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El error de boicotear Yahoo

Los antiglobis suelen protestar por las condiciones de trabajo que ofrecen las multinacionales en el Tercer Mundo. Al hacerlo ponen el dedo en la llaga de unas vidas duras y difíciles, más allá de lo que consideraríamos aceptable en un mundo occidental que, de puro próspero, ha olvidado lo que es la pobreza. Reneé Zellwegger, en una entrevista con motivo de su última película, recordando su propia infancia, la define como “no tener la libertad de escoger”. No es del todo cierto: un pobre tiene la misma libertad que cualquiera; lo que sucede es que tiene muchas menos opciones donde elegir. Y ahí está el error de los globófobos, que considerando inaceptables las condiciones de un empleo concreto no se plantean qué alternativas reales se tienen en un mundo tan distinto al suyo. Si la protesta más insistente de esos trabajadores explotados es que las multinacionales no amplían sus operaciones y, por tanto, no pueden contratar a sus familiares, me da que es porque el resto de las opciones que tienen ante sí son mucho peores. Porque yo, al menos, creo que ser pobre no es lo mismo que ser idiota.
 
Quizá los liberales que tomamos la libertad de expresión como un derecho natural e inalienable estemos cometiendo el mismo error. Damos tan por sentada la libertad que disfrutamos en nuestras democracias liberales para expresar nuestra opinión, que no nos damos cuenta de las opciones reales de quienes, como los chinos, viven bajo un totalitarismo represor. Del mismo modo que los trabajadores de los países pobres aceptan con júbilo jornadas de 14 o 16 horas por un sueldo que a nosotros nos parece miserable, al ser su mejor alternativa, ¿no estarán los chinos contentos con Yahoo, Google o Microsoft, pese a las restricciones a la libertad de expresión con las que operan, por ser una opción mejor a las demás?
 
Se ha comparado, salvando las grandes distancias, el comportamiento de Yahoo con el de IBM durante el holocausto. Sin embargo, no parece que tengan siquiera el mismo trasfondo. Yahoo, como otras multinacionales de Internet, ofrece un servicio valioso para la causa de la libertad de expresión. Es una ventana tapiada por las leyes y los compromisos que le impone el gobierno chino, pero que aún así deja pasar un poco de luz por las rendijas, luz que se extinguiría si nunca hubiesen operado en ese país. Nada de lo que hizo IBM en Alemania fue de utilidad ni ayudó a nadie de ese país más que a su gobierno totalitario. Si IBM no hubiera hecho negocios con los nazis, al pueblo alemán –y sobre todo al judío– le hubiera ido mucho mejor. ¿Puede decirse lo mismo de Yahoo? IBM podría haber alegado en su día, como mucho, desconocimiento de con quien se jugaba los cuartos y del uso final que se haría de sus máquinas. Yahoo, en cambio, puede afirmar que su empresa ayuda a los chinos en la medida en que la dictadura comunista les deja; que por cada Shi Tao hay millones de personas que tienen un acceso al mundo exterior sin precedentes en el país.
 
No acabo de sacarme de la cabeza que, al final, las protestas contra Yahoo no sean más que una intromisión de ociosos burgueses que, en el fondo, buscamos más sentirnos mejor con nosotros mismos que mejorar las condiciones de la libertad de expresión en China. Ponerse como justiciero, sin costes personales, es tentador para cualquiera. Nuestras protestas parecen tener como único objetivo final el que Yahoo deje de cumplir las leyes chinas cuando éstas amenacen los derechos humanos, lo que conllevaría su probable expulsión del país. No veo qué bien va a hacer a los chinos la reducción de sus opciones, como tampoco qué bien puede hacer a los trabajadores de Nike en países pobres el dejar de tener la posibilidad de trabajar para ella. Tampoco parece que los propios internautas chinos lo tengan claro, pues no tengo noticia de que hayan abandonado en masa los servicios de Yahoo. Mientras no esté clara la parte del plan que va desde la retirada de la multinacional del mercado chino a una mayor libertad de expresión en el país, no veo sentido a hacer campaña contra Yahoo. Tan sólo contra esa dictadura. Como siempre.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vocal del Instituto Juan de Mariana.

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