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El cuento de la lechera

Emilio J. González

&quote&quoteDesde que los socialistas llegaron al poder, cualquier cosa parecida a una política en pro de la industria, en todos los sentidos, ha brillado por su ausencia excepto para aquello para lo que jamás debe hacerse política industrial.

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Este Gobierno tan inmaduro y tan dado a las fantasías aprende muy poco de las moralejas de los cuentos –que cualquier niño capta en seguida– y así le va como le va. Ahora le está pasando aquello de la lechera que iba al mercado con su cántaro repleto del blanco líquido soñando lo que iba a hacer con el dinero que obtuviese por su venta, cómo lo iba a invertir y reinvertir cuando, de repente, el cántaro cayó al suelo, se rompió y toda la leche se perdió. Algo parecido le ha sucedido al Ejecutivo.

Teníamos a nuestro presidente Zapatero soñando en su torre de marfil con que la industria tomase el relevo de la construcción como motor del crecimiento y de la creación de empleo, y así él se evitaba tener que preocuparse por algo que le disgusta tanto como es la economía. Mientras tanto dedicaba su tiempo y sus pensamientos a las más placenteras labores de líder político internacional y de campeón del socialismo, cuando la realidad, de repente, ha llamado a sus puertas de forma tan abrupta: la caída en un 30% de la facturación y los pedidos la han dejado fuera de combate. Por supuesto, todo esto tiene mucho que ver con lo que está ocurriendo esos días en nuestro país y en el mundo. La crisis financiera se ha convertido en crisis de la economía real hasta el punto de que el Fondo Monetario Internacional prevé la primera recesión mundial desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Nada que decir al respecto, excepto que esto se veía venir y había que haberse preparado para ello, cosa que el Gobierno no ha hecho. Y lo mismo cabe decir en cuanto a la crisis española, esa que el Ejecutivo negó por activa y por pasiva mientras se quedaba cruzado de brazos mirando la tormenta por la ventana a la espera de que escampara, lo que de por sí ya convierte al Ejecutivo en responsable de todos los males que estamos padeciendo. Pero es que, además, desde que los socialistas llegaron al poder, cualquier cosa parecida a una política en pro de la industria, en todos los sentidos, ha brillado por su ausencia excepto para aquello para lo que jamás debe hacerse política industrial, y así nos va ahora.

Desde el primer momento, la obsesión de Zapatero ha sido controlar las grandes empresas de nuestro país –las que antaño fueron compañías de capital público– en eso tan socialista de extender los tentáculos del poder a todos los ámbitos de la sociedad para controlarla. También se dedicó a jugar a promotor de los campeones nacionales, en lugar de a fortalecer los cimientos de nuestro sector industrial, de promover aún más su internacionalización, de estimular su competitividad y de impulsar su presencia en los sectores tecnológicamente más avanzados. Todo ello requería, entre otras cosas, reformas estructurales que Zapatero y su equipo se han negado a llevar a cabo y de unas coordenadas de libertad económica que, lejos de mejorar, se han deteriorado, y bastante, desde que los socialistas llegaron al poder. En cambio, meterse en la vida de las empresas para mangonear ha estado a la orden del día y así ha pasado lo que ha pasado con Endesa, por poner tan sólo el ejemplo más inmediato.

Aquí, la política de la industria ha sido sustituida por la del amiguismo, la de las buenas ideas por las insensatas ocurrencias de Zapatero y Sebastián y la libertad económica ha quedado restringida por el respaldo a los visitadores de La Moncloa y la apertura de esa ventanilla única que es la Oficina Económica de la Presidencia del Gobierno. No es de extrañar, por tanto, que el sector industrial español, que necesitaba urgentemente abandonar sus patrones de sector tradicional e intensivo en empleo para adquirir los propios de una industria tecnológicamente avanzada e intensiva en tecnología, se haya quedado como estaba, o sea, tremendamente expuesto a las crisis de todo tipo, situación agravada por los vicios adquiridos en la era Zapatero. De esta forma, la industria no sólo se ha desplomado sino que es incapaz de asumir el relevo como motor del crecimiento, tal y como deseaba un Gobierno que ha vivido en el cuento de la lechera para no tener que mancharse las manos resolviendo los problemas de la economía, pese a que jamás entendió la moraleja de la historia.

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