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Columna publicada el 13-11-2001
Han intentado recomponer la relación durante dos días en Granada, pero ha sido imposible. Más allá del protocolo y de las buenas maneras, la sintonía que en otro momento existió entre José María Aznar y Silvio Berlusconi ahora está bajo mínimos. Guardan las formas, incluso se dejan fotografiar del brazo por las calles de Granada. Como políticos que son, pretenden que la sangre no llegue al río. Pero de buenos amigos han pasado, sencillamente, a ser colegas. Y aunque lo intentan disimular, estamos en un terreno donde las apariencias sirven de poco y para poco.
Siendo sinceros, hay que reconocer y recordar que José María Aznar fue el introductor europeo de Silvio Berlusconi. Gracias a la intervención del presidente del Gobierno español, la coalición de Forza Italia entró en el Partido Popular Europeo provocando la salida del entonces primer ministro italiano, Romano Prodi. Eran los tiempos en que Berlusconi estaba en la oposición y predicaba a los cuatro vientos las maravillas de las recetas económicas de Aznar. Luego llegó la victoria de Berlusconi y, casi inmediatamente, el enfriamiento. El primer ministro italiano ha caído en la cuenta de que, si en las próximas elecciones europeas consigue más diputados que el Partido Popular español, podría erigirse en el líder de la derecha europea, una pretensión que no oculta a nadie.
Un ejemplo de la frialdad que existe entre los dos fue la excusa de Berlusconi para no cenar con Aznar el pasado mes de septiembre en el Foro Ambrosetti, junto al lago Como. Y si existía alguna duda, el jefe del Ejecutivo italiano también se ha excusado por no poder asistir, el próximo 21 de noviembre en la ciudad de México, a la elección de Aznar como presidente de la Internacional Democrática de Centro, nuevo nombre propiciado por el presidente español de la antigua Internacional de la Democracia Cristiana.
Y es que Aznar y Berlusconi ya no son amigos. Se han convertido en simples colegas e, incluso, en adversarios dentro de la derecha europea. Esta relación, que se puede considerar ya como algo meramente formal, está virtualmente rota. Entre Aznar y Berlusconi no parece que exista ni química, ni física. No hay sintonía. Hay rivalidad.

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