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No hay manera de ganar si ni siquiera sabemos de qué va el asunto. Todos los terroristas se consideran luchadores por una causa, a escoger preferentemente de entre dos, a veces unidas, la definitiva justicia social del absoluto igualitarismo, y la liberación colectiva de cualquier grupo humano que se considera nacional y se siente oprimido hasta que disfrute de su propio estado. Otras muchas frustraciones pueden crear la misma rabia con similares resultados, pero son menos frecuentes.
Lo de matar indiscriminadamente para imponer la unidad política a los discípulos de Mahoma, recuperar todas las tierras que, como Al-Andalus, alguna vez pertenecieron al Islam y ya nunca pueden dejar de ser patrimonio de Allah, y finalmente someter a los infieles, es la especificidad del moderno jihadismo. Los musulmanes demuestran Corán en mano que jihad es una lucha interior por el perfeccionamiento moral. Es también eso, porque cualquier islamólogo tiene una ristra de citas del libro sagrado, nada en absoluto sacadas de su contexto, en las que jihad es Guerra Santa con todas las de la ley o de la palabra escrita. Violenta, implacable. Bin Laden puede distorsionar las enseñanzas del profeta, pero en eso no miente. Mienten los que se agarran al primer significado y tratan de ocultarnos el segundo.
Nada de extraño pues si Zacarías Moussaoui, el doblemente fracasado terrorista del 11-S, que ni consiguió tomar parte en el atentado ni que lo condenaran a muerte para ir a gozar cuanto antes del premio que le aguarda, grita en su juicio que él es un soldado del Islam. Todos pretenden ser guerreros, todos gudaris de una gran causa por la que sacrifican y se sacrifican. El problema es que, sea cual sea la motivación de sus hazañas, se trata de actos nítidamente definidos por el código penal, con independencia de su motivación. Por eso nos aferramos a la naturaleza netamente delictiva de los actos, no a los motivos, para no concederles el beneficio de una ennoblecedora condición militar. Pero aunque los consideremos peores que los peores criminales, no los confundimos, seguimos llamándoles terroristas. La motivación no es ningún atenuante, pero diferencia.
El megaterrorismo de la internacional jihadista da un salto cualitativo. Sus actos criminales son megacrímenes pero también actos de guerra. Sólo mediante acciones bélicas se pueden cometer crímenes de esa envergadura. Son otra cosa, y hasta la propia ETA se refrena para que no la confundan con la nueva categoría. Los jihadistas son, además, enemigos. Así como lo terrorista no quita lo criminal, la índole de enemigo no anula la de terrorista. Los que por ceguera ideológica o sectarismo partidista se niegan a reconocerlo están haciéndole a ese enemigo un favor estratégico mucho más grande que la infamia que sobre ellos arrojan al reducirlos a meros delincuentes. Nadie pone en duda que lo sean. Pero esa reducción los trivializa, por muchos adjetivos denigratorios que la acompañen, y tergiversa nuestra comprensión del fenómeno. Es un gran obstáculo en la lucha contra éste. ¿Cuántos muertos más necesitarán algunos para convencerse?

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