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Más que atentados terroristas, los ataques de Bombay son acciones de guerrilla urbana, con docenas de comandos distribuidos por calles y edificios, com objetivos detallados y con una exhaustiva coordinación. El hecho de que el ejército y la policía indias tardaran veinticuatro horas en limpiar de terroristas las calles y liberar a los rehenes atrapados en varios edificios muestra la magnitud de la operación iniciada el miércoles por la tarde, que ha puesto a la megalópolis de Bombay contra las cuerdas.
Los hechos guardan cierto parecido con otros atentados del pasado indio. Por un lado, la explosión en cadena de múltiples bombas en hoteles y lugares céntricos recuerda a los ataques de 1993 y de 2006 en trenes, ambos en la misma ciudad. Pero sobre todo, por el tipo de operación paramilitar, recuerda más bien al asalto del Parlamento indio en diciembre de 2002, que a punto estuvo de ocasionar la guerra abierta entre la India y Pakistán.
El alcance de la operación remite a unas amplias y detalladas planificación y organización, que no están al alcance de cualquiera. El ministro del Interior indio ha tardado poco en señalar posibles culpables, negando la autoría del grupo islamista indio Deccan Muyahidin. De tratarse de un ataque planeado, preparado y ejecutado desde la India, la credibilidad de los servicios de inteligencia y del Estado quedaría seriamente comprometida, tras el rosario de atentados que padece el país durante este último año. Hasta ayer, más de doscientas personas han muerto en los grandes atentados en la India durante 2008. Lo último que le faltaba al Estado indio es reconocer su incapacidad para evitar un colapso total de una de sus principales ciudades.
Por eso, tanto si los ataques son de autoría islamista como si no lo son, la gravedad del asunto reside en las consecuencias que desata. El Gobierno indio ya ha señalado con el dedo acusador a la vecina Pakistán. Que no se trata de simple retórica lo muestra que la reacción india al ataque ha sido la detención de barcos pakistaníes cerca de Bombay. La versión oficial india habla de barcos-nodriza fletados en Pakistán desde los que habrían salido varias embarcaciones repletas de comandos terroristas que, una vez en tierra, se distribuyeron por toda la ciudad. Dicen tener pruebas, las esgrimen y actúan.
Tanto si se trata de una operación iniciada desde descontroladas bases yihadistas en Pakistán como si detrás se esconde la mano de parte de los servicios secretos o del ejército pakistaníes –como también se señala desde la India–, la acusación, por acción o por omisión, está lanzada. Y ello en un momento en el que el Estado pakistaní se encuentra debilitado por la infiltración de islamistas en aspectos clave de su administración. Si los divididos pakistaníes recogen el guante lanzado por la India, la escalada está servida.
Ésta es la peligrosa consecuencia de la jornada de muerte y destrucción: una escalada verbal y no verbal entre dos vecinos siempre dispuestos a combatirse mutuamente, cuyo nacionalismo se encuentra a flor de piel. La India ya está acusando directamente a su tradicional enemigo del norte y al Gobierno pakistaní no le viene nada mal exacerbar el sentimiento nacional ante las acusaciones de su tradicional enemigo del sur. Ahora bien, a diferencia de ocasiones anteriores, la escalada entre vecinos enemigos coge a Estados Unidos con el paso cambiado, demasiado ocupado en el cambio de administración. Si esta vez los americanos no hacen nada, ¿quién lo hará?
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