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Columna publicada el 13-10-2001
El anuncio realizado tras el Consejo de Ministros de la refirma del CESID era esperado. Ya lo había adelantado el presidente del Gobierno. Pero no por esperado deja de parecer un anuncio precipitado. Es verdad que, después de los atentados de EEUU, el mismo Aznar había pedido un impulso a una nueva estrategia de defensa nacional que incluía la modernización de los servicios de inteligencia. Quizá esto es lo único que explique la precipitación en uno de los grandes objetivos de esta legislatura, y que puede pasar con más pena que gloria. Y es que el fondo de la reforma, por el momento, no parece tan trascendental como se nos había dicho.
La única razón que podemos encontrar a que los cambios en el espionaje español hayan sido muy suaves es que, precisamente, la reforma comience ahora. Se nos puede decir que las bases están puestas, que no querían cambios traumáticos, que no se pueden dar golpes de timón, que hay que aprovechar lo bueno que había, etc. Todo eso está muy bien, pero sólo sirve para salir del paso. Si la reforma se queda en lo anunciado se puede considerar que se han quedado a medio camino. Si, por el contrario, la reforma comienza ahora, esperaremos con paciencia y con expectación a las novedades.
Nadie duda de la necesidad de impulsar unos servicios de inteligencia serios y modernos, con capacidad de trabajo, con eficacia y dejando de una vez los entretenimientos políticos que tanto daño han causado al CESID. El pasado es triste y oscuro. El futuro, no tiene por qué serlo si la reforma es clara y arranca desde los mismos cimientos.
El Gobierno no se puede engañar. Si realmente quiere crear unos nuevos servicios de inteligencia, el trabajo se inicia ahora. Incluso cabría decir que todavía no ha empezado. Si el Ejecutivo se contenta con lo pudorosamente anunciado, una vez más las famosas reformas del PP se habrán quedado en un simple amago. Un ejemplo claro lo tenemos en la refirma de la Justicia, en la que fue más el ruido que las nueces.
Todos deseamos que, por el bien de una sociedad limpia y democrática, sin recovecos ni fronteras difusas con la legalidad, la reforma del CESID, rebautizado como Centro Nacional de Inteligencia, sea cierta y profunda. Los españoles nos jugamos la claridad de todos los escondites del Estado.
Por cierto, hablando de reformas, más de un diplomático compañero de carrera de Jorge Dezcallar, responsable del nuevo CNI, se pregunta en voz alta por las razones de su nombramiento. De él dicen que no es capaz de afrontar esta reforma y añaden que “Jorge es de los que se tira a una piscina y sale sin mojarse”. Otros, incluso, achacan a su gestión las malas relaciones actuales con Marruecos, después de cuatro años en Rabat. Todos coinciden en que no tiene suficiente carácter y hay quien recuerda que era uno de los diplomáticos preferidos de Felipe González.
En fin, lo cierto es que fue uno de esos nombramientos que ha llevado personalmente el presidente Aznar y cuyas razones solo conocen él y su cuaderno azul, que por el momento no ha demostrado ser un buen consejero. Y si no, ¡contemplen al actual Gobierno!

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