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El gasto público no es maná

Cuando nuestros políticos actúan como si los recursos sobraran –o sea, casi siempre– y aumentan el gasto en cosas que no son prioritarias, terminamos en un sistema económico aberrante.

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Es asombroso que a un Nobel de Economía como Paul Krugman le cueste tanto escribir algo económicamente correcto. En su columna del The New York Times suele dedicarse a defender de forma furibunda las posturas más alejadas de la libertad económica, aunque sea a costa de hacer el ridículo. El otro día recurrió a una argumentación indigna para alguien que comparte galardón con grandes como Hayek. Decía que es mentira que los ciudadanos americanos quisieran recortar el gasto público, puesto que si preguntabas a la gente si quería, por ejemplo, más o menos sanidad, solían responder que querían más. Como si la economía funcionara como una máquina mágica de la que brota el gasto público de manera gratuita al pulsar un botón. Como dice el genial Carlos Rodríguez Braun, la última vez que el gasto público fue gratuito, fue cuando el maná.

El caso es que Krugman terminó demostrando que la mayoría de los ciudadanos entienden la economía mejor que él mismo. Es evidente que la economía no funciona como dice Krugman, sino que consiste en asignar recursos escasos a infinitos fines que nos gustaría satisfacer. Con lo cual, al final todo se reduce a priorizar, a ordenar nuestros fines de más a menos importante. Cuando nuestros políticos actúan como si los recursos sobraran –o sea, casi siempre– y aumentan el gasto en cosas que no son prioritarias, terminamos en un sistema económico aberrante. Vemos cosas como que, tras quitarle el dinero a familias que no pueden llegar a fin de mes, se regala a asesores millonarios, a personajes de la cultura o se invierte en la inútil cúpula de Barceló en la ONU. Como si fuera maná, vamos.

El problema para los políticos es que la única forma de lograr asignar los escasos recursos a los fines adecuados es mediante el libre mercado. No sólo porque cada ser humano tiene una escala de prioridades diferente, de tal forma que sólo individualmente podemos hacer esa asignación; sino porque la información que necesitaría un gobierno para tomar las decisiones del gasto es infinita e imposible de reunir. No es información de tipo teórico, sino práctico. No es conocimiento que pueda escribirse en un e-mail y enviarse al burócrata de turno, sino que son apreciaciones subjetivas o intuiciones sobre el futuro. Hayek formuló esta idea en su teorema de imposibilidad del socialismo, que vale igual para criticar el sistema comunista que para recordarle a Paul Krugman que el gasto público no es maná.

Ignacio Moncada es ingeniero industrial por ICAI y trabaja como analista financiero de inversiones en Nueva York.

En Libre Mercado

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