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Columna publicada el 08-03-2001
El mundo del fútbol, con su competencia feroz, sus pasiones desatadas, y sus enormes cantidades de dinero, puede parecer un prototipo de mercado libre y capitalismo. Pero la Comisión Europea (mediante sus comisarios de Competencia, Deportes y Empleo) la UEFA y la FIFA (ambas asociaciones de federaciones deportivas estatales) han llegado a un acuerdo para regular los traspasos internacionales de futbolistas que deja muy claro que se trata de un mercado intervenido.
En un mercado libre las competiciones deportivas son organizadas por asociaciones o empresas privadas que establecen unas normas que deben ser aceptadas por los clubes y deportistas individuales que desean participar. Estas normas no son arbitrarias, sino que pretenden conseguir el máximo éxito de la competición para así poder lograr beneficios de los espectadores y los patrocinadores publicitarios. Un mismo deporte puede tener diversos torneos en competencia (con diferentes regulaciones), de modo que triunfan los que mejor satisfacen los deseos de los consumidores y de los deportistas. Las relaciones entre deportistas, clubes y organizadores están formalizadas mediante contratos privados libres. Un contrato bien hecho incluye cláusulas de rescisión que determinan las compensaciones que una parte debe a la otra en caso de incumplimiento del mismo, y cada parte negocia para obtener las mejores condiciones posibles.
Los Estados no tienen ninguna legitimidad para inmiscuirse imponiendo normas coactivas. Al no ser posible la competencia pacífica entre diversas normativas, las regulaciones uniformes impuestas por el intervencionismo estatal son necesariamente ineficientes. Generalmente se acepta que la ley estatal está por encima de los reglamentos particulares, pero lo ético es lo contrario, lo fundamental son los acuerdos locales entre propietarios legítimos.
Tras los objetivos declarados de proteger a los jugadores más jóvenes (como si estos potenciales multimillonarios no pudieran arreglárselas solitos) y de dar estabilidad al mundo del fútbol ("el conjunto sufre cuando un jugador se va") se esconden graves agresiones contra la libertad contractual y la propiedad privada de los participantes: limitaciones arbitrarias de las duraciones de los contratos, de las edades y tiempos en los cuales es aceptable una rescisión, de los momentos en que son posibles los fichajes, e indemnizaciones arbitrarias por conceptos no objetivos como formación y promoción. Los clubes ricos son obligados a subvencionar a los pobres (presuntos formadores a quienes arrebatan los jugadores más prometedores, lo cual mantiene o incrementa las desigualdades) mediante un "fondo de solidaridad", eufemismo que oculta la realidad de que los fichajes sufren un gravamen adicional.

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