Sadam quedó encantado con la visita y los franceses se ofrecieron a venderle un reactor experimental (Osiris) y un modelo a escala (Isis). Los dos podían producir plutonio destinado a la fabricación de armamento nuclear. La oferta era tentadora y Sadam estuvo dispuesto a aceptarla si además Francia se comprometía a hacerle entrega, en el momento de la puesta en marcha, del combustible para que el reactor pudiera funcionar durante un año. Chirac aceptó a cambio de que Irak realizara nuevas concesiones petrolíferas, importara automóviles galos y siguiera comprando armas francesas.

De esa manera, el futuro presidente francés contribuía de manera decisiva a convertir un punto especialmente caliente del globo en un volcán a punto de entrar en erupción. El reactor fue bautizado inicialmente con el nombre de Osirak pero, a petición del primer ministro galo, se le cambió el nombre, ya que en Francia lo denominaban burlonamente O´Chirac. Los ahora llamados Tammuz I y Tammuz II debían aportar a Sadam la posibilidad de construir varias bombas atómicas como las que destruyeron Hiroshima.

Chirac — “monsieur Irak”, como le denominaba la comunidad financiera gala— iba a convertirse en aquellos tiempos en el factótum de una serie de acuerdos con Bagdad que incluían, además de las armas, plantas petroquímicas y de desalinización, un aeropuerto e incluso el metro de la capital. El texto del tratado de cooperación nuclear con Francia no se hizo público hasta ocho meses después de su firma, en noviembre de 1975. En una de sus cláusulas se estipulaba que ningún judío —lo fuera racial o religiosamente— podía participar en el programa. Se trataba, sin duda, de una violación de la ley francesa, pero no parece que la cuestión inquietara especialmente a Chirac. Como es fácil suponer, cuando la comunidad internacional conoció la noticia llovieron las críticas —lamentablemente sólo las críticas— sobre Francia. En previsión de posibles problemas, en 1979 Sadam concluyó un tratado de cooperación nuclear por diez años con Brasil y negoció la compra de cuatro laboratorios nucleares con Italia.

El programa de armamento nuclear de Sadam fracasó gracias a la intervención de Israel —un tema que trataremos en un próximo Enigma— pero no resulta difícil imaginar las consecuencias trágicas que se hubieran derivado de su éxito y más cuando, por ejemplo, durante el verano de 1978, la mano de Sadam estuvo detrás de atentados terroristas que se cometían prácticamente cada semana. En el curso de la década siguiente, Sadam Husein se convirtió además en un generoso financiador de grupos terroristas. En primer lugar, por supuesto, estaban los palestinos. A la vez que invitaba a Arafat a formar parte del Gobierno iraquí como ministro para Asuntos Palestinos, Sadam financiaba a Abu Nidal y a Wadi Haddad. A continuación iban el PKK kurdo, los Hermanos musulmanes de Siria e incluso el ayatollah Jomeini, todavía en el exilio. Este último personaje iba a tener un papel especial y paradójico en la vida de Sadam Husein. En 1978, a petición del shah, Sadam expulsó a Jomeini del sur de Irak, donde había vivido varios años como exiliado. Lo hizo en el peor momento porque en febrero de 1979, el ayatollah entraba triunfante en Irán ya no como desterrado agradecido sino como enemigo resentido. Sadam Husein decidió dar entonces un paso decisivo. Presionó al número uno del régimen, Ahmad Asan Al-Bakr, para que abandonara el poder. Bakr cedió y en la víspera de la celebración anual de la revolución del 17 de julio designó a un Sadam Husein, de cuarenta y dos años, como su sucesor y nuevo presidente de Irak.

El largo camino hacia el poder había concluido. En él no habían intervenido ni la CIA, ni los Estados Unidos —que no reanudarían relaciones diplomáticas con Irak hasta 1984— ni Gran Bretaña. Había sido durante los primeros años una consecuencia de la peculiar política iraquí, del apoyo de Bakr y de la astucia de Sadam Husein pero luego había contado con dos valedores que no iban a abandonarlo en los siguientes años: la URSS y Francia, una Francia en la que disponía del apoyo valiosísimo de Jacques Chirac.

Lea los anteriores artículos de esta trilogía:
1. Sadam Husein: ¿Quién le ayudó a conquistar el poder?
2. Sadam Husein: La ayuda de Francia y Rusia

Y cómo Israel destruyó el potencial nuclear iraquí:
Enigmas de la Historia de la Revista de Libertad Digital

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