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Imposturas

Todos los dirigentes políticos han demostrado que el bien de España no es lo que les mueve.

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EFE

Hoy, jueves, hemos asistido a una fiesta de disfraces en la que cada cual ha fingido ser lo que cree que nos gustaría a los electores que fueran. Rajoy es ahora el hombre del consenso y el diálogo, ese mínimo común divisor donde todos se pueden encontrar y pactar una política coherente que permita a España seguir siendo el gran país que dicen que es. La realidad es que Mariano Rajoy está dispuesto a firmar el acuerdo que sea, pactar la ley que haga falta, suscribir la transacción que se le proponga con tal de seguir siendo presidente del Gobierno. Que el tal acuerdo, ley o transacción convenga o no a España a la luz de su ideario es irrelevante.

El PSOE dice que se abstiene no por hacer a Rajoy presidente del Gobierno sino por el bien de España. Otra colosal mentira. Lo hace exclusivamente con el fin de evitar seguir perdiendo escaños. Su propósito es, inmediatamente después de haber investido al candidato, oponérsele con todas sus fuerzas para evitar que Podemos le levante la merienda y se convierta en la única alternativa al PP. Viendo lo que está dispuesto a hacer Rajoy con tal de hacerlo como presidente, y viendo la actitud del PSOE, podría darse la paradoja de llegar Rajoy a defender el programa del PSOE y los socialistas votar en contra por ser Rajoy el que pretende ejecutarlo.

Pablo Iglesias se arroga el papel opositor alegando ser el único de entre los cuatro partidos de ámbito nacional que va a votar no, cuando tiene al menos tanta responsabilidad como el PSOE en que sea investido Rajoy, tras haberse negado a hacer lo propio con Pedro Sánchez. Naturalmente, lo que quiere este maestro Ciruela, que se cree un sabio por saber lo que es la cruz de Borgoña, es apoderarse del electorado del PSOE tras forzar a los socialistas a figurar como aliados del PP. Lo gracioso es que, si la oposición que piensa hacer va a consistir en llamar "delincuentes" al resto de los diputados, hará la oposición que quiere Rajoy, una tan atrabiliaria que obligará a los electores de derechas a seguir votando al PP, aunque haga política de izquierdas, con tal de cerrar el paso a este Lenin de pitiminí.

Por último, Albert Rivera ha dicho por enésima vez que no le gusta Rajoy, pero que, dado que es el candidato que legítimamente le ofrecen los del PP, no tiene más remedio que apoyarle por el bien de España y por haber aceptado sus condiciones, un programa de izquierdas que apenas se aleja unos milímetros del de Podemos. Dos mentiras en una. Nada le obligaba a aceptar a Rajoy, ya que legal y legítimamente podía haber exigido otro candidato. Tampoco es cierto que su vergonzante respaldo esté persiguiendo el bien de España. Lo que busca es evitar unas terceras elecciones, donde perdería buena parte de los escaños que hoy tiene.

Los cuatro, pues, tienen dos cosas en común. Que todos han justificado lo que hacen apelando al bien de España y que a los cuatro el bien de España les importa menos que el propio.

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