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CIVILIZACIÓN

El progresismo no puede ser otra cosa que abortista

Los últimos días han sido testigos de la reaparición de un debate que algunos daban ya por zanjado: el del aborto. Las salvajadas que todos han estado tapando durante años saltaron a la luz pública gracias a un reportaje de una televisión danesa que dio pie a que la asociación E-Cristians interpusiera una querella contra los centros abortistas del Dr. Morín. Una juez valiente, que ha preferido no mirar hacia otro lado, ha destapado un horror que estaba entre nosotros pero no queríamos ver.

Los últimos días han sido testigos de la reaparición de un debate que algunos daban ya por zanjado: el del aborto. Las salvajadas que todos han estado tapando durante años saltaron a la luz pública gracias a un reportaje de una televisión danesa que dio pie a que la asociación E-Cristians interpusiera una querella contra los centros abortistas del Dr. Morín. Una juez valiente, que ha preferido no mirar hacia otro lado, ha destapado un horror que estaba entre nosotros pero no queríamos ver.
El debate sobre el aborto ha retomado muchos de los antiguos argumentos, aunque esta vez el horror de las fotos y los vídeos están influendo lo suyo en una sociedad reacia a la argumentación y con la sensibilidad a flor de piel, y por ello y por desgracia poco constante en sus posturas. Quiero detenerme en una de las afirmaciones más tópicas, con la que he vuelto a encontrarme en un artículo de Miguel Delibes publicado hace cosa de un mes en ABC y titulado "Aborto libre y progresismo".
 
Allí, Delibes, después de manifestarse contrario al aborto, se preguntaba cómo se puede ser progresista y al mismo tiempo estar a favor de aquél. A su juicio, se trata de una posición contradictoria. La clave de la cuestión estriba en lo que Delibes entiende por progresista. Veamos qué escribe al respecto:
Antaño, el progresismo respondía a un esquema muy simple: apoyar al débil, pacifismo y no violencia. Años después, el progresista añadió a este credo la defensa de la Naturaleza. Para el progresista, el débil era el obrero frente al patrono, el niño frente al adulto, el negro frente al blanco. Había que tomar partido por ellos. Para el progresista eran recusables la guerra, la energía nuclear, la pena de muerte, cualquier forma de violencia. En consecuencia, había que oponerse a la carrera de armamentos, a la bomba atómica y al patíbulo. El ideario progresista estaba claro y resultaba bastante sugestivo seguirlo. La vida era lo primero, lo que procedía era procurar mejorar su calidad para los desheredados e indefensos. Había, pues, tarea por delante.
Si el progresismo consiste en defender a los indefensos, como sugiere Delibes, no ser progresista equivale a ser un canalla, y entonces el progresista aparece como una especie de caballero andante. Con estas reglas es imposible que el progre pierda el partido.
 
Esto me recuerda a la definición de comunismo que hacían, y hacen, los  compañeros de viaje: se trata de la lucha por la libertad y la dignidad de los más desfavorecidos. Está claro que, si aceptamos esa definición, ser anticomunista equivale ser un monstruo que quiere perpetuar la explotación y la esclavitud. De poco servirá aludir al Gulag y a los millones de muertes causadas por el delirio comunista, pues serán consideradas desviaciones del gran ideal. Pero el caso es que ni el comunismo ha sido nunca la defensa de los más desfavorecidos ni el progresismo ha consistido jamás en la defensa de los indefensos. Sólo la propaganda más cínica ha podido hacernos creer esto, contra todas las evidencias.
 
Las palabras son importantes, y deformar su significado es uno de los grandes peligros a que nos enfrentamos. El progresismo, como explica Alain Finkielkraut en Nosotros, los modernos, es esa ideología que afirma que la humanidad debe emanciparse, hacer tabla rasa del pasado. Los hombres deben liberarse de los lazos familiares, romper con las tradiciones de su entorno y, finalmente, arrojar lejos de sí a quien les impide su pleno desarrollo autónomo: Dios. Si en este proceso deben pisotear los derechos más sagrados, si deben masacrar a los más indefensos, les trae sin cuidado.
 
El progreso de la humanidad no puede detenerse ante una injusticia concreta. Es por ello que Ikonnikov, personaje de la novela Vida y destino, de Vassili Grossman, advierte que, cuando se sostiene el discurso del progreso benéfico de la humanidad, "los niños y los viejos perecen, la sangre corre a raudales". Sangre también de niños no nacidos que creían estar seguros en el vientre de sus madres.
 
Con todos mis respetos, señor Delibes: el progresismo no puede ser otra cosa que abortista, dado que contempla el aborto como un paso más, por doloroso que sea, hacia la emancipación respecto de nuestra naturaleza, un avance en nuestra autonomía, para que podamos decidir por nosotros mismos, sin límite alguno, acerca de lo que nos afecta. El niño muerto será, todo lo más, un efecto colateral, insignificante, del avance del Progreso.
 
Lo de defender a los indefensos es otra cosa, y yo también me apunto.
 
 
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