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Columna publicada el 30-06-2005
El ensayista francés Alian Minc avisaba, a comienzos de los 90, en un libro titulado “la venganza de la Historia”, que la balcanización es una enfermedad altamente contagiosa. Pio Moa, más recientemente, y con la experiencia de los primeros meses del gobierno de Rodríguez Zapatero, también se ha cuestionado si la balcanización de España es ya un fenómeno imparable. Al menos por las elites dirigentes.
La verdad es que mirando fríamente la situación política española, cualquier analista tendería a ver rasgos definitorios no de un estado fallido, pero sí de lo que podríamos llamar un Estado que comienza a fallar. Para empezar, la filosofía que inspira la actuación del ejecutivo socialista recuerda enorme y desgraciadamente el talante sectario y totalitario de personajes que han sido los responsables de sangrías como, por ejemplo, la de la antigua Yugoslavia. José Luis Rodríguez Zapatero entiende la política a la inversa que Clausewitz. Para el dirigente socialista español la política no es sino la continuación de la guerra por otros medios. Y, más en concreto, de la guerra civil del 36. La radicalización de la política española, su continua persecución de la oposición política del PP, su permanente entrega a los nacionalismos, parece expresar su deseo no de introducir aire fresco en la política española, sino de buscar a un PP rendido y cautivo, incapaz de hacerle frente. La intolerancia política es una característica básica y sine qua non en todos los estados que han fallado en los 90.
En segundo lugar está el asalto al poder central, por muy suicida que pueda parecer. Sin fuerzas centrífugas que crean que pueden salirse con la suya, no hay estado fallido. El hecho no de la debilidad del gobierno, sino de que el PSOE ya no sea un partido nacional, sino una federación de partidos regionales y nacionalistas, permite creer en el espejismo de que España se puede desvertebrar aún más sin riesgo alguno. Igual que creían las elites políticas yugoslavas a finales de los 80.
En tercer lugar se encuentra la pérdida de valores comunes. No hay proyecto nacional si no se inculcan y alimentan los valores que dan su sentido a una comunidad nacional. Hace mucho tiempo que la izquierda en España viene luchando contra todos los símbolos que dan su carácter a nuestra nación, desde la bandera a sus Fuerzas Armadas. El PSOE y su gobierno no sólo son incapaces de impedir que un embajador de España retire la insignia nacional para no ofender a Carod Rovira, sino que esa actitud le parece la adecuada. Todo vale si va en contra de la Nación española, única y unida.
A la degradación política y social tiene que unirse, a su vez, una erosión en la economía o en la confianza en la economía. En este punto el ejecutivo socialista se ha salvado hasta ahora gracias al saneamiento logrado por el anterior gobierno con José María Aznar a la cabeza. Pero los indicadores comienzan a ser más que preocupantes.
GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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