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Columna publicada el 18-12-2004
Estamos asistiendo a un proceso de cambio acelerado y, consiguientemente, al fin de un modelo. Las sociedades europeas se fragmentan y polarizan en torno a la política a seguir sobre los grandes temas de seguridad. Esa fragmentación debilita el vínculo transatlántico y aleja las orillas de un océano que durante siglos fue un nexo sobre el que se desarrolló la civilización occidental. La iniciativa la ha tomado la izquierda europea, manejada interesadamente por la diplomacia francesa. Para ésta, la hegemonía norteamericana es la amenaza más importante a sus intereses. Para aquella los principios del liberalismo y el uso de la fuerza en las relaciones internacionales son hechos inaceptables.
En España esta división se hace más agresiva por varios hechos. Las artimañas que llevaron al Partido Socialista al poder son un estigma difícil de arrastrar. La movilización de sus votantes, la radicalización progresiva en pos de un electorado que tiende hacia la abstención, ha llevado a la organización de campañas contra jueces, militares o curas.
Sin embargo, esta situación, a todas luces desagradable, puede tener consecuencias positivas. Los gobiernos de José María Aznar fueron un ejemplo sobresaliente de buena gestión administrativa y de claridad a la hora de fijar cuáles eran los intereses estratégicos de España, pero no afrontaron, porque no quisieron o porque no pudieron, la formación de una cultura política liberal conservadora. En muchos sentidos hemos continuado viviendo bajo la hegemonía cultural e ideológica de la izquierda. Los ataques que estamos sufriendo refuerzan y cohesionan el bloque electoral ahormado previamente por José María Aznar, que ahora se encuentra más necesitado que nunca de una identidad propia, de un programa.
Mientras el Partido Popular trata de adaptarse a un nuevo entorno, hallando el discurso apropiado para ganar la confianza de los ciudadanos y erosionar la política del Gobierno, otros debemos trabajar en la formación de esa necesaria cultura política. Sólo así nos dotaremos de la cohesión e identidad necesarias para combatir con eficacia tanto el discurso de la izquierda como sus comportamientos goebbelianos. Los recursos son escasos, ante la exigua colaboración del empresariado, siempre fiel al poder, y la limitada tradición de participación social en estas tareas. Tenemos que revertir esta situación. Por una parte, hay que animar a los ciudadanos a corresponsabilizarse en la promoción de instituciones de análisis o debate político. Por otra, tenemos que hacer un mejor uso de lo que tenemos, estableciendo redes entre los centros existentes que faciliten la divulgación de sus trabajos.
Mientras el Partido Popular trata de hallarse a sí mismo, con la angustia de caer en cualquier momento despeñado por el barranco de un centrismo tan anacrónico como inerte, nosotros debemos concentrarnos en acabar con la hegemonía intelectual que la izquierda tiene en España, una hegemonía ganada a pulso, construida con esfuerzo e inteligencia táctica durante décadas, convertida en el epítome de lo "políticamente correcto", aunque de una extraordinaria mediocridad intelectual. Las experiencias de Reagan y Thatcher, por citar sólo los ejemplos más conocidos, demuestran que la hegemonía política sólo se consigue tras ganar la batalla de las ideas. Ahora, ante la embestida de una izquierda que se radicaliza por momentos, es cuando más necesario resulta dotar a nuestra gente de un auténtico programa liberal conservador, de finalizar la obra inacabada de José María Aznar.

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